Tercera Entrega del cuento: Nassccio de Zorrillan y la Esfera Blanca por Ray Niebla

Tercera Entrega del cuento: Nassccio de Zorrillan y la Esfera Blanca

Ray Niebla

 

Las caballerizas eran un conjunto de cuadras situadas en  círculo, formando una plaza circular también y en cuyo centro de esta plaza se alzaba una columna dórica cuyo capitel se adornaba con las tres partes que lo componen; collarino, equino y ábaco,  que en un  principio a Nassccio no le llamó la atención, pues servía para dar vueltas con los caballos para que hicieran ejercicio cuando no salían al campo. Y en lo alto del ábaco había tallada una yegua de piedra, o un dragón, no sabía muy bien.  La coronaba.

Se dirigió hacia la cuadra donde estaba Labranza y la encontró limpia, aunque fatigada,  suave aunque un poco sudada. La acarició en la cabeza, la miró detenidamente y en sus grandes ojos se reflejó la columna, y nitidamente la figura de piedra. Le extrañó aquello, parecía como si la yegua quisiera decirle algo, como si fuera  complice de algo con él o con el entorno que la rodeaba. Relinchó y apartó las crines de su frente como diciéndole ves así mejor, y volvió a verse reflejada la columna, y la figura,  pero esta vez vio algo más importante. Vio un color, que no se distinguía a simple vista mirando la columna. Era un color rojo vivo, imposible de no distinguir, así que volvió la cabeza y se dirigió hacia el centro de la plaza. Miró al capitel dórico y no vio color alguno, de forma que aquel misterio debía ser una alucinación de  su cabeza. Volvió de nuevo donde estaba la yegua y el color del capitel y su figura, volvió a hacerse visible, en los ojos de la yegua, con lo que su desconcierto fue aún mayor.

Miró a Antonino que tenía cara de sorna y le preguntó.- Vamos a ver porqué tienes esa cara de tonto y de risa, es que estoy viendo visiones. Tú también has visto esto?-

-El qué señor?- dijo Antonino haciéndose el tonto.

-Vamos,  pues qué va a ser el color en los ojos de la yegua. Se refleja el capitel en sus ojos el color rojo y cuando te acercas no se ve nada-

-No, yo no he visto nada-

Nassccio no dijo nada más, miró a Antonino, miró a la yegua y le pareció que estaban conchavados, pero eso era imposible; además qué tendría que ver los ojos de una yegua con ningún misterio. Aquello era delirante y a Nassccio le pareció que en vez de crecer estaba haciéndose un niño pequeño con aquellas disquisiciones.  Se dijo así mismo que debía ser un reflejo del sol.

Se alejó despaciosamente, pensando en qué pasaba y oyó claramente como le decía Antonino a la yegua:- no te preocupes, estos no se enteran de nada- Intentó volverse y preguntarle qué estaba pasando, pero le pareció más prudente no hacer ni decir nada, total Antonino lo iba a negar, asi que, pensativo, se fue alejando de las cuadras y su mente cada vez entendía menos aquello que le estaba pasando. ¿Se estaba volviendo tonto de pensar? Pensar no tendría que ser bueno pues te cansaba y te metía en unos recovecos que a veces era imposible de salir, pero los maestros decían  que siempre había que pensar, que siempre había que tener el cerebro entretenido, aunque sólo fuera no pensando en nada. Unas cosas contradictorias que no acaba de entender.

-¡Anda que buena has dejado a Labranza- le espetó a su hermana que jugaba con Numeria, en los soportales de la entrada principal de castillo.

-Pues para eso está para que la monten- contestó Tormenta sin hacerle mucho caso a su hermano.

- Sí claro y para que la torturen y la hagan constiparse y morirse, ¿no?

-Mas hay de su casta que de la mia-dijo Tormenta con el reproche visual  de Numeria.

-Bueno por si no lo sabes esa yegua es mia y no la vuelvas a montar-

-Sí eso porque lo digas tú-

A Nassccio le dieron ganas de contestarle igual de mal, pero le habían enseñado que con las mujeres había que ser educado, exquisito y sobre todo protector. Un caballero jamás le debía decir a una dama nada que estuviera alejado de aquellos parámetros, nada que pudiera poner en entredicho la moral de su estirpe, nada de lo que luego podría arrepentirse, dado que la mujer, en aquellas tierras, siempre estaba muy por encima de los hombres, aunque pudiera parecer lo contrario. Además allí estaba  Numeria y  aunque su hermana era un bicho, él no debía dar a entender que tenía malos sentimientos contra las mujeres, eso no podía ser,  así pues, puso cara de benevolente y haciendo un esfuerzo le pidió por favor que la próxima vez que montara a Labranza se comportara mejor con ella, y viendo que Numeria asentía con la cabeza se sintió de nuevo un hombre y se alejó con la autoridad que  descendía de su apellido.

El día transcurrió sin más sobresaltos, que los habituales de tener que estudiar con el plasta de Gerón, matemáticas, la lengua castellana que era de lo más difícil, pero lo que más le gustaba, o hacer dibujos geométricos que estaban muy de moda y que le llamaban geometría euclidiana, pero que eran una plasta de  toma y muy señor mio.

Después de la cena familiar se fue a sus aposentos y sentado en la cama le vino a la cabeza el color rojo de los ojos de Labranza y comenzó a pensar. En aquella cuadra siempre había habido yeguas; la que ahora estaba ocupando el sitio se llamaba Labranza, un nombre donde sólo estaba la vocal a, por lo que  debía ser eliminada o aceptada si en realidad significaba algo, porque algo intuía, pero algo se le escapaba.

Se levantó de la cama y se dirigió hacia las caballerizas. Ya era noche cerrada y seguro que Antonino no estaría allí para ponerle mala cara. No sabía lo que estaba haciendo pero se dirigió hacia allí. En el camino otra vez la esfera blanca se dibujó  a lo lejos y pareció que quería conducirlo hacia algún sitio, pero no, hacia las caballerizas. Allí la luna comenzó a hacer juegos del escondite con las nubes que amenazaban otra vez llluvia y  cuando estaba a la altura de la cuadra donde descansaba Labranza una especie de rayo rojo se dibujó en el espacio que había entre la columna y la cuadra y se estrelló en la pared contigua, donde estaba el pesebre. Abrió la puerta, se coló dentro y con la ayuda de una pequeña antorcha, ya antigua, porque ahora se utilzaban candiles más modernos, que había en el pasillo, iluminó la pared y vio un escrito en la misma que ponía: C    res y el punto rojo de luz se centraba en el óvalo vacío que había  después de la C

Pasados unos momentos y debido a la rotación de la tierra, la luna pasó a ocupar otro espacio y el rayo rojo desapareció, entonces Nassccio comprendio que era la luz que en un momento determinado hacía de unión entre  la columna y  el nombre. Pero… ¿qué podría ser aquella casualidad?

Se marchó pensativo y  cuando llegó a su habitación se tumbó en la cama, se acurrucó en su esfera y pensando en todo eso se quedó dormido.

Pero dormido o despierto, pues no sabía muy bien en qué situación estaba, sí tuvo claro que aquella extraña sensaciòn de descubrir algo le dejaba tranquilo y sosegado. Rodeado de la esfera se sentía bien, muy bien. Una sensaciòn de paz lo invadió y todos sus miedos desaparecieron como por arte de magia. Ya no tenía miedo de la oscuridad, no tenía miedo a algunos de sus amigos  repelentes, no tenía miedo a aprender nada de lo que le dijeran, era y se sentía  más y mejor.Le entró una sensaciòn de vértigo por aprender mucho más sobre aquello de la geometría euclidiana, o de geografía, o de historia, lo que fuera. Era algo que nunca había sentido pues siempre había tenido que hacer un esfuerzo para aprender algo y que se le quedara en la cabeza,  pero claro, ahora estaba dormido y en los sueños todo es más fácil.

Y así pasó la noche acompañado de la esfera que lo protegía, lo animaba, lo enternecía y hacía que se sintiera tan seguro que era capaz de comerse el mundo.Se despertó o al menos tuvo esa sensación y se sintió raro, distinto, rápidamente buscó a su maestro para  empezar las clases temprano pues tenía mucho que hacer después.

"Euclides fue famoso por la recopilación de todo el saber griego de  su época, partiendo del razonamiento lógico deductivo y en su obra Los Elementos recopila toda la geometría plana del saber de aquellos tiempos"

Así comenzó aquel día la clase con Gerón, su maestro y luego derivó en otros saberes, como historia, matemáticas, física o  geografía. Aquel hombre era una enciclopedia y quería que Nassccio fuera más todavía que  él, con lo que se aplicó  lo más que pudo y así se pasó la mañana.

La tarde fue  misteriosa y  laboriosa. La dedicó a pensar sobre todo lo que le había pasado y a deambular por el castillo buscando signos, y números, palabras o dibujos, columnas o capiteles que le dijeran algo, y encontró cosas que nunca hubiera pensado que estaban allí.

En la habitación de sus padres y detrás de unos cortinones rojos, una inscripción que decía "lealtad a mi rey nuestro señor" Y una cruz se levantaba entre la palabra rey y señor.

En los pasillos que daban acceso a los aposentos de la guardia, en las columnas y bases de las mismas, signos extraños como una estrella de ocho puntas, pequeñísima que apenas se veía, labrada en la piedra.  Una lanza rota, tallada en la piedra. Letras, la E, la O, la R. cosas sueltas que no le decían nada, pero que intuía que algo estaba a punto de descubrir.

Lo iba apuntando todo en un papel, tal y como le había eseñado a hacer con el método deductivo de estudio su maestro, en donde la conclusión siempre estaba dentro de las premisas, es decir, en el método deductivo la solución está en  las pruebas que se tenían, y si éstas eran verdaderas, y  en este caso lo eran porque estaban escritas en piedra, la conclusión que sacara tenía, por fuerza, que ser verdadera.

Con todas estas cosas en la cabeza, se dirigió, ya cayendo la tarde, hacia  las cuadras y ordenó ensillar a Labranza. Se puso los guantes de piel que le había regalado su madre el día de su cumpleaños, y se dirigió hacia la orilla del rio  que desembocaba en las lagunas de ribaza, acompañado de su cuidador, el hijo de otro barón venido a menos.

 

Continuará…

 

Ray Niebla