NIÑOS DE AZÚCAR ANA ISABEL ESPINOSA

 ANA ISABEL ESPINOSA

NIÑOS DE AZÚCAR

No hay como un día de lluvia a la puerta de un colegio para darte cuenta de que el Apocalipsis ya ha llegado. Somos tan blandos que solo pensar en doblar la espalda, nos da grima. Eso sí, no faltamos a nuestra sesión matinal de gimnasio- o a la reparadora natación- siempre yendo en nuestro coche, que nos matamos por aparcar a menos de dos metros de la entrada.
Con los niños igual. Les damos a manos llenas y luego queremos resultados.
Que piensen, aunque no les demos autonomía y les llevemos al instituto- con más de 13 añitos- de la manita y con paraguas, porque si les caen unas gotas se les deshace la capa de azúcar que les damos al bañarlos.

No nos enteramos de que tienen relaciones sexuales a nuestras espaldas, ni que hacen pellas en jardines y bebederos para echar el rato y ser los más “popus”.

Nuestros hijos están glaseados porque han nacido sin ser paridos, así que poco podemos hacer si sacan malas notas o les ponen un “parte” en el instituto. Poco podemos enseñarles porque nos llevamos media vida atareados, así que esa labor se la dejamos a los docentes que para eso creemos que les pagamos.

Los tuvimos en un arrebato de locura hormonal, el reloj biológico pesaba, la sociedad imponía sus reglas y nos embarazamos, pero ahora han crecido salvajes y llenos de espinas como vulgar tunera. Esos a los que vimos crecer, a aquellos a los paseamos orgullosos, estos que lucimos en redes virtuales, con cumpleaños y navidades, eran una gozada sobre todo  cuando los dejábamos con la abuela para irnos a dar el callo. Lástima que ahora se hayan convertido en extraños de azúcar que solo contestan con monosílabos, que se bañan si les empujas a la guillotina del agua caliente, que contestan airados a la menor provocación como que estudien, respeten a sus mayores o no maldigan a sus hermanos. Inmundos personajes cotidianos que hacen que te duela la cabeza y empieces a pensar que la locura fue no comértelos cuando aún estabas a tiempo.

Niños de azúcar que acompañas al instituto cuando llueve porque tienes miedo de que  se les estropee el peinado de moda… el rapado, el flequillo escondedor de ojos o el último teñido de rubio eslavo. Ajenos que sueltas -día tras día- sin que te miren a la cara porque te ven cansada, vieja y arrugada, sentándose cono fardos de patatas que esconden la cara en el móvil sin musitar más que quejas. Cuando los sueltas, feliz tú y más ellos, no contestan al” te recogeré..” porque son dueños absolutos de tu tiempo, así que lo más que hacen es un saludo indio, enseñándote la raja del culo al irse a hacer puñetas.

Hay veces que te gustaría ser heroína de comic y patearles el culo a ver si les reverbera el cerebro o te dan ganas de cogerles por esa sudadera de marca que compraste en el mercadillo y estrujarles el pellejo para que vean lo duro que peleas, cuánto te cuesta cada euro y más un mísero céntimo.

Les dirías- si pudieras hablar con ellos- que te duelen las cachas del culo de fracasar, de llorar, de estar mojada de ganas de ser tú misma, pero que no puedes porque siempre los antepones a ellos. Aun así eres tan perra que  cuando llueve el  corazón se te encoje, porque te recuerda lo mucho que has perdido, lo muy felices que fuisteis juntos y lo muy ingratos que son ahora.

El cielo llora y tú conduces,  provocando un atasco del copón porque has dejado el coche aparcado en un vado, una doble fila o en el carril bici. Corres por ellos. Esa es la penitencia de los Popeyes y las Rosarios, porque los Cocolisos han sido desgranados de la puerta del instituto como bolitas cárnicas, caminantes de una vida que  les pertenece. Nunca fue tuya desde que las hormonas te reverdecieron y tuviste el mal acierto de dejar de tomar la píldora anticonceptiva para preñarte con sandeces de adolescentes. Apocalipsis de memeces en el que te pierdes.