Reflexiones de un hombre anónimo Ángel Medina

Reflexiones de un hombre anónimo Ángel Medina

Parte Primera

No hay texto alternativo automático disponible.Existe en mí una coadicción. Un desdoblamiento. Parece que mi “yo” estuviese duplicado, y tirando de mí los dos, consiguen desestabilizar mis emociones.
Conozco lo estresante de las esperanzas que alberga el silencio de la noche, que se repiten como el eco y se propagan como las olas, produciéndome ansiedades; los delirios de mi alma cansada, que durante el día embriago con el torbellino de los ruidos, pero que al ennegrecer las horas, entibian mi espíritu. Conozco el dolor que produce el transcurrir del tiempo aguardando serenarme, y sin embargo permanece el desasosiego. Sé de mis derechos, pero la vida se empeña en negarme muchos de ellos. Soy consciente de los gemidos que brotan de lo más anímico y carnal de mí, y de los coloquios demoníacos que turban mi ser.
Pero, cuando siento el sinsabor con más vehemencia, es cuando me enfrento a mí, y dudando, me pregunto quién me habita. Este es mi suplicio, el más desgarrador de todos. Gusanos hediondos que brotan de mis irreflexivas reflexiones.
Siento la fuerza de lo que soy y desearía que no fuese. Y vivenciándolo, transformando ese caudal en río de sangre, inunda mi mente, dividiéndome, sintiéndome un “no-yo”. Sé lo que querría tener y ser, al tiempo que conozco lo que tengo y en consecuencia me hace ser.
Porque, mi alma, demasiado frágil, humana, demasiado humana, tal proclamaba en “El anticristo” aquél apóstol del ateísmo, careciendo de la fortaleza titánica de los ángeles, se turba al constatarlo.
¡Cuántas veces he dialogado conmigo para hacerme entender lo fútil de la quimera, y que he de aceptar la realidad! ¡Cuántas veces he comprobado que mis lágrimas no consiguen hacérmelo entender! ¡Cuántas veces he pactado conmigo continuar adelante sin mirar hacia atrás, tomar lo que tengo y ceder lo que se escurre por entre mis dedos! Y cuando parece que he firmado un consenso con la vida y conmigo, de repente, cuando menos lo espero vuelve el aguijón a picotearme. Se me antoja tal si me sumergiesen en el interior de una campana y comenzasen a golpearla desde fuera, produciéndome una sensación ensordecedora, multiplicada por el eco de mis lamentos, que se confunden con los tañidos.
¿Cuántos años hace que vivo en compañía de mí? ¿Cuántos vengo dándole vueltas a mi cerebro, tratando de barnizar las ideas? ¿Cuántos intentando poner orden en la confusión de mi corazón?
Cuando me miro al espejo y busco gustarme, más allá de lo que veo, observo mis cabellos que se mecen al compás del viento, mostrándose que se hacen más escasos; mi arrogancia ahoga a cualquier humildad; mis pupilas escudriñantes, como las de un ave de presa desean confiar en sus propias fuerzas y al tiempo desconfían de sus posibilidades. Mirada serena y a la vez fisgante; los labios se mantienen expectantes, frescos y mustios a la vez, porque estando hechos para la caricia, en lugar de recibir una catarata de mimos ha de contentarse con la sequedad que resquebraja su fina piel, de los que brota la poesía más tierna, y a veces, esos versos, constatando la realidad, se tornan en dagas que se clavan sobre la epidermis de mi perceptibilidad…entonces, soy consciente de la palidez extrema; mis ojos, reflejos del alma arrojan cúmulos negros de tristezas; mi boca queda semi abierta, proclamando la sed de ser enjugada por un rosario de ternuras; las greñas se me enmarañan y toda mi epidermis se torna tensa, como un salvaje que ha perdido la esperanza; así, mis pupilas que quieren mostrar la bondad y lo agradable, se transforman en negras madrigueras de serpientes que arrastran su vida por el fango de los lodazales. Y clavando la mirada en lo que contemplo, se me antoja que el espejo me devuelve la imagen riéndose de quien se la proporciona.
Continuará…

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