Monólogos desde un diván «La Lluvia» por Ray Niebla

Ray NIebla

Monólogos desde un diván

La Lluvia

Está lloviendo, y la noche invernal se cierne en esta buhardilla donde paso los ratos cuando necesito estar a solas conmigo, con mi neutralidad. Las cortinas de la ventana se mueven por  el calor del radiador que tiene debajo, y el aire caliente las mueve como si tuvieran vida propia,  el ruido del agua es siniestro, detallado y multiforme.

De qué manera más absurda se forman los recuerdos  de tiempos pasados que no nos traen nada más que aventuras deformadas por el tiempo, coloreadas de los mil colores que uno le ha adherido con el paso de los años y ya no sabes si fueron de verdad o simplemente han sido  historietas que me he contado a mi mismo.  Pasión y razón, cuál de ellas es la que lleva la voz cantante en estas lides. ¿Ha sido la razón la que ha contado estas historias o sólo ha sido apasionamiento y deformación? Nunca lo sabré porque yo soy el protagonista de una y de otra.

La única manera que tengo de saber si hay algo de verdad en todo lo que pienso y sueño, es esta retahila de cintas de cassette que se apilan en el mueble viejo y antiguo que se alinéa con la ventana, con esa ventana que se refocila de verme aturdido y con ojeras, con gafas de no ver la realidad y con ese ansia de entorpecerla, haciéndome ver, en  los reflejos de los cristales, sombras y luces en distintos planos que hacen nacer en mí un sinfín de  ideas sueltas, deslabazadas, incoherentes.

Así que, aturdido y apenas en una nube, con la mente puesta en un circunloquio contradictorio, me levanto del sillón orejero y tomo una de las cintas al azar,  la coloco en el viejo aparato de reproducción, y esto es lo que me encuentro.

"Yo no sé cómo no le he retorcido el pescuezo ya a la vecina de al lado. Sí, a esa mosca muerta que parece que no ha roto un plato en toda su desgreñada vida cuando va con las niñas a llevarlas a la escuela como una madre más.

Pero no es una madre más. No, a mí no me engaña; la tengo calada, porque desde que comienza la mañana, apenas levantada, con la voz todavía ronca de dormir, ya está dando voces, insultando y blasfemando contra esas dos niñas que deben ser un cielo porque nada más se les oye llorar, y así sigue cuando es la hora de  comer, la tarde con los deberes, la noche para acostarse. Y así un día y otro día, y otro dia.   

Lleva así doce o trece años. ¡No se cansa! ¡Dios! cómo es posible  tanta maldad y tanta falsedad intentando engañar a la vecindad, una vecindad sesgada y obnubilada por sus propias cuitas,  pero claro no se da cuenta que a mí no puede hacerlo, porque la oígo, sí la oígo todos los santos días del año, pero qué voy a hacer yo; si la denuncio todo el mundo me mirará mal y dirá que soy un loco de atar, porque ella es educada y languida como un esparto  en día de lluvia,  y si no lo hago estoy pasando por un calvario ya que me siento culpable  de no poder hacer nada por esas niñas. Esas niñas, comandadas por una madrastrona y un padre que apenas quieren ver nada. 

Retorcerle el pescuezo sería lo más sensato, justo y ético, y  aunque no sería de ley, sí podrían esas niñas tener una vida en condiciones, una vida en la que  sus recuerdos sean de amor, de cariño, dedicación. Claro que quien soy yo para hacer una cosa así. Yo no soy Dios, que puede quitar la vida o ponerla, y luego claro, está el Código Penal que también hay que pensárselo. Pero es que ya no puedo más. Creo que me está cubriendo la maldad, la locura, la obsesión es más fuerte ya que la tortura de las niñas. Una fina capa de negrura me ahonda en las venas y la ira me invade todos los poros de mi cuepo llegando, incluso a creer que yo, no soy yo. Creo que estoy a punto de perder la cabeza.  

Soy yo quien está tumbado, aquí en el sillón de un loquero que apenas me escucha, que está a por uvas y haciendo cuentas de las ganancias que le voy a dejar con todas estas sesiones, cuando sería de justicia que fuera ella la que se tumbara aquí y volviera loco a este gilipollas que no me hace caso. La locura por tensión no es sino un fallo en los misterios de la mente, porque a mí me debería dar igual, como hace todo el mundo.

No es posible, no es posible que  lleve tantos años oyendo, escuchando barbaridades como "no teníais que haber nacido" " A ver si os moris de una puta vez" "No os aguanto ni un día más y cualquier día os corto el cuello" "claro es que no me hacéis caso y tendré que tomar medidas" "Sois vosotras las culpables de me ponga así" "demasiado buena soy con vosotras"

Trece años despertándome sobresaltado cuando las voces llegan hasta mi dormitorio, que aunque lo he insonorizado, yo no sé como mierda están hechas estas casas que aunque te gastes un dineral se sigue oyendo todo. Se sigue oyendo tan claro, tan nítido que a veces pienso que sólo es un grito de mi mente, que no es verdad, que todo me lo estoy inventando, y entonces comienza el calvario de la relajación, el yoga, la autohipnosis, la concienciación de no ver la realidad porque a mí no me importa, y todas esas mierdas que no sirven para nada cuando todo esto te desborda. 

He intentado vender la casa, pero claro mi mujer dice que naranjas de la china que no haga caso, que me estoy obsesionando. ¡Pero cómo carajo puede vivir una persona con todo esto alrededor!  

Cuando alguna vez alguien creo, quiere escuchar una historia así, no tarda en decirme que no haga caso que eso son cosas normales, que cada uno en su casa tiene derecho a hacer y deshacer y yo no me puedo meter en cómo, cada padre educa a sus hijos y ya está, y se van tan anchos, dejándome con la palabra en la boca porque  piensan que estoy más pallá que pacá, y no saben que los locos son ellos que están dejando que la sociedad se meta en unos vericuetos de los que no va a poder salir de ellos. 

Sí, decidamente tengo que acabar con toda esta parafernalia, pero para ello tengo que salir de aquí, de este diván tan incómodo y de esta habitación que no me deja respirar. Tengo que levantarme y hacer que este estúpido loquero me deje de una vez y opte por darme alguna pastillita de esas que mandan ellos, que te dan el paraíso aunque luego te vuelvan de cabeza al infierno, y directamente iré a hacer lo que tengo que hacer, porque además si yo no lo haga no lo va a hacer nadie y estas dos chiquillas tienen que tener una vida como Dios manda."

La cinta se acaba con el sonoro  y característico chirriar y el golpe de la parada, que me saca de mi absorto contemplar  esta actividad que tan poco edifica en mi interior, tan poco relajante. Sí, recuerdo perfectamente a este hombre que venía con los ojos dilatados y el semblante cadavérico, con el alma en vilo y las manos temblorosas, buscando una ayuda que nunca le pude dar porque  el psicólogo no es dios, sólo es un enviado  de sí mismo y poco se puede  hacer con ello, aunque  te digan  que sí, que  te lo arreglan todo. Compañía y escuchar es lo único que se puede hacer, que no es poco.

Y aunque esto sea poco, la habilidad de poder crear un mundo a la medida del que te pide la ayuda, no es difícil, si lo que sientes de verdad, es el amor por la fraternidad, el sentimiento noble de  hacer posible que el sol  salga todos los días para esta gente, en la que su programa está viciado y distorsionado y su realidad está relacionada con este programa, pues cada uno actúa según el concepto que tiene de sí mismo.

Supongo que todo esto no llegaría a tragedia, pues el que acude por ayuda siempre es el primer paso para no dar el otro, pero no es posible adivinar lo que la mente humana es capaz de  inventar, hacer o pergeñar.

Pero lo que sí recuerdo, es la historia de una madrastra que hizo  que sus hijastras la tuvieran secuestrada durante más de veinte años en una habitación  holgada, limpia y con alimentación suficiente para que no muriera, pero en la que había un montón de letreros en dónde se decía: "Sería mejor que te murieras ya"  "Eres una zorra sin remedio"  "No tendrías que haber nacido" y otras muchas más de este tenor. Claro que no sé porqué me viene esto a la cabeza pues seguramente no tenga nada que ver.

 

Ray Niebla