María Ray Niebla

María

 Ray Niebla

María, aficionada a las artes marciales, desde que su padre, tercer dan de karate, con ocho años, la había llevado un día al gimnasio donde entrenaba, recogía todas sus pertenencias y las metía en la bolsa donde guardaba su uniforme y su cinturón negro de este arte marcial, que tan orgullosamente ostentaba cuando  iba a entrenar o tenía alguna competición. Sus manos era fuertes del entrenamiento en los sacos de arroz, y su pies tenían algún que otro callo que no le hacía lo más atractiva en los momentos íntimos, pero no le  causaba ningún problema; eran efectos secundarios.

Era invierno y en Madrid las diez de la noche, era ya noche cerrada. Lloviznaba y un frio polar lo inundaba todo, de manera que se puso el plumas, se embozó en el gorro de lana que le había hecho su madre y colgándose la bolsa al hombro salió del gimnasio, relajada y sonriente como siempre, en dirección a su casa.

El coche lo había dejado en un descampado que había cerca del gimnasio porque  en la calle nunca había aparcamiento y por eso lo dejaba allí. Había algunos charcos y pensando en que el ayuntamiento podía hacer allí un aparcamiento en condiciones para los vecinos, divisó su vehículo y sacó las llaves del bolsillo del chándal.

Cuando no le quedaban ni dos metros para llegar al coche, alguien la cogió por detrás, le pasó el brazo por el cuello, y pronto se dio cuenta de que perdía la vida. Unas décimas de segundo antes, le pareció que podría ser la broma de un amigo, pero ante la presión y la falta de aire, no le quedó más remedio que revolverse y utilizar sus conocimientos para defender su vida. Se dejó resbalar hacia el suelo, para intentar sustraerse a la llave de estrangulamiento que le estaban haciendo, pero fue imposible. El individuo que la sujetaba era fuerte y la había levantado los pies del suelo, con lo que su apoyo para dar un golpe o deshacerse de él le fue imposible.

María vio que la vida se le iba en un santiamén, y tuvo miedo. Era muy joven para morir así, sin saber porqué. Su filosofía oriental, ya no le sirvió,  le negaba la posibilidad de hacer lo que siempre quiso hacer: defender su vida y la de los demás, pero esta manera de morir no era justa, no estaba en sus planes.

Y no murió, porque el estrangulamiento, si sabe hacerse, lo único  que comporta es la pérdida de conocimiento de unos segundos. Los suficientes para robarte o para poca cosa más. Y en este caso, esos segundos sirvieron para inyectar una solución que  dejó a María completamente a merced de su agresor.

Y desapareció. Veinticuatro horas más tarde un dispositivo de búsqueda conformado por miembros de la  Policía Nacional, Guardia Civil y voluntarios, coordinado por el Inspector Bruma, que llevaba la investigación, recorrieron los parajes en los que se suponía podría haber estado María.

Su padre,  angustiado, pero entero, se puso en contacto con el Inspector, y le conminó a que  trabajaran juntos en todo esto. El se dedicaría a buscar a su hija desde el punto de vista civil: cartelería, fotos, prensa, televisión etc. Era un hombre muy activo y se defendía bien ante los medios, por lo que con las advertencias legales quedaron en ello. Mientras, la Policía haría su labor de  investigación penal.

El Inspector Bruma cotejó todo lo que tenía, que era más bien poco. El coche abierto de la desaparecida, unas huellas de zapatillas de deporte en el barro del número cuarenta y cuatro y otras del número treinta y siete. Un pequeño rastro  de desplazamiento de esas zapatillas del cuarenta y cuatro, hasta una parte del descampado y que por la profundidad de las mismas suponía que  fuera cargado con un peso, que podría ser un cuerpo. Y otras rodadas de un vehículo desconocido, bifurcado por otras ruedas de otros tantos vehículos que habían aparcado allí esa noche. La lluvia tampoco es que ayudara mucho.

Diez días de búsqueda, y la desesperación del padre de María iba en aumento. Sus visitas al Inspector de Policía hacía que éste, muchas veces desistiera recibirlo porque no sabía qué decirle, aunque lo tenía al tanto de sus pesquisas.

A los once días de la desaparición un camionero que había  parado a orinar en la cuneta de una carretera comarcal cerca de Cenicientos en Madrid, vio  un cuerpo abandonado en una hoya cercana, pero de difícil acceso, y llamó a la policía. Efectivamente era María.

Se montó el dispositivo de rescate y recogida de pruebas. El forense, después de hacer la autopsia, verificó que había sido drogada, violada y maltratada en todas sus acepciones. Quizá torturada para paliar los sentimientos sádicos de alguien, pues sus muñecas delataban que había estado atada. Era un crimen horrible, como todos, pero en este caso se habían ensañado con ella. Seguramente, por los dictados del forense, intentó defenderse y seguramente  al violado/secuestrador, debió de hacerle alguna herida pues tenía sangre en los brazos que no era suya, y también tenía debajo de las uñas trozos de piel, con lo que se deducía que había intentado defenderse, pero estaba claro que una mujer, por muchas artes marciales que supiera, ante la fortaleza muscular de un hombre no tenía nada que hacer y el resultado estaba ahí.

Se extrajo el ADN, de la piel y de la sangre y coincidían, con lo que estaba claro que había sido el mismo hombre, o persona, el autor de las heridas, pero

también había, varios tipos de semen en su vágina, por lo que la violación había sido en grupo; el problema era que no había en los bancos de datos de ADN, de las FFCC de Seguridad del Estado, ninguna entrada que pudiera ser comparada y cotejada que arrojara alguna luz sobre el presunto autor de los hechos.

El padre de María, aún destrozado por la suerte de su hija, no paraba  y andaba buscando entre las amistades que ella frecuentaba; el gimnasio, su trabajo en la panadería donde  hacía labores de  administración. Se movía desde la Comisaría hablando con Bruma, hasta hacer vigilancias en alguna vivienda que el inspector de pasada le había dicho que le resultaba sospechosa. Pero no sacaba nada en claro. La policía no le daba pistas, no le daba nada y su resquemor iba en aumento.

Las huellas de las ruedas de un vehículo aparcado en el punto donde se perdían las pisadas del número cuarenta y cuatro condujeron a Bruma a saber que eran de una furgoneta. Y más tarde por las averiguaciones de las gentes, vecinos, que vivían cerca del descampado llegaron a la conclusión que era una furgoneta blanca de una empresa de tapicerías, aunque nadie supo decirle el nombre de  dicha empresa. El tiempo lluvioso no ayudaba nada.

El padre de María, sin saber muy  bien por qué, frecuentaba el descampado donde su hija había sido secuestrada, y en una tarde de sol radiante, cuando la lluvia había dado una tregua, medio enterrado en el barro duro del solar, vio brillar en el suelo un crucifijo de pequeñísimas dimensiones, pero con unos labrados realmente peculiares. Tenía la cruz de Caravaca, una calavera, una escalera,  una copa, y algún otro signo más.

Se lo llevó  al Inspector que enseguida vio que era una cruz antigua de las mismas que empleaban los antiguos cristianos aunque ésta si llevaba el cuerpo del crucificado, y una calavera que significa "mementi morí" o sea que "también tú vas a morir", y algunos otros relieves,que tenían significados distintos, pero lo importante es que en una iglesia de un pueblo de Madrid, había una cruz de grandes dimensiones que esgrimían los mismos relieves y que por casualidad, Bruma en una de sus pesquisas, de otros casos, le había llamado la atención.

Se personó en la iglesia y habló con el párroco que muy atento; un hombre de unos cuarenta y cinco años, bien parecido y muy cuidado, le dijo que la cruz era conocida por todo el mundo, por ser una copia de la que hay en Jerusalén, pero que esa pequeña copia no sabía a quién correspondía.

Cuando ya se despedía del párroco, la mujer que hacía la limpieza en la iglesia le dijo al cura al pasar  por delante de él: Anda don Samuel, ¿dónde  ha puesto usted su cuadro de la crucecita?  Pero el cura haciendo un gesto displicente, la conminó a marcharse, y cuando se quedaron a solas le dijo al Inspector: es una buena mujer, pero muy metijosa, y es verdad que ahí había un retrato que me hizo un seminarista que estuvo aquí hace un par de años y por supuesto con la cruz esta que usted ve aquí, y le mostró la que colgaba de su pecho.

No le hizo mucho caso el Inspector, pues tenía puesta su mente en otro sitio, así que sin más salió de la iglesia y cuando estaba en la calle,  le llamó la atención,  que enfrente de la misma había aparcada una furgoneta blanca con la inscripción:"Tapicerías Ramón" Se tapizan todo tipo de muebles, sillas, sillones. Estaba limpia como el jaspe, pero eso no era ninguna prueba de nada porque ya hacía más de veinte días que  María había sido encontrada muerta.

Para no levantar la liebre, como se dice en el argot policial, Bruma se dispuso a esperar y seguir al propietario de la furgoneta, y después de muchas horas de espera, un cura pequeñito, con gafas y muy poquita cosa, subió a la furgoneta y se marchó. Tal era lo poquita cosa del cura que parecía no iba a ser capaz de llegar a los frenos del coche aquel. Lo siguió por media ciudad, yendo y viniendo, acarreando sillas, sillones, pequeños muebles que luego por la tarde los depositó en un almacén que la tapicería tenía para efectuar los trabajos. Nada anormal, sólo que el tal cura trabajaba para los tapiceros en sus ratos libres. No hizo falta que interrogara a los dueños, aquella pista no le conducía a ningún sitio.

Estaba claro, debía de haber dos furgonetas y para comprobarlo se fue a la empresa de tapicerías. Pensó que el otro conductor, tal vez algo tendría que ver con todo ello. No entró, no preguntó, si había dos  furgonetas, ni tampoco preguntó por el conductor de la otra y apostó por esperar y ver quién era.

Mientras tanto, el padre de María, hombre activo como él solo, había seguido al Inspector hasta la iglesia y se barruntó, por pura intuición, que a veces es el mejor de los informadores,  que el párroco de aquel centro de oración, algo tenía que ver con todo aquello, así que hizo lo que tenía que hacer: esperar, sin saber muy bien por qué, pero esperó. A las muchas horas de estar aburrido metido en el coche, una furgoneta blanca con el letrero de "Tapicerías Ramón"  aparcó  en la puerta de la sacristía y un hombretón fuerte y rudo se bajó de ella y entró

Desiderio, que así se llamaba el padre de María, miró dentro de la furgoneta, pero sólo vio tapices y herramientas de todo tipo relacionadas con la profesión, pero si le llamó la atención que la parte trasera de la misma estaba diáfana y una manta de cuadros, vieja y desgastada cubría el suelo de la misma.

Abrió  la puerta trasera, que no estaba cerrada, y le pareció percibir el olor de su hija, que al momento desechó por ser sólo un pensamiento debido a la emoción, pero tuvo la seguridad de que allí había estado María.

La tarde iba cayendo lentamente y Desiderio no sabía qué hacer, y sin apenas darse cuenta, se acercó a la  sacristía, tocó el picaporte de la puerta y empujó. Estaba abierta, así que sin saber muy lo que hacía entró, y con paso lento y de puntillas fue atisbando todas y cada una de las habitaciones que se encontraba, haciendo oído para ver si alguien hablaba  o había. No encontró a nadie y eso le pareció muy sospechoso porque había visto entrar al conductor de la furgoneta, y no le parecía que había salido por la puerta de la iglesia porque ésta permanecía cerrada hasta la hora de la misa.

Siguió andando y cuando estaba a la altura del altar mayor oyó unas voces my quedas que parecían venir de ultratumba y dirigió sus pasos hacía el lugar de donde éstas venían. Era  de las catacumbas, donde  fueron enterrados algunos monjes y todavía estaban allí sus esqueletos momificados, pero tuvo que retroceder rápidamente porque vio que el párroco y el conductor subían las estrechas escaleras que daban acceso a la cueva.

El Inspector Bruma cansado de esperar,  y ver que  nadie con otra furgoneta como la que había estado siguiendo todo el día venía al almacén, se centró en la cruz que había encontrado Desiderio en el lugar de los hechos, y a la cabeza le vino el párroco de aquel pueblo que tenía un cuadro con una crucecita.

Se fue hasta allí, pero llegó de noche y le pareció irrespetuoso intentar hablar otra vez con el cura, por lo que deambuló alrededor de la iglesia por si tenía suerte y el hombre salía o volvía de algún recado y lo podía asaltar de manera "casual"

No tuvo suerte,  pero siguió andando y cuando la idea le vino a la mente pensó rápidamente que eso era ilegal, y si conseguía alguna prueba o algo no sería válida, pero ¡que leches! Se dijo, al menos me valdría para  tirar de algún hilo, porque no tengo nada de nada y esto se está alargando más de lo que yo quisiera, así pues, sacó la ganzúa y sin mayor problema abrió la puerta de la sacristía y entró.

Sacó la pequeña linterna que le servía de llavero y  alumbró hasta donde podía. Las sombras de una iglesia, de noche y a oscuras son realmente temibles. Parecía que de una manera o de otra alguien le iba a agarrar de la mano y lo iba a llevar a los infiernos o  algún sitio peor, pero se repuso de sus miedos infundados, pues nada más tranquilo que una iglesia o un cementerio, y siguió andando sin saber muy bien qué hacía, hasta que se dio cuenta de, ¡qué narices iba a encontrar en la iglesia si  había entrado para  registrar la sacristía!, por lo que volvió sobre sus pasos, y entró registrando todas las  habitaciones hasta que llegó a un pequeño desván donde había de todo, incluso el cuadro del párroco apilado contra la pared y su cara se iluminó cuando vio que, en la solapa del traje de cura, que había copiado el modelo, tenía el pin de la misma cruz que habían encontrado.

Hizo una foto con el móvil y salió pitando de aquel cuartucho, porque ahora sí tenía algo por donde encauzar la investigación. "Al curita este se le va a caer el pelo, y me va a tener que contar muchas cosas"  pero cuando ya iba a enfilar la puerta de entrada vio unas gotas de sangre, y un pequeño rastro que  a simple vista se notaba que habían intentado limpiar con rapidez, y aquello lo mosqueó un tanto. Siguió las gotas y lo condujeron hasta las catacumbas y con más miedo que vergüenza, bajó la escalera y allí los encontró.

El párroco y el conductor fornido se apilaban uno contra otro como si alguien los hubiera tirado desde arriba. Alumbró bien, y vio que tenían varios pinchazos a la altura de las vísceras más importantes como si se hubieran hecho con un pincho curvo. Estaban los dos muertos.  Y no encontró nada más. Salió a la calle y puso en marcha el protocolo ante estos hechos y a los pocos minutos la iglesia y sus alrededores se llenaron de coches de la policía, bomberos, municipales, coches fúnebres y toda la parafernalia que se forma cuando un evento de estas características se produce.

 

La autopsia, más tarde le confirmaría que al cura le habían roto la rodilla de un golpe, y al conductor de la furgoneta le habían aplastado la tráquea con algún objeto contundente.  El Inspector Bruma, sentado en su despacho, dubitativo, no sabía qué pensar de todo aquello. Le habían roto los esquemas y tendría que ponerse manos a la obra en esta otra investigación. A lo mejor el asesinato de María y estas dos muertes tenían algo que ver. Pensó: Desiderio es tercer dan de karate y la traquea de uno de los muertos, habia sido aplastada por un golpe certero, pero el forense no había podido saber con qué tipo de objeto se había hecho. Un nudo  le cerró la garganta cuando se dio cuenta de la verdad que anidaba ya en su cabeza, y se preguntó si era ético culpar a un padre que mata para vengar la muerte atroz de su hija, pero él estaba allí para encontrar culpables no para juzgarlos. No pudo dejar de pensar en la justicia que tal y como se juzgaba en este país, casi nunca la razón y el sentido común hacían presencia en las sentencias. Cerró el cajón de la mesa y se marchó a casa con una sensación muy rara.

Mientras tanto, Desiderio, tiraba al rio de Madrid, una aguja de hacer pleita. Era este un instrumento que utilizaban los  amanuenses del esparto, que hacían serijos, esteras, fundas de botijos, etc. y se trataba de una suerte de hierro de un centímetro de  grueso y treinta centímetros de longitud, curvada y con la punta muy afilada y dos agujeros en la parte trasera para meter los hilos gordos con los que se cosía la pleitilla, que ese mismo dia había cogido de su colección de objetos antiguos, por si le hacía falta. Y lo mismo hizo con la llave con la que cerró la sacristía.

Aún sonaban en su cabeza las palabras del párroco: "ya no podemos traer aquí a las chicas, hay que encontrar otro sitio más seguro, porque el Inspectorcillo ese de mierda nos sigue muy de cerca, y los que nos contratan no querrán nuestros servicios"  y aún sintió el veneno de la ira en su pecho. A estos dos no le van a quedar ganas de hacerle nada a ninguna chica más. Ya vería lo que hacía con el significado de las otras palabras, y se le heló la sangre cuando pensó en qué gente podría estar detrás de todas aquellas atrocidades.

Miró al cielo y espero a que la justicia divina le diera el visto bueno de aquello que acaba de hacer, pero sólo una nube algodonosa lo miró y lo olvidó.

Le dolía un poco la ingle. Tuvo que abrirse demasiado para  darle una patada lateral al rudo camionero y aplastarle la tráquea. Luego la aguja de hacer pleita hizo todo lo demás.

Se marchó de la orilla del rio y una imagen le inundó su cabeza. Su querida María le sonreía desde el más allá.

 

Ray Niebla