Monólogos desde un diván ( El niño ) Ray Niebla.

Ray Niebla.

Monólogos desde un diván (El niño)

 

Me convocan para que hable en unas charlas sobre las enfermedades mentales, pero desde el punto de vista psicológico que no psiquiátrico;  diferencia que en muchas ocasiones  no son claramente apreciadas, bien por desconocimiento o bien por disquisición filosófica, pero  en nada tienen que ver una disciplina y otra: el psiquiatra es aquel médico que se especializa en el estudio de las patologías a través del abordaje médico y su último objetivo es prevenir, evaluar, tratar y rehabilitar  a las personas con trastornos mentales, y habría que explicar que no es lo  mismo un malestar que un trastorno; y el psicólogo es aquel especialista en salud mental que se esfuerza por entender el comportamiento o la conducta del enfermo o del trastornado, y puede incluir muchas áreas del comportamiento: conductual, clínico, laboral, educativo etc. y reconducir esa conducta hacia parámetros más saludales, y por ello, el psiquiatra tiene el poder de recetar productos químicos y el psicólogo no.

Dicho esto y al objeto de preparar el discurso que me obligan a hacer, pues a mi entender no es posible hablar de algo tan extenso como es la mente humana en una charla-coloquio de una hora, me dispongo a escuchar algunas cintas de cassette  de mis años mozos, cuando me dedicaba a escuchar  a todo aquel que quisiera hacerlo,  y una vez  entendido su trastorno indicarles los caminos más racionales para llegar a que entendieran su verdad, que no la mía y cuáles eran los vericuetos que habían empleado para llegar a las conclusiones que su mente les dictaba, y con ello no  sentirse locos, o al menos desprotegidos mentales.

Son tantas las escuchas que hice, que es árduo escoger una que sirva de ejemplo para todo lo demás,  y aunque estoy inmerso en la buhardilla que me acoge en las horas lentas de mi existencia y adorando a mi sillón orejero pues me da cobertura para dormitar y pensar en ese estado,  a caballo entre la muerte y la vida, esa zona muerta que tantos beneficios nos da para acallar las charlas feroces que tenemos con nosotros mismos, escojo una de ellas de un chico de unos doce años con  una clarividencia y un sentido común gigantescos y por ello, sus padres me lo trajeron para que lo evaluara porque pensaron que le pasaba algo, y me quedé atónito cuando vi la madurez del mismo y la falta de madurez y sentido común de sus padres. Era, para este chico, como vivir en un mundo radicalmente opuesto para lo que estaba destinado o al menos para lo que su mente desarrollaba. Esto es lo que decía:

 

«No sé, a ciencia cierta, porqué mis padres me traen ante usted para que le cuente la cosas que pienso cuando tendrían que ser ellos los que se sentaran o tumbaran en este  canapé, gastado por el tiempo y por las gentes que aquí ha habido.

 

Es cierto que vivimos unos tiempos azarosos y a mi modo de ver impertinentes, dado el comportamiento de todos, o al menos de la mayoría: políticos, profesores, educadores, padres, niños, mujeres etc. comportamientos la mayoría de las veces inentendibles por lo farragoso de sus objetividades, actividades o simplemente por la falta de neutralidad con la que hacen sus quehaceres diarios. Es como si alguien o algo fuera de ellos les dictaran lo que tienen que hacer, sin preguntarse si estaba bien o estaba mal. Nadie se pregunta al levantarse de la cama, si hoy puede ser un gran día o simplemente un dia más.

Sabiendo que la vida tiene cantidades ingentes,subjetivas de comportamientos, y con ellos sabemos  que la existencia es aquello que nos proponemos, no lo que nos viene dado y que el pensamiento es lo que nos condiciona, había que deducir que antes o después deberíamos ponernos a pensar si realmente cada día hacemos lo que tenemos que hacer, independientemente de lo que piensen los demás. Porque ese es el quid de la cuestión que nuestro comportamiento es, las más de las veces, lo que los demás quieren que hagamos, y sin querer lo hacemos, y eso nos lleva a los trastornos mentales, al malestar con nosotros mismos y a corregir nuestra trayectoria cuando ya nos la han marcado.

Es por ello que en el dictamen de la pervivencia, por sí misma, no haya cualidades que nos dejen en el campo del  libre albedrío para decidir si lo que hacemos nos conviene o no y es por ello también que la mayoría de las veces nos comportamos como no queremos ni como es nuestra naturaleza, y con ello falseamos todo nuestro alrededor y falseamos nuestra personalidad, haciéndo de ella una máscara hipócrita de nosotros mismos. 

Y esto que pudiera parecer una desincronía, una malversación de un yo ético y moral, o simplemente una mentira de proporciones universales, es la cotidianeidad, el día a día, puesto de manifiesto en aquellas concentraciones  en las que se ha abusado o desfavorecido a otro ser humano que ni nos va ni nos viene, es decir cuando hay manifestaciones populares de odio, o rencor, o venganza por un hecho que  a la mayoría ni le viene a cuento ni lo hace, sino porque lo hacen muchos y nosotros no íbamos a ser menos. Hipocresia pueril que nos avergüenza cuando nos quedamos solos.

La existencia del ser humano no es otra cosa que, acondicionar una conciencia para poder aprovecharla, desarrollarla y  desentumecerla de los golpes que le han dado  en una vida , ya sea corta o larga, y con ello entender para qué o para lo que no, estamos aquí. Este tema sería la mayor de las verdades, pero no nos dejan porque estamos anquilosados y poco reverdecidos, y no nacemos para ello si no para lo que quieren los demás y de ahí los trastornos y los malestares  como he dicho ya. No comprendemos que aquí en este planeta, en este mundo real que vivimos, somos  gotas de mar o partículas de arena, pero por ello no dejamos de ser mar o desierto, no dejamos de ser lo que tenemos que ser, pero para ello sería necesario golpear el pecho de cada uno y nacer de nuevo.  También morir para nacer, esa es la cuestión. Si fuéramos capaces de sentir que el que nació muere, y al mismo tiempo renace con otra mentalidad, con otra forma de ver la realidad, sería maravilloso, pero deseducarse y volverse a educar no está al alcance de cualquiera. No está ni siquiera poder entenderelo.

Si en el divan de un psicólogo se pueden decir todas estas cosas sin que te consideren un bicho raro, y que con doce años pueda yo tener la naturaleza de la verdad, tal y como la veo; si en este diván se pudieran recoger todas y cada una de las locuras que se han venido diciendo  y escuchando, sería claro y  verdadero sentir la necesidad de decir alto y claro que no todos los que aquí se han tumbado están tan locos o tan trastornados como ellos mismos creían, de tal manera que, si en vez de venir a que te escuche, un hombre o una mujer, que da igual uno que otro, sobre tus cuitas y tus pensares, con un  título universitario que le  autoriza a manipular las mentes, nos pusiéramos en contacto con  nuestro yo más ancestral y energético, y nos hiciéramos las preguntas más adecuadas, seguramente nuestras respuestas serían también las má adecuadas y no habría necesidad de contarle a un desconocido aquellas intimidades que son sólo nuestras.

Por todo ello, sigo en la necesidad de levantarme de aquí, obviar a este señor que está medio dormido, y hacer que mi comportamiento sea mediocre, ovejuno y socializado para que mis padres, mis tutores, o el propio gobierno me deje en paz, y con esa mentira tan grandiosa pueda ir por la vida sin que me tengan que encerrar cuando los que debían estar encerrados son la mayoría de los seres humanos que me rodean. Y así lo haré, y lo haré, por convencimiento propio, al entender que la mayoría de las gentes que pululan por ahí, no entienden ni una jota de lo que se cuece dentro de ellos y se limitan a comer y defecar, a reproducirse buscando formas ambiguas o simplemente viviendo una vida insulsa y mediocre, atacando a los que no somos sus iguales, y porque si no lo hago, seguramente acabaré en una casa de esas que llaman de reposo, pero que más bien son cárceles del alma.

 

   Después de escuchar todo esto, no sé si debo elegir entre comportarme como soy o seguir ejerciendo mi farsa, mi doblez en el que soy un psicólogo afamado, o simplemente mandar a la mierda todo este trasunto hipócrita y ser lo que yo soy: un hombre sin más.

 

Creo inopinadamente, que el estigma que tenemos desde que nuestra madre nos pare a este mundo, es tan cruel que no dejamos de vivir porque sucede el milagro cada minuto, cada día; aunque hay muchos que ven la claridad de los que nos hacen  año tras año,  no lo pueden soportar y  tiran por la calle de en medio, pero sí de su equivocación, no de sus razones y a fé mía que equivocados están, pero sucumbir a la cobardía de enfrentarse a ellos mismos, no es la razón má adecuada; Este enfrentamiento, que es el más dificil de todos, una vez y otra es la pauta que esperan muchos para seguir un camino que les conduzca, pero no se dan cuenta que si tienes un problema, una cuita,  un conflicto la vida te lo muestra, una y otra vez, una y otra vez, hasta que  ves la verdad, esa verdad que te dice  que sólo es eso un conflicto que no tienes que resolver sino transcederlo. Cuestión de lo más difícil aunque tan sencillo a la vez.

Todo esto trasciende más de lo que se pueda pensar, ya que lo justo, lo moral, lo ético no son nada más que verdades individuales que cada uno intenta llevarlas como mejor puede, sin que nos pongamos a pensar si hacemos, con ello, daño a alguien o simplemente cumplimos con el cometido que nos han preparado. Verdades o mentiras acuñadas por la desazón de sentirnos bien cuando hayamos hecho nuestro trabajo o nuestro destino, en el que creemos a pies juntillas, pero no sabemos que el destino lo tenemos en nuestra mano, sin que sea cuestión de suerte o de azar. No somos el destino. Somos la base de la vida. Somos lo que somos

Así que para no dar a entender que sólo soy eso, un simple mortal que camina por esta vida con los ojos tapados, para no dar a entender que soy uno más, que no merezco ninguna recompensa, y para no dar a entender que soy lo que soy sin más, voy a rechazar la oferta de trabajo que me han  preparado y decir que busquen a otro que tenga más conocimientos que los míos pues yo no estoy preparado para hablar de enfermedades, o trastornos mentales, ya que tendría que hablar de la vida, de la matrix, de la transcendencia, de las creencias, de las suposiciones, de la verdad y de la mentira, de la supuesta ideologización de  tantos seres humanos y de la soledad en la que viven, de las locuras  que se ven día a dia, y de todos aquellos traumas que se inician y se desperdician por no saber encaminarlos y dejar que se pudran en el mísero morral de la vida de muchos. En fin, hablar de lo que es un ser humano, y por ello no me encuentro con fuerzas para hacerlo.

 

Vivir es aquello que nos fuerzan a hacer. Morir es aquello a lo que nos conducen. Pero vivir o morir nada tiene que con la Vida.

 

Ray Niebla.