Monólogos desde un diván – La Cita – Ray Niebla

Monólogos desde un diván

     Ray Niebla

La Cita

 

No hay mejor sitio donde guardar recuerdos y experiencias como en una buhardilla o un desván. Allí, en esos lugares se concentran una cantidad de cachivaches, muebles, libros, recuerdos, a veces de vidas pasadas que ni tan siquiera recordamos, y a veces, de otros tan nítidos que casi nos da miedo pensar en el tiempo que ha pasado.

En un rincón de la buhardilla, en un mueble gris, mediocre y lleno de polvo, se concentran una cantidad ingente de cintas de cassette que desde los años ochenta no se han vuelto a tocar. Están ahí, incólumes, calladas, esperando que algo o alguien vaya a rescatarlas porque su misión ya fue puesta en juego y ahora no son nada más que esqueletos anquilosados de vidas; truncadas a veces, felices otras, pero en todas se daba el común denominador: El sufrimiento.

La claraboya inunda de sol casi toda la habitación, y en la poca penumbra,  un rayo tímido y absorto en lo que está haciendo se posa en una de las cintas que  brilla algo más de lo inusual pues su carcasa está abierta y rota por uno de sus ángulos y por ello  me llama la atención. Me levanto  del viejo sillón orejero donde estoy sentado y la tomo en mis manos;  al quitarle el polvo con el dorso,  descubro un nombre: Alguien.

No recuerdo en absoluto qué contiene por eso la escucho y transcribo a continuación aquello que una mujer decía tumbada en el diván:

"No sé si soy Algo disfrada de Nadie, o  si soy Nadie disfrazada de Algo. Mi vida transcurre entre la mentira de lo que soy y la verdad de lo que quiero ser y por ello un mar de dudas inunda cada día mi existencia. La asunción de las caretas que debo experimentar cada día y a cada hora me tiene extenuada, pues es tal la energía que debo poner en marcha, que no acabo de recuperarme.

 Y es que  la gente común no me  entiende, no sabe de mi espiritualidad, de la grandeza de mis pensamientos; no comprende que yo, siendo como soy, una persona de altas cualidades, otorgadas por la propia naturaleza, que lucho cada día por cuadrar mi personalidad con mi espiritualidad y que con esa experiencia, sabiduría, estudio y dedicación,  puedo darle a los demás tanto, que me parece estúpido que no  tomen  algo que se les regala.

 Tengo en mis manos, la curación de todos los complejos, de todas las miserias que hacen infeliz a la gente; incluso  la enfermedad puedo hacer que mejore, que cure inclusive, pues  mis palabras reflejan el compendio de tantas horas de  meditación, razonamiento, intuición y señales;  de tanta dedicación a entender todas aquellas  reacciones filosóficas, religiosas, psicológicas del ser humano que soy una verdadera experta en el diagnóstico de sus cuitas, pero no se quieren enterar.

 Ni me escuchan ni hacen caso a los consejos, a las alturas en que los quiero llevar para que sean felices. Esa es mi misión, hacerlos felices, pero ellos en su mediocridad no se quieren enterar, no quieren despertar  de ese sopor estúpido en el que están sumidos, ese contrato con sus programas que los están llevando a la destrucción, porque no son capaces de entender que están programados, que la matrix que los consume es aquella que les han metido desde antes de nacer.

 Sí, porque antes de nacer fueron Algo y no lo saben, antes de nacer otorgaron sus beneplácitos a todas aquellas energías que marcaron su propósito, pero se durmieron y todavía no han despertado.  Yo que me nutro de todas aquellas intuiciones que me proporciona la vida; si abro un libro me dice lo que he de hacer, si experimento una sensación sé porque ha venido, si en un momento determinado un pensamiento viene a mi mente, derivo toda mi relación del dia ampliando aquello que me ha dicho. Oigo en la oscuridad, veo en la claridad y escucho toda la sabiduría que me encienden desde el más Allá.

 ¡Ay! Si los hombres de este planeta Tierra tuvieran oídos para escuchar y ojos para ver, se darían cuenta de que a su alrededor tienen a personas que como yo vemos claro todo lo que nos rodea y con ello podemos ayudar, y no dejarían que mis conocimientos se perdieran en ese mar de elocuencia que tienen algunos magos para enervar a la gente y decirles lo que tienen que hacer.

 Cuan más práctico sería dejarse llevar por lo que yo digo, porque yo si sé que tengo la verdad, porque mi verdad está basada en el Espíritu Santo que dirían los católicos, del  Nirvana de los budistas o el Talmud judío. Compendios todos ellos de  la sabiduría humana, aunque yo no crea en nada. Nada he de creer porque yo soy Todo, y el amor que emana mi entender es tan completo que nada más importa. Toda la psicología que me ampara se nutre de los textos de los más excelsos profesores.

 La luz que el mundo debería tener es la que yo pregono a los cuatro vientos, no importa si mis empleados me llaman loca, no importa si he de castigarlos con mi desdén o llenarlos de dudas respecto a su trabajo, porque  eso es una forma de aprendizaje y mi misión aquí es esa: que todo el mundo aprenda, pero es tan frustrante que a veces me dan ganas de hacer una tontería. Lo único que me lo impide es saber que yo estoy destinada a proporcionar, a ensamblar todas las categorías humanas y con ello hacer  grandes cosas.

 Haría que el mundo fuese una bola de luz, que las grandes fortunas pagasen por su desidia, que los irredentos, paranoicos y psicóticos estuvieran recluidos en una casa de salud. Haría que las especies animales fueran lo que son y no en lo que los han convertido. Sería capaz de acabar con media humanidad, si con eso salvaba a los verdaderos, a los que son; al fin y al cabo ya hubo  un diluvio universal para castigarnos. Haría que el sol brillase más y más porque la luz es la savia de los justos. Haría que  el viento y la lluvia soplasen siempre en la misma dirección, porque con ello evitaríamos tener que protegernos en mil direcciones distintas. Volvería a los hombres discípulos de las mentiras piadosas, y sería la portavoz de todas las verdades.

 Y cuando todo estuviera ordenado y bien relacionado, cuando todo se comportara como dice la justicia, el sentido común, la unicidad de los pensamientos, la auténtica libertad y la capacidad de ver donde nadie ve, moriría en paz para pasar el resto de mis días en lo alto de la columna como San Simeón el Estilita, y allí, desde lo alto, supervisar con mi catalejo que los hombres jamás se volvieran a torcer.

 Aunque he de reconocer, que  ahora me toca a mí, que antes he de quitarme todas las caretas, antes de ser la verdad, y dado que me doy cuenta  que soy Algo disfrazada de Todo, he de hacer  lo que tengo que hacer"

 Aquí se acaba la cinta  y no me acuerdo muy bien qué sucedió después, pero  en la carátula hay una cita que me conduce hacia  uno de los cuadernos donde hacía mis anotaciones: cuaderno veintitrés, página dieciséis, anotación cuarta.

"La paciente  María… no volvió a venir a consulta; jamás la volví a ver. Y otra anotación al margen de este texto: veinte años después aparece en la prensa como la futura ministra de Sanidad, y en ese ministerio estuvo cuatro años, que fueron los cuatro años más extraños y más productivos de todos los que había conocido".

 

                                                                                                                      Ray Niebla