El Loco de la Cueva (Relato Corto) Ray Niebla

El Loco de la Cueva  (Relato Corto)

     Ray Niebla

Era noche cerrada, el cielo estaba completamente encapotado y pareciera que se iba a desencadenar el diluvio del siglo. Las casas, en la distancia, parecían cosas sin forma, negras figuras geométricas algodonadas por alguna luz que salía de su interior.

De pronto, se oyó un trueno, como si las nubes se dispusieran a cantar su canto, su danza  de la lluvia, pero no, no fueron las nubes, fue el sonido de un disparo de escopeta o de una pistola bien entrenada, fue un disparo metódico, dispuesto, entrenado, codicioso de saber qué se debía hacer y en qué momento.

Inmediatamente un ruido seco, sordo y pesado se oyó  en la cueva donde pernoctaba el vagabundo de aquel pueblo chiquito de la costa. Un vagabundo abandonado por todos porque su debilidad eran los niños, las criaturas indefensas a las que él les daba el cariño que a lo mejor nunca les dieron sus padres, pero todo aquel pueblo de mierda, todos aquellos habitante de aquel maldito pueblo de costa lo interpretaban mal. Tan mal lo interpretaban que cada vez que se acerecaba a uno de aquellos chiquillos juguetones y mal hablados de las calles de aquel maldito lugar, corrían a darle la bronca y a amenazarlo  para que nunca se atreviera a entablar conversación con ninguno de ellos.

Se acercó a la boca de la cueva donde pasaba sus noches solitarias, sólo acompañado de las estrellas de un cielo casi siempre nublado, que dejaba ver de vez en cuando aquellas luces tan lejanas y tan extrañas, pero que lo acompañaban en su soledad. Ah! Si pudiera alcanzar una de ellas y abandonar este mundo de mierda que le había tocado vivir seguramente sería más feliz, pero no, ahora tenía que salir y ver qué era aquel ruido que tanto le había impactado, porque pareciole que era un cuerpo de alguien que había caido como si ya estuviera muerto.

Se acercó  a los matorrales que circundaban la gruta y no vio nada, pero un relámpago ocasional le dio la prueba de que estaba en lo cierto. A unos metros de allí, de donde se encontraba, un cuerpo inerte doblado en sí mismo aparecía como una roca en medio de la planicie que ejecutaba la boca de la cueva. Se acercó miedoso, proceloso, escondido en su gaban roto y lleno de pelusa que le había regalado María la portera del Centro Cívico cuando no la veía nadie,; y cuando se acerco lo suficiente se dio cuenta que era  Rosa, la novia del Centauro, aquel viajante serio y de bigote a los Clark Gable que siempre le decía que se limpiara los mocos que parecían dos velas saliendo de su nariz. Maldito mierda de tio incompetente y surrealista que acompañaba a esa mujer tan preciosa que ahora yacia muerta, al parecer, en la planicie de la entrada de la cueva.

Joder! Vaya mal rollo que le dio todo aquello, pero sin más se acercó a ver si era verdad que estaba muerta, y mientras el cielo se encapotaba más y más, mientras sus miedos se hacían cada vez más potentes se dio cuenta de que temblaba, y no por el frio que hacía en aquella noche extraña si no porque presentía que algo iba a ocurrir de inmediato.

Se agachó para comprobar si de verdad esta bella mujer estaba muerta, mientras contemplaba  el muslo derecho  que se había quedado al aire al caer desde la cima de la boca de la cueva y se dio cuenta de lo bella que es esta parte del cuerpo de una mujer. Casi le dieron ganas de acariciarlo, pero se detuvo pensando en  que a lo mejor tenían razón, todos aquellos que lo tildaban de necrófilo o muchas cosas más feas, así que le toco el cuello y vio que no había pulso. Los ojos de Rosa brillaban con la luz de la luna que salía de vez en cuando y reflejaban el estupor de aquella situación.

Un hilillo de sangre salía de su pómulo derecho que era donde el tiro le había quitado la vida y pensó en lo extraño de la muerte. Uno se queda sin vida en un momento y apenas se entera de nada. Apenas te das cuenta de que ya no eres. No eres nada, ni siquiera un ser humano porque eres un cuerpo muerto y eso no es ser un ser humano, porque creo que el ser humano debe ser algo más.

Cuando se iba a levantar para ver qué podría hacer, pues su situación empeoraba por minutos: porque si lo decía en el pueblo le achacarían al él la muerte de Rosa, y si no lo decía antes o después se iba a saber y le achacarían el muerto de cualquier manera así que sintió la necesidad de volverse porque se sentía observado y aunque la luna se escondió en el horizonte y la noche se hizo más negra, se volvió y vio allí parado y sonriente, o eso l e pareció a él, al Centauro con su bigote a los Clark Gable, y las manos metidas en el abrigo que llevaba puesto, y como siempre le dijo que se limpiara los mocos que esas dos velas ya no alumbrarían la vida de Rosa.

No le preguntó qué había pasado. No le preguntó qué hacía allí a esas horas de la noche, pues era evidente que había sido él el que había matado a Rosa, aunque no tenía ningún arma en la mano, pero seguro que la tenía en el bolsillo, así que se levantó, lo miró atentamente, se limpió los mocos en la manga de su gabán y agachó la cabeza sabiendo que había dos cosas que podría hacer: salir corriendo y ser alcanzado por un disparo y acabar como Rosa o hacerle frente antes de que sacara las manos de los bolsillos, pero no, se quedó paralizado, incapaz de decir ni hacer nada.

Sí, le dijo muy sonriente, yo la he matado porque era mía y no la podría compartir ni contigo ni con nadie. Se quedó estupefacto. Ël nunca habría podido ni soñar estar con una mujer asi. Era su ideal de mujer, su musa en las noches de insomnio. Su predio particular de ensoñación que le permitía saborear su onanismo cuando su necesidad sexual se disparaba. Y calló en la cuenta de qué cómo se habría podido enterar este hombre que él  empleaba a su mujer en aquellas lides tan íntimas. No podía ser. Aquello era cosa de locos, pero a él le habían dicho siempre que estaba loco, loco de atar, y sólo porque le gustaban los niñós, pero porque los quería, los amaba, como una madre ama a los suyos, pues a él lo que en verdad le gustaban eran las mujeres como Rosa. Bellas, suaves, delicadas, tiernas. Pero estaba loco. Eso le habían dicho siempre y además era el loco oficial del pueblo, y todo el mundo sabía como miraba a Rosa cuando la veía por las calles. Su amor era puro, era honesto, era sexualmente humano, y entonces se dio cuenta de que para él estaba todo perdido. Nadie creería que él hubiera podido hacer una cosa así, si lo que único que tenía era amor para dar y tomar. Era amor del de verdad, pero claro estaba loco, y a los locos hay que apartarlos de la sociedad para que no contagien con su locura a los demás. Eso sí era de locos, pero así era la vida, así que siempre se conformó  con llevar una vida de limosna y de mal vivir porque se lo merecía.

Manuel que así se llamaba aquel hombre de mirada fría, siguió con su sonrisa en las comisuras de sus labios y no habló, ni dijo nada. Sólo esperaba, y yo lo mismo, nada, ni una palabra, pero qué podía hacer; estaba todo perdido para mí. ¿A quién iban a creer? a un loco que miraba lascivamente a aquella mujer, o al menos eso era lo que pensaban los habitantes de aquel maldito pueblo de montaña, porque a él jamás se le hubiera ocurrido hacer una cosa así, pues sus miradas eran de amor, de amor humano incluso de sexo humano, o a un buen hombre, novio dispuesto, trabajador y honesto que le dispensaba todos los parabienes a una mujer que se merecía todo lo que pudieran darle.

Estaba claro, y su situación comenzó a pesarle como una losa. Asi que como siempre se le dieron bien los lanzamientos de piedra, antes de levantarse había cogido una, pero sin ninguna intención porque era su costumbre y esta vez sin que nada ni nadie pudiera manejar su situación se la lanzó al Centauro del bigote a lo Clark Gable y le dio de lleno en la sien derecha y cayó al suelo muerto antes de tocar  en él.

Se miró, miró a su alrededor, y entonces se dio cuenta del panorama. Ahora había dos muertos y él en medio. Comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, nervioso, enloquecido, sin sabe qué hacer, mientras la noche crecia y el día se comenzaba a hacer mayor, y aquello no era bueno, porque con la luz del día se descubriria todo y le achacarían las dos muertes, de modo que lo mejor que debia hacer era enterrar a los dos por allí antes de que descubrieran su jugada para defender su vida.

Porque nadie lo creería, además cayó en la cuenta de que  nunca lo había amenazado, sólo sonreía, pero por eso no se mata a nadie y  comenzó a llorar sin sabe qué hacer, aunque su cabeza la hacía dar vueltas y más vueltas a los argumentos para poder llevar la razón a todo aquel embrollo que había costado dos muertos. Miró en el abrigo de Manuel para coger la pistola y no encontró nada. Miró por  los alrededores para ver si la había tirado y no encontró nada, de  manera que comenzó a sentir el frio de la sinrazon en su mente; comenzó a ver con claridad qué era lo que había pasado y cuáles eran las razones de todo lo que allí había ocurrido. Estaba claro: él era un loco y los locos hacen locuras y habría matado a Rosa porque la quería poseer previo secuestro de la misma, y el novio la había seguido y había visto todo, aunque sin llegar a tiempo, y  por miedo a que le pasara lo mismo había tomado una postura pasiva para no enfadar al asesino de su novia, pero no se acordaba de nada de esto, no sabía dónde estaba el arma que había matado a Rosa, porque él sí, estaba loco, como le decía todo el mundo, pero se acordaba de todo lo que hacía y decía y por lo tanto, se acordaría de aquel embrollo.

El tiempo pasaba y el dia se echaba encima, y aunque las nubes de algodón se hacían patentes, él estaba apartado del pueblo, en la gruta del loco que apenas se veía desde el pueblo y por ello nadie se enteraría hasta que no echaran en falta a los dos que ahora yacían allí, muertos.  Las grullas en su viaje a otros lares más  calientes se mofaron de él con su gruir, acompasado y fuerte, y su aleteo lo sacó de la abstracción en la que había entrado.

Pensó de nuevo en el enterramiento de estos dos y se puso manos a la obra. Sería lo mejor antes de que descubrieran todo aquel maldito embrollo, porque siempre a horas tempranas aparecía por allí el pastor con sus cabras pastando por los alrededores y vería el espectáculo que se asomaba a alba y claro éste con el cayado era un fiera y seguro que le arreaba una pedrada que acabaría con él. Pero si él no había hecho nada. Nada tendría que temer, sólo que todo el mundo sabía como manejaba las piedras y Manuel estaba muerto de una pedrada. Joder qué tendría que hacer. Se le amontonaban las ideas, así que volvió a la cueva a buscar la azada y entonces vio allí la pistola. Estaba encima de sus ropas, en el pollo que le servía para dormir. La cogió como impactado por la magia de aquel trozo de hierro y apunto hacía las llamas de la hoguera y el susto del disparo le hizo que  el arma se cayera al suelo, y la mano se encogiera como si perdiera masa muscular. Se hizo pequeño, asustado, inconcreto y perezoso de volver a coger el arma. Pero qué hacía aquella pistola allí si él nunca había visto una de cerca.

El sonido del rebaño le llego de manera clara. El macho cabrío llevaba siempre un cencerro de lo más grande que había visto. Siempre pensó que el pastor era un poco masoquista porque hacer cargar a ese animal con aquel cencerro que le impedía hasta correr era una crueldad, pero le llegó también, nítidamente.

Estaba de espaldas a la cueva, pero oía perfectamente todos los sonidos que se practicaban fuera, por ello comenzó a sonar uno que le era completamente familiar; era como un zumbido característico. Era el zumbido de una onda cuando se prepara para el tiro.

Se volvió, pero ya era tarde y lo único que acertó a ver era como el astor soltaba una de las partes de la onda y la piedra, de grandes dimensiones se le vino encima. Le dio en plena frente y no sintió nada más. Cayó muerto encima de las brasas que se apagaron con su peso. No pudo ni siquiera pensar, del porqué había muerto. Sólo, tumbado y loco se quedó para siempre.

El pastor salió de la cueva y comenzó a llamar a voces a los que ya se preparaban para buscar a Rosa, y aquellos aspavientos y gritos hicieron que llegaran allí la mayoría de los buscadores, las autoridades, y los niños que pululaban, de manera que enseguida se hicieron cargo de todo el asunto y pronto lo vieron claro.

El loco de la cueva, había raptado a Rosa, el novio, de aguna forma, se había enterado de todo y había ido a rescatarla y el loco los había matado a los dos; más tarde el pastor había pasado por allí, y haciendo uso de su onda había hecho justicia con lo que todo quedaba resuelto en el mismo momento de producirse.

En el pequeño pueblo de la montaña se oía por doquier la historia del loco de la cueva, y no podían dar crédito a lo que hizo este hombre que nunca se metía con nadie. Nadie podría comprender cómo se había hecho con una pistola.

La autopsía reveló que Rosa estaba embarazada, pero el niño no fue viable por el impacto  que la madre dio contra el suelo al caer por encima de la cueva, por lo que todo el mundo dio por hecho que la criatura era del novio  y que por desgracia había muerto junto a sus progenitores, pero lo que nunca dijeron los investigadores es que el adn del niño no se correspondía con el del novio, si no que era desconocido por lo que el cierre del expediente fue provisional a la espera de nuevas actuaciones que pudieran echar alguna luz sobre quién pudiera ser el padre de esa nonnato muerto.

Mientras tanto, el pastor, el cabrero, daba las gracias a todos los habitantes que le felicitaban por haber hecho justicia y haber resuelto el caso con la mejor de sus habilidades. La honda se convirtió en un mito y  el Ayuntamiento decidió poner Honda como el nombre de una calle, y en las misas diarias se daba las gracias por tener a un vecino que no dudó en jugarse la vida enfrentándose a un loco que ademas era un doble asesino.

Entre tanto, la mujer del cabrero, hembra también de lo más hermoso, había dado a luz un niño que si le hubiesen puesto un bigote a lo Clark Gable, habría sido una copia perfecta de aquel otro que murió en la cueva la noche de autos.

En los siguientes dias y en las noches de tormenta, cuando los rayos y los truenos hacen su  entrada en la atmósfera, el pastor abre sus capachas y mira con ojos lacrimosos una foto de Rosa lanzándole un beso con la mano extendida.

Los fenómenos atmosféricos, testigos mudos de la tragedia, nunca dirán la verdad, porque la verdad nunca es lo que parece.

 

 

Ray Niebla