LA RUMOROLOGÍA por ANA ISABEL ESPINOSA

LA RUMOROLOGÍA

 

por ANA ISABEL ESPINOSA

 

Quieren callar las bocas de gente que se dedica a los rumores en el caso del niño desaparecido en Almería. No lo dicen por los profesionales de las noticias que no hay que negar que un tema de este calibre da para muchos minutos de audiencia, sino porque ahora casi todo el mundo tiene una alcachofa en la boca gracias a las redes.

La gente habla y retransmite sus emociones, sin filtros.  Lo que piensan, lo que gestan y hasta lo que defecan sin que les importe un pimiento lo que lleva esa opinión de dolor intrínseco para gente a las que afecta de manera directa.

Gabriel necesita que lo encuentren. Los suyos necesitan que lo encuentren y a los de la Fuerzas de Seguridad no les va nada bien que haya por ahí teorías conspiranoicas del tipo “expediente x” porque les lleva tiempo y esfuerzo- que podrían dedicar a pistas más fiables- el deshacerse de ellas. Cuando desaparecieron las niñas de Alcasser los periódicos y la televisión se volcaron. Puedo recordar -con vergüenza ajena- programas que nos sacarían ahora  los colores hablando de ese tema.  Aunque las audiencias mandan y las cadenas y el dinero de los patrocinadores y anunciantes. El dinero lo es todo porque el mueve el mundo y las emociones. Al consumismo lo idolatramos como al único dios que de verdad nos llena. Por eso dudo mucho que la buena voluntad de todos aquellos que quieren encontrar a Gabriel -acallando rumores- vaya a buen puerto. Nos hemos acostumbrado a los juicios paralelos, a opinar sin saber- ni medir- lo que decimos y por supuesto a tuitearlo , para hacerlo correr por las redes lo máximo posible. No creo que no nos importe el desenlace de un crío que jamás debería haber desaparecido, del que a todos nos pesa cada segundo que pasa lejos de su madre .

Pero aun así nos alimentamos de rumores, de ese morbo calentito y familiar que nos reconcome por dentro. Nos encanta ser- y estar – con el mundo mirándonos durante algunos instantes que no llevarán a nada como esas borrascas que nos parecen infinitas y a las que olvidamos hasta el nombre en cuanto la siguiente se avecina por el horizonte. Hay una larga lista de nombres preparados para ellas, para cada una de las borrascas, de los huracanes, para las tormentas frías y lluviosas que pasan como los años, el color del cabello o la inocencia que solo puede converger en las pupilas marrones de un crío de poco más de ocho años.

El dolor por la impotencia, el miedo , la frustración y la ignorancia de dónde puede estar tu hijo debe ser tan grande que los rumores no hacen mella más que para minar un poco más la esperanza que se deshace- poco a poco- como las gotas de lluvia intensa cuando despega el cielo de repente.

Todos los esfuerzos deberían ser para Gabriel. Lo mejor que se encontrase en cualquier momento. Que su madre lo pudiera abrazar ahora mismo mientras escribo este artículo que quedaría rancio como el pescado pasado, porque la realidad se impondría y un niño nos habría regalado un perfecto día de sol radiante,  aunque lloviera a mares y la tormenta Emma aun azotase nuestras costas  y nuestras calles.

Gabriel no necesita rumores sino investigación. Que les dejen trabajar a quienes saben, que se callen los profetas de la verdad escondida bajo las faldas de una mesa camilla, tertulianos sin mala fe sino con contratos de puntadas, de exclusivas a golpe de martillear conciencias sean de quien sean.

Debería haber una frontera que no trasvasar jamás. Esa que se ve en los ojos de padres desmembrados, de madres que claman por justicia carcelaria porque pasados los años aun no puede saber dónde está el cuerpo de su hija.

No ayudan los rumores, ni los pensamientos, ni las difusiones, ni los acompañamientos para luego pasar a otro tema y dar en el “me gusta” de un gif de un gato palmeando una bolita. Por principios, por humanidad o quizás tan solo porque tiene ocho y no sabemos dónde está y su madre necesita abrazarlo