El atraco Ray Niebla

El atraco

 Ray Niebla

 

La noche estaba acogedora, serena, y por la ventana del salón entraba la luz de la farola, que  en la calle iluminaba su puerta como si fuera de dia y por ello, Manuel, hombre ducho en las lides de la vida, no había cerrado bien la puerta de entrada a la casa donde vivía con su mujer, pues nunca tuvo miedo de que nadie  perturbara  su tranquilidad con ninguna acción que pusiera en peligro su identidad física y por ello, la de su mujer.

No tenían hijos, pues dios lo dispuso así y habían aceptado la situación como la más normal de las actitudes, pues su fé en un dios, a veces hecho a su medida, y otras, a la medida de las distintas fases por donde habían pasado, o  que la vida les había ido dando, les hizo creer en la armonía de la Naturaleza y  sus energías, que, sin duda  guiaban y gobernaban su vida.

Se sentían muy a gusto esa noche donde todo fluía con la mayor normalidad, y su conversación se centraba en las reformas que habían acometido en su casa, donde la escalera que le habían hecho toda de madera de haya glaseada, era el punto  más central y donde los ojos se miraban en ella. Les había costado un pico, pero se lo podían permitir y ahora deberían disfrutarlo, pues para ello habían trabajado mucho durante toda la vida.

Tenía Manuel cincuenta y ocho años y su mujer Beatriz dos años menos, de lo que ella siempre se sentía orgullosa y le llamaba cariñosamente "viejo" a lo que él disimuladamente se enfadaba para terminar riéndose, estuvieran solos o con alguien. Daba lo mismo, su afinidad y complicidad eran  la envidia de sus amigos.

Cuando se disponían  a cenar, más bien a picar algunas cosillas, que habían puesto encima de la mesa baja del salón, para  hacerlo viendo la televisión, como hace casi todo el mundo, vieron con estupor que dos individuos encapuchados y embozados hacían acto de presencia empuñando sendos cuchillos de grandes dimensiones, y haciendo alarde una tranquilidad pasmosa.

No supieron cómo habían entrado, pues la puerta no tenía la llave echada, pero estaba con el picaporte.

Manuel se levantó como con un resorte, y les conminó a que se marcharan; les   recriminó valientemente qué hacían allí, por qué y cómo habían pasado sin ningún permiso,  pero los dos hombres lejos de hacerle caso, y sin mediar más palabras, uno de ellos se acercó a él parsimoniosamente y  le dio  con el puño derecho que abrazaba la empuñadura del cuchillo con lo que el golpe fue  de una contundencia estremecedora.

Cayó al suelo con el labio destrozado e intentó levantarse, pero el otro individuo le asestó una patada en el costado que lo volvió a tumbar, y cuando Beatriz hizo además de levantarse, pues estaba tan asustada ante tal situación que no había tenido fuerzas para hacerlo antes, que cuando las reunió al ver a su marido por los suelos, recibió otro puñetazo en la mandíbula, que la hizo sentarse de culo en el sillón donde había estado sentada.

Y ahora, dijo uno de aquellos extraños individuos, llevándose el dedo a los labios cubiertos por el embozo, me vais a decir, tranquilitos, dónde tenéis el dinerito, porque si no  vamos a tener que comenzar  a aplicar otras medidas más drásticas porque esto es solamente un ensayo.

Beatriz temblaba y Manuel en el suelo intentó balbucir algunas palabras, pero el otro individuo le dijo que se callara que todo lo que hubiera que decir lo hiciera su mujer, que él sólo se llevaría los golpes, si no lo hacían bien.  Pero Beatriz, llorando, dolorida del golpe y sentada a hurtadillas en el sillón comenzó a decirles que no tenían dinero, que en casa sólo tenían para el gasto diario, y además en el banco tampoco porque se lo habían gastado casi todo en la reforma.

Los dos individuos se miraron y sonrieron. ¡Pero es que nos tomáis por tontos!, después de una reforma como esta nos vais  a decir que no tenéis dinero. Sin mediar más palabras volvieron a patear a  Manuel para obligar a Beatriz, pero esta siguió balbuceando que no tenían dinero. Podéis llevaron todo el oro que tenemos que está en el piso de arriba, y las joyas que tenemos en el dormitorio, pero por favor no nos hagáis nada, por dios os lo pido, nosotros no hemos hecho nada y prometemos no denunciaros.

Los atracadores, uno de ellos más mayor y al parecer con más experiencia, le dijo al otro más joven que levantara a Manuel para que les acompañara mientras ataba a Beatriz con unas bridas a los brazos del sillón, y cuando el más joven se acercó a Manuel y lo incorporó, le dio un cabezazo en la nariz que dio con el delincuente en el suelo, pero el otro estaba atento y le dio tal patada en el vientre que  Manuel se fue hacia atrás y cayó entre dos muebles golpeándose la cabeza con la esquina de uno de ellos y comenzó a sangrar abundantemente por la parte de atrás. ¡Te lo has cargado tío, te lo has cargado! Decía el más joven, pero el autor de la patada le dijo: pues nada uno menos, que se joda. Así deja de  ser tan valiente.

Como Beatriz comenzó a gritar y a pedir socorro al ver a su marido en el suelo y sangrando, viendo que se le iba la vida, la amordazaron y la volvieron a patear  sin compasión por lo que acabó perdiendo el conocimiento.

En la pared tenían como adorno dos panoplias con sendas armas de avancarga  que lucían limpias como el jaspe y que no pasaron desapercibidas para el mayor de los facinerosos. Se fue hacía ellas y cogió una. La miró, y tensionó los gatillos, pues eran armas dobles, y asintió con la cabeza. Nos las llevaremos también, parecen buenas, pero antes vamos arriba a ver que encontramos, y dejaron el arma encima de la mesa del salón.

Cuando desaparecieron escaleras arriba, tranquilamente, como dando un paseo, mientras la noche seguía con su camino de basta tranquilidad que contrastaba con la violencia que asumían estos dos delincuentes, Manuel que había recobrado el conocimiento, pero seguía haciéndose el muerto, porque pensó y lo hizo bien, era la única forma que tenía de salir airoso de esta situación, se incorporó despacio, pues le dolía todo el cuerpo, y sangraba todavía abundantemente, con los ojos inundados por la sangre que  le había cubierto la cabeza y se mezclaba con sus lágrimas al ver a su mujer en el estado que la habían dejado, sin hacer ruido, cogió el otro arma que estaba todavía acoplada a la otra panoplia, y  accionó los gatillos. No sabía por qué, pero  hacía ya varias semanas que la había cargado para hacer algún disparo en el patio de la casa donde no había peligro para nadie, pero no lo había hecho, y la había dejado en su sitio. No había peligro pues no tenían hijos y menos nietos y a su mujer le daban repelús las armas, incluidas las de adorno, de manera que, doblado en sí mismo, se apostó detrás de la mesa, frente a la escalera y esperó a que los dos individuos bajaran por ella.

Ya no entraba la luz de la farola por la rendija de la ventana y todo parecía haberse sumido en una oscuridad calmosa. Al menos eso es lo que le pareció a Manuel.

Y bajaron, hablando tranquilamente, con conciencia plena del mal que hacían, pero sin ningun tipo de remordimiento, y apenas se dieron cuenta de nada, pues cuando comentaban el buen botín, que no había sido nada malo, y comentando como estos dos mierdas tenían una buena colección de oro y joyas, dos disparos, con una cadencia de un segundo, acabaron con la vida de estos dos atracadores; uno de ellos con la cabeza atravesada por una bola de plomo de centímetro y medio que le voló los sesos, dispersándolos por los escalones de su nueva y bella escalera, y el otro con el corazón partido en dos y con un agujero de salida, por la espalda de tres centímetros.

Era Manuel un buen tirador, y en la mili se había destacado por ello. Era una puntería natural, sin aspavientos, pero segura y esta vez les había salvado la vida.

Se fue rápidamente hacia su mujer, la desató cortando  las bridas con uno de los cuchillos que portaban estos dos atracadores y la abrazó tiernamente hasta que  Beatriz recobró totalmente el conocimiento y se abrazó a su marido llorando desconsoladamente. Menos mal, menos mal, creía que habías muerto y que a mí me iban a matar, decía  apabullada, nerviosa, casi histérica. Calmó a su mujer abrazándola de nuevo y besándola tiernamente, mientras ella se incorporaba y se iba presta a buscar el botiquín para curar a su Manuel.

Y ahora qué vamos a hacer, preguntaba constantemente, mientras le limpiaba la herida que tenía en la nuca. Manuel pensaba a la velocidad de vértigo y sabía que tenía todas las de perder. En España no existía la legítima defensa, o al menos no se tenía en cuenta a la hora de entrar en litigio y con dos muertos, comenzarían los fiscales, los jueces, la policía a hablar de proporcionalidad, de abuso, de respuesta muy violenta, y nada de allanamiento de morada, pues a esto tampoco  se  le hacía caso. Dirían que no había peligrado su vida y que  los dos atracadores ya se iban. En fin que les complicarían la vida de tal manera que ya no levantarían cabeza nunca más.

Así que cogió uno de los cuchillos, el que había empleado para cortar las ligaduras de Beatriz y le dijo: ahora me vas a acuchillar en un par de sitios, y no te preocupes que lo he visto en algunas series de esas de policía y son sitios que no hay muchas venas ni órganos  peligrosos. Beatriz se echó hacia atrás y tapándose la cara con las manos, le decía que no, que no, que ella no iba a hacer eso, que tenía mucho miedo porque sí le podía hacer daño de verdad.

Manuel comenzó a decirle  que las cosas se complicarían mucho si no hacían aquello pues jueces, fiscales, políticos, medios de comunicación, periodistas, toda esa gente que vive de  todo este lio que han creado, y que llaman democracia, no pararían hasta que estuviera en la cárcel muchos años; les dejarían sin un euro y seguro que tendrían que vender la casa para hacer frente a las indemnizaciones. Todo un desastre de una vida de sacrificios, tirada por la borda sin ton ni son, sin tener culpa de nada, de manera que apoyándose el cuchillo en la fosa iliaca izquierda en dirección hacia la salida por la espalda, inclinando el cuchillo lo suficiente para que no afectara a ningún órgano, se fue contra la pared y se asestó una puñalada que le salió por el otro lado. Apenas sangró; tiró de nuevo del cuchillo sacándolo de la herida,  y volvió a asestarse otra puñalada en el brazo derecho, imaginando  al colocar el cuchillo que el golpe se lo daba el atracador y él intentaba defenderse, de manera que el forense no tuviera dudas de que  había habido una agresión con ánimo de muerte, pues sabía que todo lo iban a mirar con lupa para hacerlo culpable de todo a él.

Se sentó en el suelo incapaz ya de hacer nada más y conminó a su mujer a que cogiera el cuchillo, limpiara sus huellas, hacer que luego uno de los muertos empuñara de nuevo el cuchillo, y tirarlo en medio del salón. Así la escena parecería más creíble. Beatriz, temblando hizo todo lo que le decía su marido que apenas podía ya hablar,  sin embargo le decía que memorizara todo lo que había pasado y cómo lo habían acuchillado dándolo por muerto, y cómo había recuperado el conocimiento cogiendo el arma y defendiendo su vida los había matado a los dos, porque sabía que  si esperaba más tiempo se desangraría y a saber lo que hubieran hecho con ella cuando bajaran. Todo ello salpicado con advertencias de que cuando titubeara en algo apelara a que ella había perdido el conocimiento y no se había enterado muy bien de lo que había sucedido.

De cómo habían entrado, no podría decírselo. No lo sabían.

Hecho esto, rápidamente llamó al 112 diciendo lo que había pasado y al momento, no habían transcurrido ni  cinco minutos, cuando ya estaba allí un coche patrulla de la Policía Nacional atendiéndolos. Los agentes se quedaron anonadados cuando vieron lo que allí había pasado y sabiendo los problemas que aquello les acarrearía no dejaban de darles ánimos.

El Inspector Bruma que estaba de servicio aquella noche en la Comisaría del distrito fue hasta el lugar de los hechos y se hizo cargo de toda la investigación.

Cuando llegó al lugar de los hechos se dio cuenta enseguida que aquello no había pasado como le contaban, porque el cuchillo estaba casi colocado en el suelo, de manera que, haciéndose una idea  clara de que los dos facinerosos habían intentado matar y atracar a esta pareja, hizo salir a todo el mundo de allí y sin que nadie lo viera dio un pequeño puntapié al cuchillo que se colocó de manera natural al lado de la pata de la mesa baja donde todavía estaba la cena a medio comer. Policía Científica no tardaría en llegar y dejaría todo fotografiado.

Ordenó a los policías del coche patrulla que fueran con la ambulancia al hospital y custodiaran a Manuel que de momento se quedaba detenido hasta hacer las pesquisas necesarias y comprobar los hechos.

Cuando terminaron de ordenar la escena de los hechos y todo  se calmó, precintaron la casa y se fueron con Beatriz a Comisaría donde se hicieron todas las averiguaciones necesarias.

Los atracadores eran dos individuos; uno español de unos treinta y ocho años, delincuente habitual, con más de cuatrocientas detenciones, seis años en la cárcel por intento de asesinato y otros cuatro años por robo a mano armada en un banco. No había cumplido casi ninguna condena porque se había aprovechado, como todos los delincuentes, de las  bondades penitenciarias. El otro era un joven marroquí, de diecinueve años, novio de la hija del más viejo, que había llegado en patera hacia unos ocho o nueve meses y estaba aprendiendo el oficio, aunque se supo más tarde que en Marruecos estaba buscado por la policía por pequeños robos, abusos sexuales, y tráfico de hachís.

El Inspector Diego D. Bruma, se sentó pensativo en su mesa y comenzó a desgranar el atestado. Tenía la declaración de Beatriz, que  contenía bastantes contradicciones, lógicas dado el estado y la situación vivida, y el testimonio también de Manuel, todo muy bien atado, que lo había tomado en el hospital,  y todo el contenido de Policía Científica, pero se encontraba en la disyuntiva de describir los hechos y lo que había descubierto, o describir objetivamente lo que había visto. Tuvo claro cómo habían entrado. Cuando se hace una obra  de envergadura, a veces, hay algún miembro de la cuadrilla que comenta en sus ambientes dónde ha habido una buena obra y por tanto dinero, también se copian las llaves, por si hicieran falta, y ya no hay más. El fallo de los clientes es no cambiar los bombillos cuando los operarios se van.

Y tomó una decisión, el informe final donde se podía dar una opinión de lo que pensaba de la investigación para ayudar al juez a tomar la mejor decisión, no lo haría. Legalidad y justicia. La disyuntiva estaba servida. No tenía la obligación  de tener que pensar, o elucubrar,  si no se hacía para  buscar la verdad objetiva, pero en este caso sólo podía fiarse de los testimonios de las dos personas vivas, y eran lo suficientemente elocuentes como para tomar una decisión. Justicia siempre.

Manuel curó de sus heridas y volvió a su casa con su mujer, pero aquella casa  ya no era el lugar de sus sueños. Ya no era su nido de amor, pues había sido violada. Su intimidad había sido  pateada, pisoteada. No había luz en la escalera ni se reflejaba la farola por entre las rendijas de la persiana. Deambulaban por la casa como dos fantasmas recordando y rememorando la noche fatídica que les cambio su vida para siempre. Deberían huir de allí y buscar consuelo aunque fuera en otro país más seguro que este, pero era su país, su lugar de nacimiento, el lugar de sus ancestros, su patria.

Estaba en libertad condicional con cargos a la espera de juicio, pero todo el mundo le decía lo mismo: búscate un buen abogado que lo vas a necesitar. Hay un emigrante, no llevaban armas de fuego, te has ensañado con ellos. Ahora estaban todavía más asustados que cuando les pasó aquello. Qué estaba pasando. Todavía quedaba la justicia y todavía le quedaban esperanzas de ésta fuera justa, pero la zozobra de un juicio y el miedo a salir mal parado no los dejaba vivir.

Después de un año de espera, después de no dormir ni vivir por  el miedo a la venganza de los amigos de todos estos malnacidos, se celebró el juicio y en él, el abogado de los familiares de los dos delincuentes, pedía el oro y el moro  para paliar, decía, su indefensión y poder resarcir a sus familias.

El juez en cuestión, en la soledad de su despacho, en su casa de Somosaguas, lugar de meritoria tranquilidad y de lujo mediático, era una de las zonas más ricas y elitistas de Madrid, meditaba cuál sentencia le habría de poner a Manuel, pues tenía claro que había sido todo en legítima defensa, pero era todo tan complicado que maldecía haber elegido una profesión que siempre, pensó, sería sencilla. Cuando estudiaba derecho, pensaba en lo bueno que sería defender al débil, y cuando hizo la oposición y fue a la Escuela de la Judicatura se dio cuenta que se estudiaba de todo menos la asignatura  de sentido común, y ahora le estaba haciendo falta mucho de este sentido.

En esto estaba el juez de la causa, cuando entró su mujer con la bata puesta y que se iba a la cama. Le dijo: creo que no hace falta que te comas tanto la cabeza con este caso, pues vas a tener, como este, veinte mil, pero tienes que pensar que tenemos que vivir, que pagamos una hipoteca, que tenemos dos hijas que necesitarán mucho dinero, que tenemos derecho a vivir bien porque nos lo hemos trabajado, y que si tomas la decisión que creo vas a tomar, te tratarán tus propios compañeros como un apestado. Te pudrirás en el juzgado de mala muerte en el que llevas ya dos años, no ascenderás de categoría nunca, y verás con estupor como más de uno de los que tú consideras que son unos inútiles van ascendiendo y se colocarán en el Tribunal Supremo o en el Constitucional o en la Audiencia Nacional, o vaya usted a saber en qué chiringuito, pero bien mirados, bien tratados y bien pagados. Y a fin de cuentas tú no tienes la culpa de que todo esto sea así. Tú no vas a arreglar nada.

El juez le dio a la cabeza y comenzó a escribir la sentencia en el ordenador.

Antecedentes de hecho…. Hechos probados… Fundamentos de derecho…

Fallo:

Se le condena a tres años de prisión, por dos delitos de homicidio, con la concurrencia de dos circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal: agravante, en el hecho de falta de proporcionalidad y ensañamiento, y atenuante de legítima defensa, y  miedo insuperable,  que cumplirá en una cárcel del estado;  y a indemnizar a los familiares de los muertos… miró el extracto de cuenta que tenían Manuel y su mujer en los dos bancos donde operaban su economía y vio, que sumaban treinta y cinco mil euros… con la cantidad de diecisiete mil euros a cada uno que se le detraerán de sus respectivas cuentas para hacer el abono cuando se ejecute la sentencia. Se le condena también al pago de las costas de este juicio, y se le comunica que tendrá derecho a recurso de apelación ante el tribunal competente.

Así lo ordeno y lo firmo a…

Manuel al dia siguiente entró en la prisión de Alcalá Meco, y Beatriz se quedó sola en esa casa que tanto miedo le daba. Su vida  ya no le importaba, su casa menos y sólo quería estar con su marido allá donde estuviera, y tuvo el valor de solicitar que también se la encarcelara a ella. Lloró y pataleó y echó  de menos a sus hijos, a los que no tuvieron, y maldijo a dios por ello.

 

Ray Niebla