EL PRESIDENTE Ray Niebla.

EL PRESIDENTE por     Ray Niebla.

 

La casa está situada en uno de los enclaves de mayor riqueza material que existe en el término norte de la ciudad. Su lujosa decoración está emparentada con los más modernos diseños que  nunca pudo soñar su propietario, que partiendo de una familia humilde, su  ambición y su  egotismo le había llevado a la presidencia de un gobierno de la nación, pero que poco a poco y, dada la prepotencia del inquilino, se fue diluyendo en su propia materia y al final se quedó en nada.

 

El salón, decorado con ricas maderas nobles, e insertado en sus vetas, un equipo de música que hace parecer que la envoltura de ella es totalmente natural, haciendo que te sientas como si de verdad formaras parte de esa música y nacieras con ella.

En un sillón de cómodas texturas se sienta el expresidente de la nación que fue, y escucha obnubilado a Wagner: La cabalgata de las Valquirias, tercer acto de la Valquiria, de la obra El Anillo de los Nibelungos de Richard Wagner. Y Brunilda, el personaje central, se le presenta innata, incólume de belleza, pero su mente la transforma en algo horrible, sucio y con la corporeidad real en la otra parte del salón. Está en esa fase de muerte real sin apenas morir.

El miedo se incorpora a la realidad creada por el expresidente que da un respingo e intenta recobrar la serenidad, adaptando su mente a la nueva realidad que lo contagia. A la cabeza le viene el pensamiento de Jung: "lo que temes lo tienes, y lo que se asumes te transforma" Se tranquiliza y ve que los sueños son, a veces, una rémora.

Por los ventanales la luz rojiza del atardecer lo convierte en un fantasma de sí mismo que no logra entenderse. Lo ha tenido todo, ha sido el más audaz entre los audaces y, ha asumido riesgos que nadie  hubiera asumido, pero ahora se encuentra solo en su soledad. Tan solo, que no sabe discernir entre la cómoda soledad y el disfrute de ella, con la tremenda decrepitud mental que supone sentirse solo, y el aburrimiento que por la ausencia de poder lo ha transformado.

Ya no suena el teléfono como antes; ya no tiene las visitas de antes, ya no es quién era antes; nadie viene a postrarse a sus pies para pedirle favores y toda su autenticidad, que creía no iba a perder nunca, se ha convertido en una falsedad de sí mismo.  Su retiro dorado no le crea nada más que dificultades,  le parece que está cambiando hasta su estructura mental. Tiene la sensación de que se está volviendo loco. Pero no, nunca caerá en esta falta de voluntad contra sí mismo; nunca estará en el aquelarre de sus enemigos y sólo tiene que hacer lo que tiene que hacer: vengarse de todos aquellos que tanto mal le hicieron.

Ya ha tenido la experiencia y ha sido gratificante, y allí, en el monte, donde ni los cuervos podrían verificar su existencia se pudre desde varias semanas el cadáver de uno de sus antiguos amigos que le dio la espalda en cuanto perdió el poder. Fue fácil, sólo hay que manipular la mente de tu enemigo y traerlo a tu redil y entonces asestarle la puñalada maestra. Nunca comprenderá cómo hay gente que  puede volver a pensar de manera distinta a como lo hacía en otras circunstancias más interesadas. Así que nada mejor que la dedicación  a extraer lo mejor de él y lo peor de sus enemigos. Además quién iba a sospechar de un expresidente.

Se fue a la ducha y cuando fue a vestirse, se dio cuenta que le faltaba una moneda del siglo pasado que se apropió de ella en una de las visitas al Banco Central del país, y un nudo en la garganta le impidió tragar. Seguro que se me cayó en el enterramiento del mal nacido que me la ha jugado. Tengo que recuperarla porque  la Policía es una malnacida que se entromete en todo y saca las cosas de quicio hasta la exasperación. Todo lo revuelve, todo lo entresaca, todo lo mira y todo lo pone partas arriba hasta que se quedan tranquilos. Son unos malditos cotillas que no le dejan a uno en paz.

Preparó todas las herramientas para volver al sitio donde lo había enterrado y entonces llamaron al timbre, y en ese momento vio la moneda tirada en el suelo del cuarto de baño, lo que le dio  la tranquilidad que el timbrazo le había arrebatado. Ya no tendría que arriesgarse a ir al monte y llenarse las manos de barro. Y recordando esto se sintió atrapado en una  fase de otorgamiento mental que le hizo disfrutar un montón. Aún tenía el poder; de otra manera, pero poder al fin y al cabo.

El servicio, había dejado la mansión, dada la hora que era, y no le quedó más remedio que ir a abrir él.  Y allí, en la puerta de madera noble, uno de los policías que le custodiaban, porque tenía derecho a ello, le espetó: "señor en la sala de visitas le espera su exmujer, quiere que le diga algo, alguna disculpa". Sí, pensó, dígale a esa puta se vaya a la mierda, pero no lo hizo, no supo porqué después que esa mujer le hubiera llamado psicópata un montón de veces, lo hubiera humillado otras tantas e intentando ridiculizarlo a la menor ocasión. Debería haberla ahogado en la bañera cuando podía hacerlo, sin que nadie se inmiscuyera en sus acciones, buenas o malas. Era el Presidente y siempre había alguien que limpiaba el escenario de su vida.

Su mujer, era psiquiatra y trabajaba todavía en uno de los hospitales más famosos de la ciudad. Cuando entró vio a su ex, sentada en uno de aquellos sillones blancos, que tantos recuerdos le traían con sus amantes; se acercó  y al momento estaban los dos enfrentando sus miradas allí, en la pequeña sala de visitas; se miraban como auténticos enemigos. La mujer lucía un traje de pantalón ancho, negro y de muy mal gusto, según él, y una chaquetilla torera beige. Él, aún con la bata de la ducha. En tono irónico, ella le preguntó: "¿qué ya has recuperado las neuronas espejo?

Ya estás con tus gilipolleces de enterada por ese  trato diario con  los que están como cencerros. No ves que a mí ya no me hacen daño tus invectivas, ni tus necedades, porque yo estoy muy por encima de ti, que sólo eres una pedorra con ínfulas de sabihonda. ¿Qué coño  quieres a estas horas? ¿Te ha dejado el querido ese que no sabe ni follar en condiciones?

La mujer lo miraba con lástima y eso lo encendía más, y a punto estuvo de darle con el puño en la boca, pero se contuvo dado que los policías de la escolta estaban muy cerca y verían y oirían todo el follón.

Con parsimonia la mujer abrió el bolso y extrajo de él una corbata ennegrecida por el barro seco y cuyos colores casi habían desaparecido, y al verla, el presidente enmudeció y su cara se tornó amarilla como la cera, como aquella  cara que había dejado enterrada en el monte. La mujer lo disfrutó y le  conminó a sentarse. Qué bajo has caído, tú con una pala. ¡¡Inaudito!!

La boca seca, los ojos turbios, la nariz con las aletas abiertas de par en par. Era la señal de peligro, aquella  señal que siempre le había sacado de  situaciones angustiosas o peligrosas, y allí estaba otra vez, cara a cara con aquella furcia falsa e inteligente que lo había amargado durante años. Si presentaba esa corbata es que sabía lo qué había hecho y el lugar del enterramiento, y todo su plan se habría ido al carajo, así que pensó: no me queda más remedio que hacerla desaparecer. No me queda más remedio que matarla a ella también. Cambió su estrategia para controlar la situación y  hacer que los dos salieran juntos de allí, que todo el mundo los viera, y luego se las arreglaría para cumplimentar el plan  que estaba fraguando a marchas forzadas. Tenía que salirle bien. El estaba seguro de sí mismo, nunca se había fallado, nunca había dado un paso atrás y ahora que todos lo habían abandonado esta  mujer no le iba a complicar la vida. No se lo creía ni ella.

Pero aquella elegante mujer de pelo corto, casi blanco, ya por el tiempo, le espetó: No te hagas ilusiones, te conozco  más que tú mismo, y de aquí no vamos a salir juntos. Yo saldré sola y tú te avendrás a mi solicitud, si no ya sabes, te vas a pasar toda la vida que te resta en el trullo.

¿Qué es lo que quieres querida? No te ha bastado que te llevaras casi todo lo que tenía que ahora también quieres algo más. Le decía a  la mujer mientras se acercaba a la mesita que adornaba la estancia donde sabía que los escoltas guardaban alguna pistola por si en una emergencia les hiciera falta. Nunca se sabían los enemigos de un presidente ni sus estrategias, pero la mujer metió la mano en su bolso y sacó una nueve milímetros, y le dijo: ¿buscas esto?

Se quedó parado en seco. Tuvo que reconocer la inteligencia de aquella mujer. El primer plan no le había dado resultado y su ex, como siempre,  se había adelantado. Ahora, nuevamente comprobaba que lo seguía siendo. Se lo dijo y volvió a sentarse. Pues tú dirás.

Mira, te voy a contar una historia. Resulta que la Serendipia es un misterio, porque se hacen descubrimientos cuando se buscan otros, y eso les pasó a unos doctores que buscaban el comportamiento de algunas neuronas especificas y descubrieron las neuronas espejo. ¿Que qué son? Pues aquellas que están situadas en el lóbulo inferior y en lóbulo parietal y sirven para la empatía, la bondad, la imitación de buenos gestos, es decir las neuronas ligadas a la vida social.

¡Y a mí qué me cuentas todas esas mierdas! ¡Qué me importan a mí los descubrimientos de cuatro locos de laboratorio que gastan el tiempo y el dinero en gilipolleces! ¡¡Lárgate de aquí de una vez si no quieres que llame a la guardia!!

Tranquilo hombre, le dijo la doctora. Esas neuronas tu ya no las tienes, porque algunas personas como tú las pierden cuando se llega al poder y, se pierde de vista aquello por lo que has llegado y claro, sientes que te falta algo, que te falta todo aquello que tuviste: poder, y por eso lo debes buscar a cualquier precio, sí, a cualquier precio,  y esto es lo que te pasa a ti y a muchos como tú. En el fondo os convertís en unos locos antisociales y no válidos para estar en sociedad, por ello hay que eliminaros, porque si no haríais mucho mal. Porque lo malo de todo esto es que esas neuronas ya no se recuperan, se suicidan al no entender  la razón de que no lleven a cabo la función para lo que se crearon.

Y vas a ser tú la que me elimines. Y una carcajada sonora, espeluznante se oyó en toda la estancia.

No, yo no puedo hacer eso, pero si eliminaré todo aquel resquicio de maldad que tienes, y para ello has de convertirte en un alto ejecutivo de alguna multinacional, y con todo el dinero que percibas lo destinarás a buenas acciones que coordinaré yo, como tu secretaria particular. Con esta simple medida, extraña, lo sé,  repararás todo el daño que hiciste y que estás haciendo, porque sé que no sólo has matado a  mi querido compañero, si no que estás dejando un rastro de enemigos muertos o desahuciados que ya clama al cielo, pero estás protegido porque sabes muchos secretos y eso hay que pararlo.

La mujer cogió la pistola que, estaba encima  de un cojín del sillón que había al lado de ella, cuando vio que el presidente se levantaba y se le acercaba, le espetó: no te muevas si no quieres que te pegue un tiro, aunque después vaya a la cárcel, pero en esta tarde de sólido invierno no vas a hacer que yo caiga como han caído todos tus enemigos. Te conozco y sé de tu maldad, y también sé que el mal existe y tú eres la prueba viviente, por tanto, estoy decidida a dar el asalto final, porque se lo debo a tanta gente que no me queda otra opción.

Vaya, vaya, qué bonito discurso. Así que tú sí tienes esas neuronas espejo de las que me hablas, y las tienes incólumes, intactas; están tan intactas que nunca las has utilizado, porque también tú estás tan sola como yo. ¿No es cierto, que te quejas  de tu aburrimiento?

Sí, claro que estoy aburrida, pero de ver como siempre sois vosotros, siempre los mismos los que mandáis, los que tenéis todo el poder, los que os aprovecháis de todo, los que os importa un bledo la gente que os sigue, que os adora porque no ve vuestra maldad. Claro que estoy aburrida de ser siempre la ex, la primera dama que no pinta una mierda, la mujer de, la que traga carros y carretas por el bien de  la nación, del estado. Todo una mierda tan grande que ya no me cabe en el alma, y esta posición de ex primera dama me da la opción de mandarte al infierno, ya que los que te encumbraron no tienen redaños para hacerlo, porque saben que reaccionarías como un león enjaulado  y temen tu maldad.

El presidente, en un momento determinado levantó las manos en señal de rendición y a ella le pareció, intuyó, que algo raro estaba ocurriendo.

En uno de los cristales de la vitrina, que se situaba a las espaldas de la mujer, el presidente estaba viendo, como si fuera un espejo, a uno de los policías que asomaba la cabeza por la ventana y abría muy despacio la corredera de cristal e introducía por la abertura, el cañón de su pistola. Momento en que el presidente aprovechó para levantar las manos y suplicar a su ex,  que no le disparara, que no le matara, pero fue tarde, y sin notarlo apenas, sonó un disparo en la salita y la mujer de pantalón negro cayó muerta de un impacto en plena frente. El policía había sido certero.

Los dos policías que lo custodiaban entraron en tropel y lo apartaron del cuerpo que ya sin vida, yacía en el suelo con los ojos muy abiertos. Ojos de estupor porque nunca hubiera imaginado que las cosas fueran a suceder así, porque ella tenía la razón y porque la vida ayuda a quien ayuda a la vida, pero una vez más se equivocó, pues sólo creas futuros si los imaginas, sean buenos o malos, y nunca imaginó crear uno a su medida.

Los dos policías fueron condecorados, fueron agasajados por su buen hacer y por su labor como miembros de una Institución que raramente se equivoca, por su preparación y porque siempre es necesario empuñar un arma cuando se trata de defender a los padres de la nación.

Al expresidente, a pesar de ya tener  cargos en las Instituciones del estado, se le abrieron de par en par los Consejos de Administración de algunas empresas con lo que su poder para administrar su mal se multiplicó por cuatro, y en uno de ellos, cuando todos estaban reunidos dándole parabienes, una sonrisa malévola se inició en sus labios, entreabiertos, carnosos, hidratados y sus ojos no parpadearon; sólo se fijaron en el Director General de esa Compañía que alguna vez le llevó la contraria.

 

Ray Niebla.