TRHISSA.- La Brasileña, por Ray Niebla

TTRHISSA.- La Brasileña

por Ray Niebla

Eran las tres del mañana, y el cielo estaba triste y oscuro porque la lluvia no dejaba de caer en un chirimiri continuo y pesado.

Trhissa y Ramón  llegaron a la habitación que tenían alquilada en una pensión  del barrio de Lavapies y se tumbaron en la cama vestidos e incluso con los zapatos puestos. Por la ventana se veían los cristales de las habitaciones contiguas, en las que la oscuridad era el rasgo más sobresaliente. Nada se movía, nada parecía tener vida, y es que en la noche la mayoría de los seres humanos muere un poco durante el sueño.

Trhissa se levantó de la cama y haciendo sonar los tacones en el suelo de  tablas antiguas que intentaban parecerse al parquet, salió por la puerta y buscó la cocina de aquella pensión de mala muerte. Tenía hambre y en la cocina habría algo de comer. Es cierto que, los clientes, tenían prohibido entrar en la cocina porque la comida se pagaba aparte y por ello los mantenían a raya de esa dependencia, pero alguna que otra vez  a Trhissa, la habían dejado que entrara y comiera algo. Pero esta vez estaba cerrada con un candado viejo y grande que movió con  fruición, pero que siguió cerrado.  Volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en la habitación viendo a Ramón que roncaba como un bendito. Se acercó a la ventana y la abrió, se asomó, y vio que la de la cocina estaba medio cerrada, pero se podría entrar por ella. Tenía mucha hambre y los seis pisos de altura no la amilanaron. Se encaramó al alfeizar y trató de cruzar. El alfeizar de la ventana de la cocina brillaba con el chirimiri, casi como si en él hubiera un espejo.

Ramón era un policía nacional de estirpe canaria que estaba en Madrid, en una comisaría de la que Trhissa aún no sabía nada. La había conocido en la calle Conde Asalto de Barcelona donde ella ejercía la prostitución. En este barrio Ramón había estado patrullando un montón de meses y allí la conoció y nada más verla se enamoró de ella. Se enamoró de tal manera que intentó sacarla de aquel sitio y hacerla suya, pero el concepto que Trhissa tenía de aquel  trabajo no era del todo común ni habitual, por lo que fue difícil llevársela a Madrid donde había pedido destino, aunque a duras penas lo consiguió.

Ramón era el típico hombre feo, de rasgos anodinos, con muchos granos en la cara y algunos en el cuello que se le reventaban en cualquier parte y lo ponía todo perdido de pus, pero eso a Trhissa no le importaba. Era de complexión fuerte aunque muy delgado y con un genio endiablado, que luego se quedaba en nada, sobre todo cuando la chica le dedicaba estímulos sabrosos como ella decía acordándose de su Brasil natal.

Era sí, brasileña, pero blanca, con un color de piel tan atrayente como lo eran sus senos, o su cintura, que acababa en unos glúteos preciosos, que daban acceso a unas piernas esculturales. Era un monumento de mujer que no se veía en demasiadas ocasiones y además gozaba de la sensualidad que da la raza brasileña. Incluso en la piedra del anatómico forense resultaba atractiva.

En ella confluían toda esa serie de  absurdas barbaridades que hacen los seres humanos, pero con la conciencia de que aún haciendo el mal, si se hace bien se puede convertir en menos barbaridad. Desde que tuvo trece años fue violada por su padre, por sus dos tíos y por sus dos hermanos, pero habían hecho con ella tal ingeniaría social, tal mentalidad, que nunca fue para ella ningún problema. Eran cosas de familia y ella tenía la obligación de dar satisfacción a los hombres que la componían porque la mujer debe estar para ello, y por eso la naturaleza la había dotado de tal belleza, y por ello algunas mujeres se negaban porque su naturaleza no les había otorgado esos dones, de manera que así siguió algunos años, pero tras varios abortos obligados y varías palizas que no entraban en lo que le habían contado de la vida, de lo que sería o debía ser su vida,  se fugó  de Rio de Janeiro, donde vivía  y vino a España.

Aquí, como no tenía ni oficio ni beneficio, aunque su formación cultural no era mala, se dedicó a lo que mejor sabía: dar placer a los hombres, pero se encontró con la disyuntiva de ver a hombres que alcanzaban complejos y agresividades de  órdago por no poder tener relaciones sexuales, unos por no tener dinero y otros por timidez; otros por otras razones, físicas o incluso mentales, lo cierto es que ella  con la mayor naturalidad del mundo daba satisfacción a estos pobres seres, como ella decía, sin cobrar nada y con los abusos que ello conllevaba, porque el ser humano es así. Si alguien hace algo por altruismo, vamos nosotros y nos aprovechaos de ello y disponemos que sea una obligación.

Así estaban las cosas hasta que llegó Ramón a su vida y se dio cuenta que debía sacarla de aquel rango de compromiso con ella misma, y como era imposible hacerlo en aquel entorno, pidió destino a Madrid y aquí se vinieron los dos. Hasta que encontraran un sitio donde vivir pues lo hacían en esta pensión.

Con lo que no contó Ramón, este policía enamorado de una prostituta muy especial, es que cuando éste estaba de servicio, Trhissa se acostaba con el primero que se lo pedía, siempre que lo hiciera con esa premisa de altruismo, lástima o concepto  añadido por su educación. Y como era tan bella no le faltaban compromisos.

 

Cómo podía ser posible que aquello sucediera. Cómo se podría arreglar una mentalización de tal calibre. Llegó un momento que le pareció imposible arreglar esta situación con Trhissa, y pensó hasta en dejarla, porque ni las broncas, ni los razonamientos, ni los peligros que corría la hacían desistir de tales propósitos. "es que me dan tanta lástima esos hombres que no tiene un poco de amor, un poco de sexo" Pero tú no puedes ser el paño de lágrimas de todos estos desarrapados, decía Ramón a cada instante.

Llegó un momento, que al policía le daba asco besarla en los labios porque sabía donde habían estado, a lo mejor unas horas antes; tanto asco que casi siempre tenía unas pupas horribles en la boca y alrededor de la nariz, pero cuando se metía en la cama con ella y tocaba su piel, abandonaba todas estas debilidades y hacía el amor con ella tiernamente. Pero al terminar, otra vez lo mismo. Aquello no tenía remedio y siguiendo así a él le tocaría cuidar de esta mujer cuando se contagiara con alguna enfermedad mortal o discapacitante.

Se despertó en el momento que Trhissa subía al alfeizar de la ventana de la habitación e intentaba cruzar a la de la cocina. Fue un impulso, y el cielo se confabuló con él porque un relámpago iluminó toda la estancia cuando la empujó hacia el vació y cayó sin remedio hacía el pequeño patio de luces que tenía aquel edificio. Hizo un ruido sordo apenas sonoro, y allí se quedó Trhissa despatarrada con toda su humanidad extraordinaria y esa belleza tan mal administrada. El Policía se dio cuenta que uno de los zapatos de tacón alto  que ella llevaba puestos se había quedado en la ventana de la cocina donde ya tenía el pie puesto. Lo cogió con un pañuelo y lo dejó caer  hacia donde estaba el cuerpo muerto de Trhissa, e inmediatamente llamó al 112 avisando de lo que había pasado. Una mujer, de unos treinta años había caído desde una altura de seis plantas. Se quedó en la habitación, lelo, pensativo, acuciado por la culpa. Se preguntaba por qué lo había hecho.

Minutos más tarde llegaron los servicios médicos del Samur, que sólo pudieron certificar su muerte, pero lo hicieron con las reservas de un caso así. Aquello tenía  la apariencia de una caída fortuita, pero lo mejor era avisar al juzgado de guardia, al forense, y a la Policía, que eran los que tenía que levantar el cadáver, así que no tocaron nada y fue la policía la que llegó primero.

El inspector Bruma, con su parsimonia habitual, su tranquilidad, pasó al pequeño patio, oteándolo todo, visualizando todo, con aquella diminuta linterna que siempre llevaba en el llavero y pronto se dio cuenta que allí pasaba algo que no era habitual.

Se acercó a la mujer y vio que sus uñas estaba rotas, señal inequívoca de que se había querido agarrar a algo y lo había hecho en la pared, pero cuando alguien ve que se está cayendo la posición de las manos se adaptan a lo que buenamente se puede y en  está, era señales de arrastre  no de agarre, porque podría haberse agarrado a unos salientes que había en todo alrededor del patio y en cada uno de los pisos a modo de cenefa.  Uno de los zapatos, no estaba cerca del cadáver, sino que parecía haber rebotado empujado instantes después de la caída, aunque también podría ser que se hubiera quedado colgando y cayera segundos después, pero habría caído encima de aquella mujer. Tenía un pecho fuera, completamente, porque se había desgarrado la camisa que llevaba puesta y también el sujetador, como si alguien la hubiera agarrado por estas prendas para empujarla. A Bruma no le pasó desapercibida la belleza de aquel seno que caía descuidado hacia el lado derecho, aunque pronto quitó esa idea de su cabeza.

Cuando la Científica hizo su labor, levantaron el cadáver y lo trasladaron al anatómico forense para hacer la autopsia correspondiente, Bruma se quedó pensativo, intuyendo que allí había algo más que una caída fortuita, pero sólo tenía aquellos indicios, así que  se dirigió hacia su compañero Ramón que había bajado a la escena del suceso, y le dijo que subiera con él a la habitación de la pensión para echar un vistazo al sitio por donde había caído aquella bella mujer.

El relato de los hechos era que habían llegado a la pensión, se habían tumbado un rato, y  que minutos después Trhissa se había levantado de la cama, había salido de la habitación y al segundo había vuelto yéndose directamente hacia la ventana, y que cuando despertó por el ruido de la silla que arrastraba para subir vio a Trhissa que se encaramaba, se levantó rápido para ayudarla porque se podría caer. Parece ser que le había dicho que tenía hambre y como la cocina estaba cerrada, intentaba entrar por la ventana de la misma a coger algo de comida, y como iba con los tacones se habría resbalado y no le había dado tiempo a sujetarla.

Bruma echó un vistazo por la habitación y no vio nada que pudiera hacerle sospechar de su compañero, pero cuando se asomó a la ventana, vio que era difícil caerse porque vio los salientes, unos adornos, que estaban por todos y cada uno de los pisos y que resultaba fácil agarrarse a ellos. Así que  lo miró y se dio cuenta de que mentía como un bellaco, pero no podría demostrar nada, pues sin pruebas, la policía y el juez poco pueden hacer.  Además cuando se llega a casa, lo normal era quitarse los zapatos para que descansen los pies, y aunque se los hubiera puesto para salir de la habitación, se los hubiera quitado para subirse a la ventana. Al menos eso era lo normal.

Sin más Bruma le dio la mano y le dijo: compañero cuídate esa herida que tienes en la frente. O es un grano sangrante?  Bueno lo que sea que se te puede infectar. Ramón se tocó instintivamente la frente y se dio cuenta que uno de aquellos granos se le había reventado.

En el Anatómico Forense tampoco le dieron buenas noticias. Todo apuntaba a un hecho fortuito y que las lesiones se ajustaban a los cuadros lesivos de esta  forma de morir: lesiones cutáneas poco importantes y lesiones óseas y viscerales de gran importancia. Vio claramente en el cuerpo de aquella bellísima mujer  la fractura por "saco de nueces" término por el que se conocía el estallido del cráneo, así como luxaciones de vértebras localizadas en las dorsales y lumbares. Total que en el diagnóstico etiológico, que trata siempre de establecer el carácter accidental, suicida u homicida, era  imposible establecer el motivo de la muerte.

Además de que el cadáver no tenía ninguna lesión que no hubiera sido producida por la precipitación, tampoco se veía la finalidad de esconder el homicidio porque no había retracción de tejidos, coágulos internos etcétera que eran los signos propios de un homicidio o asesinato, aunque sí había materia orgánica pustulenta en la uña del dedo corazón de la mujer, y Bruma se acordó del grano sangrante, pero podría haber tocado el grano sangrante de Ramón antes de suceder el hecho  de la precipitación.

 

Por más vueltas que le daba no encontraba pruebas de incriminación, pero se resistía, como era habitual en él, a dejar un caso en el que la intuición le decía que no era oro todo lo que relucía, así que optó por hablar con Asuntos Internos, y que ellos tomaran las cartas  del asunto, y colaborar con ellos  en todo lo posible.

 

Asuntos Internos no era muy propicio a abrir un expediente a nadie si no había pruebas, pero el mero hecho de que Bruma, y su excelente trayectoria profesional estuviera involucrado en este asunto, les dio pie para hablar con el juzgado y  ponerle una vigilancia al policía y pincharle el teléfono.

 

No se tardó mucho en lograr una conversación con alguien del bloque donde estaba la pensión. En el piso que se ubicaba frente a la cocina de dicha pensión, el hombre que vivía en él, se puso en contacto con Ramón y lo citó en el Parque del Retiro, diciéndole que tenía algo muy importante que decirle.

 

A la hora indicada, y provistos de micrófonos de ambiente y de larga distancia, micrófonos direccionales, varios policías de los servicios de asuntos especiales, estaban dispuestos para grabar y actuar  en lo que hiciera falta, pero pasadas más de dos horas desde que se acordó la cita, allí no se presentó el policía, aunque sí el individuo que lo había citado. Un policía siempre está al cabo de la calle de estas cosas, pero el vecino de la pensión no sabía la profesión de Ramón, y eso  fue su perdición.

Siguieron con el teléfono pinchado hasta que varios días más tarde otra llamada telefónica del mismo vecino  conminó a Ramón a pagarle una cantidad de dinero importante, porque si no iría a la Policía pues lo había "visto todo"

Viendo el peligro en el que estaba este ciudadano y los delitos que estaba cometiendo, lo pusieron bajo vigilancia también y Ramón no tardó mucho en actuar. Un domingo por la mañana, cuando este chantajista paseaba a su perro por una zona desierta de gente, Ramón lo alcanzó, le metió un culatazo en la cabeza, con su pistola reglamentaria, lo arrastró y lo introdujo en su coche. Fue rápido, limpio, pero no contaba con que todo se estaba grabando, de manera que siguiendo al coche que conducía Ramón llegaron al Pantano de San Juan y allí sigilosamente y en una zona poco transitada comenzó a atarle una piedra a su chantajeador, en el cuello, momento en el que llegaron tres agentes de paisano, lo encañonaron, lo esposaron y lo detuvieron.

Al hombre lo llevaron al hospital  custodiado, y en su declaración ante  la jueza, que se presentó  en su habitación para tomarle declaración, porque no había querido declarar ante la Policía, juró que había visto empujar  a la chica cuando esta ya casi estaba entrando por la ventana de la cocina de la pensión.

Aún resonaba en su cabeza el grito de estupor que dio la desgraciada cuando caía por el patio de luces, y se acuerda nítidamente del relámpago que acompañó al grito. Se encontraba mal de dinero y vio la oportunidad de  lograr algunos euros con que paliar su miseria, aunque no pensó en las consecuencias que le podían haber costado la vida.

Ramón, en la soledad de los calabozos de la Comisaría, sintiendo que la vida se le había ido de las manos no hacía más que repetir con voz monótona y queda: "lo hice por ella, lo hice por ella"

El Inspector Bruma aportó todos aquellos indicios que vio, sin que nadie más los viera, pruebas más que indicios, que sirvieron para condenar al policía asesino a treinta años y un dia de prisión mayor, con la agravante de funcionario público.

Durante días se preguntó, cómo es posible que el ser humano arruine su vida por cosas tales. No hubiese sido más lógico que dejara a esta mujer. Y sin querer dejó que aún resonaran en su cabeza las palabras de su ex compañero Ramón: "era imposible dejarla. Era tan bella, tan apasionada, tan dulce, tan mujer… que todo lo hice por ella"

 

 

Ray Niebla