Idoia.- o, el ojo por ojo Por: Ray Niebla.

Idoia.- o,  el ojo por ojo

Por:  Ray Niebla.

El cuchillo silbó en el aire con ese sonido característico del arma blanca cuando corta el aire, y se clavó justo en el centro de la diana.

En la parte alta del caserío, situado  al norte de Amurrio, localidad alavesa, y en la falda verde y rocosa del monte Tologorri, Idoia, entretenía su tiempo con una afición que nunca supo de dónde le venía y que tantos disgustos le costó con su padre. Cada vez que la veía con un arma blanca o con un trozo de hierro afilado lanzarlo lejos, muy lejos, y con una puntería que  dejaba errada al mejor lanzador, le aprestaba una bronca de mil diablos. Nunca supo porqué  le sentaba tan mal que practicara aquella virtud cuando vivían en el campo, lejos de los habitantes del pueblo, sin peligro para nadie.

Ahora, su padre había muerto y sólo estaban en la casa, además de los animales que les daban casi todo el sustento, su madre, una mujer débil de carácter, y débil de cuerpo que vivía ensimismada en un mundo que no entendía, angustiada por las idas y venidas de sus dos hijos que nunca estaban con ellos, y que nadie sabía a qué se dedicaban.  Era el lógico destino de una sociedad labriega y desamparada.

A Idoia le daba igual. Sus hermanos que hiciesen lo que quisieran, aunque lo único a lo que se dedicaban era a seguir hablando de la Gran Euzkalerria, con las cuadrillas, esos grupos antiguos, ancestrales que no evolucionaban ni a patadas y que pasaban las horas haciendo el burro o hinchándose de chacolí, pero ella no saldría del caserío. Nunca le habían hecho mella todas esas argumentaciones de supremacía que se hablaban a todas horas en todos los sitios.

Total para qué, para ver a la gente del pueblo siempre hablando de lo mismo: los vascos, eran una raza superior. Los vascos, tenían mayor iniciativa que el más preparado de los mortales. Los vascos, eran superiores en inteligencia y en  humanidad. Los vascos en fin, se merecían todo lo que no les daba el gobierno central, y que le hurtaba cada día, justificando así todo el pasado de sangre que tenían a sus espaldas. Y así seguían después de que hubieran pasado muchos años desde que  la más terrorífica de las bandas asesinas hubiera, supuestamente, dejado las armas.  No merecía la pena hablar con esta gente que no entendía nada del mundo, del mundo de verdad, a pesar de ser  de pura cepa, como decía su padre.

Dejó el cuchillo clavado en el tarugo que servía para deshuesar a los animales que comían  y se dirigió a la casa, percatándose  que el cielo amenazaba lluvia y en esa zona las tormentas solían ser muy fuertes, así que, antes de pasar, cerró bien todas las puertas de los habitáculos donde estaban los animales.

Sin saber muy bien lo que hacía, subió a la buhardilla, y en la escalera vio, de pasada, propaganda que días antes de morir su padre había traído del pueblo, y versaba  sobre los museos que tenían aquel pueblo del país vasco. Se plantó en medio de la estancia,  esa habitación a dos  aguas, y la miró como si nunca la hubiera visto, y a decir verdad así era porque su padre ponía muchas pegas, ya que  consideraba que era un sitio personal  donde pasaba muchas horas y no le gustaba que lo perturbasen.

Se fijó en una vieja maleta que asomaba por entre unas viejas alfombras, guardadas allí durante años y la sacó. La abrió y en ella se encontró cosas personales de su padre que hacía muchos años que no veía, y algunas que nunca había visto. Estaban colocadas como si supiera que algún día su hija las iba a buscar, pero lo que destacaba, por ser inusual en su padre, era un manuscrito que gastado por el uso, asomaba, por entre todos los cachivaches.

Lo abrió por la primera página y leyó «reflexiones deslavazadas» su cara cambió, pero siguió leyendo, extrañada de que su padre hubiera escrito aquello, pues era un hombre que apenas leía y que menos escribía: «Comienzo este manuscrito, porque no puedo soportar por más tiempo la  violencia de esta sociedad en la que vivo; la ausencia de valores morales para con los demás seres humanos y las matanzas que se vienen haciendo…»

Se quedó parada, blanca.  ¡No se lo podía creer! Su padre que siempre había sido un gudari, un aberzale radical, con las miras puestas en la Gran Nación a la que pertenecían, ahora veía con estupor que no era así. Siguió leyendo algunas páginas más adelante: «…es poco menos que imposible estar con la cuadrilla y no hablar de otra cosa que de matar  a todo aquel que no se pliegue a nuestras decisiones, a nuestro pensamientos de poder. Es imposible, es algo que parece estar en nuestro ADN, que no podemos desembarazarnos de ello y a mí me causa un malestar tan grandioso que creo que a veces voy a vomitar, pero es imposible…verían mi debilidad y me apartarían como un traidor…»

«no entienden, no entienden…la vida no es esto…»

Siguió adelante y vio una lista de nombres que le llamó mucho la atención:

Peio el Viejo, etarra, traficante de armas y que actuaba como ministro de asuntos exteriores de Eta, y asesino  de mi amigo el alcalde de Gáldacano Víctor Legorburu Ibarreche…Fue insoportable ver su muerte por  intentar ser un hombre de bien…nadie le ayudó y yo tampoco… soy un cobarde…»

El Pirulo, etarra y miembro del comando Barazta, un delincuente habitual,  detenido por orden del juez francés Gilles, que  se suicida a las pocas horas de ser detenido…él sí fue un cobarde…

Quincoces, miembro etarra y secuestrador del industrial Huarte; un descerebrado, loco,  de una  mente asesina. Menos mal que fue detenido, pero por poco tiempo detenido y cuando salió se dedicó a hacer y producir cine sin que nadie, nadie le dijera esta boca es mía. Todos fuimos a ver sus mierdas…

El cura de Lazcano Sarasola, colaborador y admirador de etarras; autor de escritos como: “El término democracia quedó corrompido desde el principio. Hoy sigue habiendo muchos esclavos en el mundo y los vascos seríamos como aquellos esclavos si no hiciéramos frente a la vulneración que nos quieren imponer desde Madrid.” (Si no les hiciéramos frente seríamos como los esclavos)»… o autor de aquellas otras  palabras: «Rezo por todos los miembros de ETA. Me resulta enormemente gratificante hacer tal cosa».

Lo conocía, era un viejo altivo y rencoroso que ahora presumía de haber sido un profesor en no sé cuántas universidades. El clero vasco siempre tan solidario con sus intereses.

Y así una larga lista de criminales, que según decía su padre, se sentían muy orgullosos de sus gestas, matando a otros seres humanos en virtud de no sabía muy bien  qué reivincaban, pero que él mismo había colaborado, del alguna manera, durante tantos años, con su silencio, y por lo tanto se sentía cómplice necesario para todo este disparate. Sólo antes de morir tuvo acceso al secreto mejor guardado que las autoridades del Partido Gobernante escondían, porque  hubiera sido  un golpe bajo para todos los habitantes del país vasco.

Dejó el manuscrito y comenzó a comprender algunas cosas que  no  entendía, que nunca había entendido, pero que las había asumido porque tocaba, porque todo el mundo las decía, porque todo el mundo estuvo y aún estaba en ello.

Ella no era como su padre. Algo fluía en su interior que no la dejaba vivir. Con ella llevaba la violencia ancestral, encarnada en los cuchillos. En ella se perpetuaba la negra y macabra agresividad que tan característica era en algunos de los pobladores de esa zona. Veía con claridad que la violencia era una forma de entender la vida de mucha gente y comenzó a pensar si no habría alguna razón física, genética que los condujera por esta senda. Su padre y su madre, sobre todo su padre, siempre le habían inculcado la lucha por la patria vasca, pero ella no las tenía todas consigo, pues veía manipulación y mentiras en todo ello, pero su naturaleza la empujaba a entrenar todo el dia con los cuchillos.

Se hizo una promesa: si esto era así, tendría que emplear sus conocimientos de lanzadora para actuar, pero con otra perspectiva. Sería con el ojo por ojo, y ahora sí, sería una asesina, porque lo llevaba en la sangre, pero sólo sería para delvolver los golpes a todos aquellos que tanta sangre inocente  habían  derramado por el mero hecho de matar, y que tanto dolor le había causado a su padre, y seguramente a otros como su padre. Pensó en su madre, porqué estaba así, medio ida, medio lela, y lo tuvo claro. Y cuando pensó en matar se le heló la sangre en las venas.

 

¡Matar gente! ¡Qué maravilla! Se completaba en ella esa desazón que nunca entendió y que se calmaba cuando  lanzaba sus hierros, sólo que ahora era justificable. El fin justificaba los medios. Sería la venganza de los inocentes, y eso paliaría la maldad del asesinato. Estaba en la Biblia, no podía ser tan malo. La justicia se debe aplicar con los mismos medios con  que se produce. Quien a hierro mata a hierro muere.

Hacía ya muchos años que habían remontado las matanzas de Eta, pero seguían con las violencias callejeras que habían convertido  a aquella zona en lo que era ahora: un paraíso gobernado por demonios. Una tierra glorificada por un clima y una orografía verdaderamente única; sus  verdes colinas, sus prados verdinegros, ciudades que pedían ser de paz porque así lo anunciaba el cielo todos los días, pero no, el infierno los salpicaba y ahora, ella convertiría en más infierno a todos aquellos que descendían de aquellos otros que se permitieron la vileza de matar por matar. La matanza de los inocentes, así sería; la historia debe repetirse porque así lo mandan los cánones.

Dispuso su plan que no sería muy complejo, sólo identificar a los descendientes de aquellos asesinos, y  aquéllos que todavía vivieran y hacerles pagar el mal, porque el mal con mal se paga. Nunca creyó que el bien acabara con el mal, nunca, eso era una añagaza de los curas y los políticos para hacer de los pueblos sus esclavos,  y hacer con ellos lo mismo que hicieron sus antecesores. Morirían sin saber porqué lo hacían, y por ello mismo la venganza sería más placentera. No importaban sus vidas ni sus familias, no importaba que el hueco que dejaban acabara matando a sus padres, hermanas, o cónyuges, con la manera más cruel de hacerlo, de dolor. Todo esto no importaba como no importó hacía ya un montón años, y el primero que pagó fue el hermano pequeño, ya  viejo, de aquel otro cura, que llevaba dos pistolas debajo de la sotana, para matar seres humanos, y que cayó muerto en un enfrentamiento con la Policía. Ahora debería estar en los putos infiernos, quemándose y quemándose sin parar.

Cura como había sido su hermano, Don Pedro, daba la misa en un pueblo cercano a Amurrio. En Larimbe, en la Iglesia de Santiago;  un edificio de piedra alto y serio, pequeñito y con un Koro bien situado, no muy  lejano del altar mayor, y desde allí Idoa lanzó su cuchillo que se clavó en el pecho del cura cuando éste levantaba la copa y pronunciaba las palabras, «Este es el cáliz de mi sangre…»

«Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros… Así pensaba Idoa cuando bajaba por las estrechas escaleras y se escondía en la capillita que tenía el acceso a ellas. Nadie supo de dónde vino el cuchillo ni como se pudo clavar en el pecho de un sacerdote, pero así fue y las gentes llenas de miedo e histéricas, cobardes en su naturaleza de masas, por aquel hecho, salían disparatadas sin mirar por donde había venido el ataque y eso fue aprovechado por Idoa para salir con  el gentío, y nadie supo jamás qué había pasado.

Se fue directamente al caserío y alimentando a los animales y haciendo las labores que requerían su limpieza, se sintió bien, y una sonrisa acudió a su rostro mientras las nubes negras la miraban y dejaban caer sus lágrimas  por la prisión que los seres humanos nos damos a nosotros mismos.

Esta sería la primera de las venganzas que  traerían la paz a su padre que había sufrido durante toda su vida la vileza de un ensañamiento mental, una ingeniería social, que lo había conducido por la calle de la amargura durante toda su vida.

Aún le quedaba saber, descubrir, cuál era el secreto ese que su padre no desvelaba sobre las actitudes de muchos vascos ante la violencia. Presuponía lo que podría ser, pero no se atrevía a vocalizarlo porque seguramente no sería así, pero ella era la prueba más reveladora de todo aquello.

Siguió su macabra venganza y cuando ya llevaba veintitrés muertes, y tenía a la policía desorientada; porque no se enteraban de nada. Al fin y al cabo era una policía política y poco sabían de homicidios o asesinatos y menos podían pensar que se trataba de uno de los suyos. Pensó en el trabajo que le había costado asesinar al nieto de uno de aquellos criminales que había matado a más de veinte personas y que había estado en la cárcel quince años, aunque cuando salió un cáncer de páncreas lo mató entre horribles dolores. Un niño de doce años que cayó muerto en la puerta de su caserío cuando un hierro de Idoia se le clavó en la garganta y lo dejo en un mar de sangre.

Sí, le costó trabajo, pero era su  finalidad y con ella hacía lo que tenía que hacer, por ello siguió con sus animales, y cuando acabó de dejarlos limpios y preparó la comida para su madre y ella, subió de nuevo a la buhardilla y se sentó en un viejo sillón con el manuscrito en las piernas. Aquel viejo  manuscrito debía tener, al menos quinientas o seiscientas páginas, aunque no estaba numerado.

Leyó: «Lo siento por mis niños que están viendo cosas que no les llevarán nada más que a la infelicidad, pero parece ser que es nuestro destino…he ojeado hoy un poco la historia de este pueblo antiguo y me he dado cuenta que desde mucho antes de las guerra de los Bandos o de las Banderías como se conocía aquellas guerras de todos contra todos: nobles contra nobles, burgueses contra populacho, populacho contra  pequeños comerciantes…hasta ahora mismo, pasando por la guerras carlistas donde de una manera imbécil defendíamos absurdos reyes, o las propias guerras entre vecinos, matándonos unos a otros por un centímetro de tierra,  hemos sigo unos burdos violentos, iracundos y salvajes como nadie puede sospechar y así seguimos. Nuestra evolución parece que no es posible…»

Idoia fue ojeando despacio, ensimismada en estas reflexiones y se encontró con cuatro o cinco folios doblados y ya amarillos. Los desdobló y leyó: Informe del doctor Alfred Malet Olabarría, cirujano y genetista de origen francés, que trabaja como interno en el hospital Sagrado Corazón de Alava:

«Después de haber analizado y observado durante años, a través de análisis de sangre, humoral y otras pruebas analíticas, de ciudadanos vascos, sin que ellos supieran que se estaba haciendo,  cuyos ancestros se remontan a la más entera antigüedad, pues esa era la primera cuestión a tener en cuenta,  hemos llegado a la conclusión de que el sesenta por ciento de estas personas tiene el gen de la violencia. Un gen, que al parecer inhibe la producción de dopamina y exaspera la producción de antagonistas como la adrenalina que les empuja a la violencia. Cierto es que no todos acabarán matando a personas, pero un porcentaje alto puede que así lo hagan…

El informe seguía desgranando datos médicos de toda índole que justificaban esa apreciación,  y al final se remitía al gobierno vasco.

Conoció a este doctor porque la gente hablaba de él como un obsesionado por la seguridad. Al parecer su casa de Vitoria era un fuerte y de noche aún más. Cuando murió su casa fue demolida, sin que nadie supiera las causas pues estaba en perfecto estado y todavía sigue el solar allí, sin construir nada.

Aquello le demostraba lo que ya intuía, pero no le dio importancia, porque ya había asumido su destino y no podía ir contra él. A ella le había tocado, pero al menos lo haría en bien de la humanidad, no de cuatro políticos listos que se aprovechaban de esa debilidad para sus oscuros intereses.

Se hizo la noche y ya había localizado a otro viejo, viejísimo terrorista que vivía medio escondido en una cabaña al sur de los Pirineos navarros y casi nunca salía a las ciudades; se comportaba como un  auténtico ermitaño. Lo esperó escondida entre los árboles que rodeaban aquel escondite, y no hubo de hacerlo mucho tiempo. El asesino de mujeres y niños tenía la costumbre de sentarse a la puerta de la cabaña, al anochecer y allí cerraba los ojos y fumaba, fumaba sin parar. Idoia lo observó un rato y no se atrevió a pensar si este individuo, gastado ya por el tiempo, porque su tez era la de un viejo decrepito y arrugado como una manzana podrida, pensaría alguna vez en sus víctimas o se arrepintió de sus muchos asesinatos, pero se encogió de hombros y preparó su cuchillo. Qué le importaba a ella lo que este medio humano pensara o hiciera, con su muerte completaría el ciclo, sin darle tiempo a arrepentirse, por si acaso un dios bengino lo perdonaba.

Esta vez era un hierro sin corte, redondo, pero de una punta  afilada y de veinte centímetros de largo. Apuntó, lo lanzó y el hombre se quedó por el músculo esternocleidomastoideo atrapado en la puerta. Sus ojos petrificados y con el dolor en los labios, no sabía que estaba pasando. Idoia esperó. El hombre intentó desclavarse de la puerta, pero fue imposible, aquel hierro se había clavado con tal fuerza que era imposible. Iba a morir allí sin saber qué había pasado. Lo mismo que muchas de sus víctimas, que habían muerto sin saber por qué.

Salío de entre los árboles y se acercó al hombre que con un gesto de dolor intenso, preguntó quién  era ella, e Idoia le contestó casi en un murmullo: «el pasado siempre vuelve» «Yo soy el alma de todos tus muertos». Esperó y esperó para ver como aquel individuo, con su genética a cuestas de asesino irredento, conociera en sus propias carnes el dolor infringido de todas sus víctimas y le espetó en su cara, casi escupiéndole: «sabes lo que siento, que vivas solo y no  poder hacerte todavía más daño»

Cuando se cansó de ver los gestos de dolor y las lágrimas de súplica que asomaban entre las arrugas feas y negras de este ser de entidad humana difuminada, se alejó unos metros, sacó de la chaqueta, un pequeño cuchillo de corte afilado y brillante como lo que era, acero pulido de la mejor calidad, y dio media vuelta, un giro de ciento ochenta grados y lo lanzó al pecho del criminal que con el corazón partido en dos dejó la cabeza apoyada en el cuerpo como un muñeco de trapo. Idoia extrajo su obra maestra del cuerpo de este individuo, y se alejó volviendo a su caserío.

Mientras tanto, y a la vista de tanta muerte sin que nadie supiera cómo ni por qué se estaban cometiendo, los políticos de turno, sí se dieron cuenta que todos los asesinatos eran contra personas vinculadas de alguna manera con terroristas de hacía muchos años y se asustaron tanto, porque pensaron con razón que a alguno le tocaría de lleno,  que movilizaron a Roma y a Santiago para conocer quién o quiénes las estaban produciendo, pero su miopía absurda, les impedía pensar que podría ser uno de los suyos quien los estuviera perpetrando. Y comenzaron a caer victimas de su pasado.

Como siempre. El gobierno vasco, conocedor de la genética del pueblo que gobernaban, recurrió al mismo ardid de toda la vida. Deberían buscar un enemigo externo. Siempre dio resultado encauzar la violencia de aquel pueblo singular, contra un enemigo externo, tuviera o no razón de ser, pues lo que realmente importaban eran sus intereses particulares, los de esa raza superior, dentro de lo superiores que ya eran todos.

Siempre habría diferencia entre ellos, Los que tenía la alteracción genética y los que se aprovechaban de ella, y así estaban gobernando durante tantísimos años, pero ahora se encontraban en una disyuntiva cruel. A España ya no la podrían culpar porque eran independientes y contra Francia menos porque sabían cómo se las gastaban, además de que  ya España no podría ser santuario de asesinos como lo fue Francia, pues ya no era España, sino un montón de naciones, pequeñas, pobres y enfrentadas entre sí. Entonces habría que recurrir lo más fácil, a los más débiles, como siempre: las naciones limítrofes.  Y la campaña comenzó, activando otra vez, a todos estos hombres y mujeres que ponían su vida al servicio de los políticos que les daban lo que querían; adrenalina y satisfacción sangrienta, proclamando la anexión de Asturias y Cantabria, porque sus derechos ancestrales de historia y de asentamiento, aludían que ellos eran los artífices, los primeros que encontraron esas tierras y las defendieron con su vida;  que ni los iberos, ni los romanos ni los moros y  una cantidad absurda de pueblos inventados, hubieran conseguido hacer de aquellas tierras sus fincas particulares. Sólo los Agotes y  Vascones, habrían hecho todo el trabajo

Otra vez la historia, falseada, otra vez las razones manipuladas y otra vez la asunción de hombres y mujeres a empuñar las armas y causar dolor, solo porque los que sabían de eso los llamaban al sacrosanto oficio de matar para defender su patria. Una patria que sólo defendía intereses de una etnia dentro de un pueblo sometido de verdad.

Pero todo les salió mal, porque no sólo Idoia siguió con su venganza, sino que, ahora, se le añadirían otros desconocidos, con otros medios, como la lanzada, el arco o la ballesta, y en más de una puerta de caseríos o incluso en el centro de las ciudades, aparecían clavados, ensartados con grandes lanzas, algunos mafiosos, traficantes de droga, asesinos aun no descubiertos de aquellos asesinatos que no tenía autor, y ya comenzaban a caer los descendientes de aquellos políticos que alentaron tantos asesinatos, y todo en silencio. Las bombas y los tiros en la nuca no hacían ruido nada más que en el exterior del País Vasco, pero dentro, todo sucedía en el mayor y absoluto silencio. Y nadie habló, nadie vio, nadie conoció, sólo la cobardía se instaló de nuevo en un pueblo que con los medios más fáciles y con la intención más sana sería o hubiera podido ser, un paraíso. En las homilías los curas vascos, sacaron toda su artillería culpando a todos menos a ellos de sus miserias morales. De nuevo el demonio de las no creencias se hacía eco en las iglesias. La historia se volvía a repetir

Otra vez la locura del ser humano se ponía de manifiesto, y los que mandaban, en vez de buscar otras soluciones que no fueran las de siempre, recurrían a lo mismo, cuando  en el ser humano  concurren, siempre,  saberes y soluciones que nada tienen que ver con la violencia, aunque ésta sea genética, porque la genética no es, para nada insalvable, pero claro para eso tenían que estar en el poder aquellos que no tuvieran la alteración genética, y dejar de ser entidades poco humanas, y con la asunción de que a esos que sí la tenían, había que protegerlos de sí mismos, y eso era algo que se hacía imposible porque éstos, en virtud del sacrosanto honor de su estirpe, nunca lo consentirían.

Idoia sonrió enigmáticamente y siguió preparando en el yunque sus queridos cuchillos.

 

Ray Niebla.