Crítica

EL CONFIDENTE Ana Isabel Espinosa

EL CONFIDENTE

Ana Isabel Espinosa

 Sinvergüenzas nos salen de debajo de las costuras, como las pulgas. Y encima echan cara, como el que lloraba haciendo pucheros como la compañera del cole de  mi hija cuando el profe le preguntaba por qué no había hecho la tarea.

 El Lolo se fue de picnic a Marruecos a costa de nuestros impuestos, como las pernadas que disfrutaba el que ahora vapulean los colaboradores ansiosos de basura.

Es nuestra historia maja en estos hechos que permitimos como la escarcha en invierno, aterida de frío porque la luz está demasiado cara y no nos la rebajan porque no les da la gana.

 El Lolo no se callaba ni debajo de agua sino que versionaba para ganarse unos euros -tipo Hemingway en la Habana viviendo a todo tren a costa de la CIA como espía fraudulento de Castro- haciendo con menos arte que el maestro lo propio para la Brigada de información.

 Los del CNI lo cataron pero él siguió en el juego porque somos cutres de necesidad y tenemos en plantilla a Naseiros, Bárcenas y Correas sin que se nos caigan los anillos. Nos gusta el marujismo de pensar que alguien se sale con la suya y vive sin trabajar para ganar más que con los euromillones, a puro saco.

Nos gusta Gran Hermano porque es estar dando a la lengua y apuñalar en vivo y en directo, y hacer oposiciones o entregar currículos, es nefastamente endiablado.

Los costillares nos duelen demasiado para agacharnos y no tenemos botas de montar para sacar a patadas -de la escena- a tanto miserable que se agencia lo que no es suyo para que después peregrinemos sin sanidad , con malos medios para educación y sin tener los servicios públicos que nos merecemos, porque los hemos pagado.

Todo sale de la bolsa que nos roban, que nos esquilman, porque les dejamos como subirnos la luz y quedarnos con dos narices mirándolo, mientras gastamos o intentamos escabullirnos a otras más baratas , sin darnos cuenta de que no hay competencia porque los que nos mandaron y legislaron aún viven acuerpo de reyes con pernadas de puertas giratorias.  

La compañera de mi hija no hace la tarea porque no le da la gana, porque es más fácil tocarte las pelusas del ombligo que ponerte a hacer problemas de mates. Luego su madre dice que la niña es muy lista, pero muy floja, quedándote con dos narices escuchándola para no cantarle las cuarenta. Igual nos quedamos cuando nos enteramos que el Lolo está feliz de conocerse, que Bárcenas se asombra de que le hayan encontrado tanto dinero en la faltriquera o que un tío se pone a llorar cuando le preguntan qué ha supuesto para él un juicio como presunto.

Somos trabajadores agradecidos por dos cuartos de euro, madrugadores de las siete de la mañana y pespuntadores del dobladillo de la vida para que encima estos desgraciados se rían en nuestra cara, robándonos la esperanza, la alegría y  lo que de valor haya.