Sergio el Conquense.- por Ray Niebla

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Sergio el Conquense

por Ray Niebla

La Serranía de Cuenca es una de las sierras que componen el Sistema Ibérico español y contiene diseminados, pueblos con sabor a viejo, a costumbres,  a escrutinios morales, pero manteniendo las tradiciones que sus ancestros les dejaron. Es tierra dura, fuerte como la naturaleza de la que gozan sus habitantes. Es tierra de Castilla.

Campillo de la Sierra es uno de estos pueblos, situados a unos ochenta kilómetros de la capital, y que se hace acompañar en su ruta serrana por Huerta del Marquesado,  Tejadillos o Cañete, cada uno con sus viejos monumentos, sus campos y sus retratos campestres, pero lo que más llama la atención de este pueblito serrano es  la Ermita de la Virgen del Pilar de Altarejos, donde se dan cita, cada año en la fiestas, todo el pueblo. Cerca, muy cerca está el refugio, que sirve para los andarines que suben hasta allí haciendo senderismo, y que antiguamente fue la casa del ermitaño.

Y allí, en el refugio, con la luz entreverada de sombras entrando por la salida, sentado en uno de los pollos que cercan la chimenea, se encuentra ensimismado Sergio, con las piernas cruzadas, el rostro ensombrecido y el entrecejo burlando constantemente las arrugas. La tarde, quedamente, confiada, le está diciendo que vaya al cuartelillo de la Guardia Civil y confiese todo lo que ha pasado, pero el miedo al Código Penal, y al código moral de la sociedad, lo tiene paralizado, incapaz de moverse cansancio por haber llegado hasta allí corriendo le pasa fracture aunque es un acicate para mantenerlo calmado.

Sergio es un hombre íntegro,  de fuertes convicciones morales, duro  como un roble, criado en las frías y soleadas  riveras del rio Tejadillos cuya flora  revienta en ciertas épocas con sus pinus negra, y una diversidad de arbustos y plantas que pone colorido tanto al verano caluroso como al frio invierno. Los pajarillos  y aves de todo tipo canturrean ajenos a la tragedia de Sergio que no los oye; sólo su conciencia le dice, le repite, le acucia: no tenías que haber caído en la trampa.

Tiene sed y acaba de acordarse que dentro de la roca excavada  en la cueva, nace un pequeño manantial que danza  el baile de la vida desde las cumbres del propio sistema donde se puede beber sin ningún riesgo, un agua fresca, alcalina, buena para la salud y donde los habitantes, sobre todo de Tejadillo, van a llenar garrafas de agua para tomarla como medicina, y allí se dirige para calmar su sed y sus nervios destrozados.

¿Qué va a hacer ahora? Cómo va a seguir con sus  piezas de madera y hierro que tan bien se le da armonizar y cuyas esculturas tienen una fuerza inusitada. Y qué va a pensar su familia cuando sepan lo que ha hecho, lo que ha pasado. ¿Pero cómo puede haber pasado? no se lo explica. Ha sido algo como un veneno que le ha dado pie a cometer el hecho más luctuoso de su vida. Y es que nunca sabemos de lo que somos capaces de hacer, con independencia de lo que seamos o la capacidad intelectiva que tengamos.

Sergio tiene una casa en Campillo de la Sierra que heredó de sus padres y la conserva con el cariño que le dan esos  principios que le  enseñaron sus progenitores y que tanto bien le hicieron durante tantos años, pero ahora qué. De qué le sirven ahora todos esos principios, si los ha conculcado abiertamente. A veces uno se da cuenta, que por mucho que se enseñe a los hijos, luego cada uno lleva su vida por derroteros que  ni apenas se pensaban, pero eso es la vida. Ahora se ponía más de manifiesto eso que le enseñaron de hágase tu voluntad, y vaya si se había hecho.

Vivir en Madrid y tener una casa en el pueblo es muy satisfactorio. Cambias de aires, estás con gente que sólo  ves cinco o seis veces al año, cambias incluso de idioma; bueno no de idioma, pero sí de eso que la gente llama deje, aunque da mucho trabajo y  hay que ir cada cierto tiempo para remozarla, calentarla y cuidarla porque de lo contrario se viene abajo.

No se explicaba cómo cada vez que llegaba a la casa de sus padres en  Campillo de la Sierra, y dejaba sus cosas para ir con su mujer a comprar  las vituallas necesarias y contemplar el sol que en invierno es muy satisfactorio, le desaparecían los duros que llevaba en la cartera. Tenía la costumbre, o la obsesión, de llevar siempre cuatrocientos euros en la cartera que nunca tocaba, pero le daba seguridad tenerlos ahí, de manera que no los miraba a ver si estaban porque lo daba por hecho, aunque  ahora  cada vez que llegaban al pueblo los miraba una y otra vez y sin saber porqué ni cómo le desaparecían con lo que  le daba cierto vahído pensar en ello. Siempre hacía lo mismo llegaban, se quitaba la chaqueta, la colgaba en la percha del pasillo y con ella la cartera, y como nunca utilizaba el dinero, pues era su mujer la encargada de pagar casi todo, pues allí se quedaba hasta que se iban.

En una de esas veces que llegaron al pueblo, hizo estas operaciones, pero cuando volvieron de comprar se encontró con la cartera encima del taquillón de la entrada y él hubiera jurado que no la había dejado ahí y como siempre el dinero no estaba. Pensó que alguien entraba cuando se iban a comprar y lo robaba, aunque la cartera la dejaba en el bolsillo, pero esta vez, seguro que  no le había dado tiempo a dejar la cartera en el bolsillo de la americana.

Paseando esa misma tarde por el pueblo y dándole vueltas a este asunto vieron a Camilo, el secretario del administrador de la finca, que salía del portal donde se ubicaba su piso y se le iluminó la mente. Aquel hombre debía tener todas las llaves de las viviendas porque cuando había alguna obra que hacer y previo permiso del dueño aunque no viviera en ella, pasaba y se hacían las correspondientes obras, de forma que  sospechando  y con la seguridad de que había sido él todas las veces y elucubrando mil maneras de desenmascararlo, le introdujo en el buzón una nota diciéndole que sabía que era él el que entraba a su casa y le robaba, pero claro el hombre se defendía diciéndole que no encontraría pruebas y que si seguía en sus trece lo denunciaría..

Camilo tenía un hijo cuya mala fama era conocida  en el pueblo porque al parecer era un drogadicto y un sinvergüenza, y esto le hizo sospechar más aún de él, porque si su padre tenía las llaves, el hijo podría utilizarlas, pero claro cómo lo hacía. Estaba claro que pasaban cuando él llegaba y  dejaba la chaqueta allí, en la percha.  Pero en vez de cambiar de táctica, la rutina se convertía en ley y obraba siempre igual.

Una de las veces que paseaban por una de las calles del pueblo contemplando las mejoras que se iban haciendo con el paso de los años y comentando lo que había cambiado éste, tan agrícola y ahora con las gentes automatizadas con coches, móviles, aparatos de aire acondicionado  en las fachadas, y los mil cachivaches que supuestamente hacían la vida más fácil, un joven con los pelos largos y  pantalones rotos como ahora se llevan, le dio un empujón a su mujer como si hubiera sido sin querer y le sustrajo el móvil del bolsillo, pero Esperanza se dio cuenta y  echó a correr tras el muchacho y vio cómo se lo pasaba al hijo de  Camilo, y éste al ver que iban por él, lo tiró al césped del parque por el que corrían. Lo cogieron, pues los drogadictos rara vez corren más de cien metros, ya que no están en forma claro, lo retuvieron y llamaron a la Policía local, que  acudió de momento y una vez explicado el asunto se lo llevaron al cuartelillo, donde pasó la noche.

Esperanza, la mujer de Sergio, no durmió nada aquella noche, porque esos días eran  los cercanos a la Nochebuena y sólo de pensar que la madre del muchacho no tendría su compañía, hizo que la noche para ella no fuera todo lo  feliz que hubiera sido de no ocurrir este incidente, y peores fueron los días posteriores.

Los tiras y aflojas por misivas entre Sergio y Camilo, habían ido en aumento, e incluso  habían llegado a las amenazas de obra, aunque nunca se materializaron, e incluso en alguna reunión de vecinos convocada para comentar algunas acciones que había que acometer en el bloque, se habían liado a decirse improperios, pero hasta ahí había llegado  su enfrentamiento.

A raíz de la detención de su hijo y  como cualquier padre, defendería a su vástago, aunque este no llevara razón. Camilo, una de las mañanas en que Sergio se encontraba solo en su casa llamó al timbre y al abrir  le espetó: ¡eres un cabronazo! ¿Por qué has tenido que meter a mi hijo en nuestras cuitas? No te bastaba con acusarme a mí de tus descuidos, que ahora también metes a mi hijo y haces que lo detengas?

Sergio, hombre de fuertes convicciones morales, de una educación  ética sin paliativos, pero con la seguridad y la fuerza de que las cosas hay que decirlas cuándo y cómo se merecen las ocasiones  se le quedó mirando y sin amedrentarse  le dijo: ¡vienes aquí, llamas a mi puerta y me acusas de cosas que tu sabes muy bien no son ciertas, porque si tu hijo está detenido es porque es un sinvergüenza y un ladrón, y tú tienes toda la culpa de que eso sea así porque no has sabido educarlo!  Al momento Sergio se dio cuenta de su error, pues nunca se le debe decir a un padre las verdades sobre sus hijos dado que entran en funcionamiento otra serie de parámetros tan profundos que  hace se cometan actos de los que luego te arrepientes y eso fue lo que hizo Camilo.

En la puerta de la casa se abalanzó sobre Sergio y le propinó un par de puñetazos en la cara y en el pecho, pero claro Sergio, hombre fuerte de complexión grande y con carácter no le quedó otra que  defenderse y le propinó tal puñetazo en el mentón que Camilo trastabilló y fue dando tumbos por el pasillo hasta que  cayó como un saco y se golpeó con el mueble de la entrada; un taquillón de madera de pino macizo, y se desplomó como un fardo en el suelo, comenzando a sangrar levemente.

Rápidamente Sergio cerró la puerta de su casa y se fue hacia el cuerpo de Camilo, y pronto se dio cuenta de que el golpe había sido mortal. Se sentó en el suelo y su cabeza comenzó a pensar: ¿y ahora qué hago?

Su mar de dudas se le impuso y su naturaleza tembló al ver la envergadura del hecho. Toda su vida se le iba por el retrete, por el simple hecho de perder cuatrocientos euros. La naturaleza se alió con él, porque con el frio que hacía nadie se había enterado de nada y todo el mundo en sus casas no había oído, ni ruidos, ni discusión alguna.

Cogió el teléfono para llamar a la Policía, pero sabiendo cómo estaban las leyes en este país, lo condenarían sin remedio y aún llevando razón y habiendo procedido a repeler una agresión en su propia casa, el juicio, las investigaciones policiales, los vecinos, sus amistades, su familia, todo el mundo no creería ni un ápice de lo que había sucedido por lo que desistió e intentó tranquilizarse.

Lo mejor era irse al campo, darse una buena caminata y aunque sabía perfectamente que lo que hacía era huir, se quiso convencer de que  era pensar lo que hacía. Meditar para tomar la mejor decisión, pero los hechos estaban ahí. ¿Qué iba a hacer, cuál podría ser la solución de este suceso? Cómo solucionaría el problema de un cadáver en su casa.

Ascendió corriendo  hasta la ermita de la Virgen del Pilar de Altarejos, unos seis kilómetros y después de beber agua, en la caverna de la Virgen y salir al espacio  exterior notó como sus sentidos experimentaban unas nuevas sensaciones. Veía, oía y sentía a todo lo que le rodeaba de una forma distinta y pensó cómo era posible que antes no se diera cuenta de todo esto, cómo no pensó en la belleza del entorno con todas la veces que había estado allí y una verdad se le reveló  con crudeza; la evidencia de que podría perder la libertad, la angustia de no poder tener a su alcance en el momento que quisiera todo aquello, y eso hacía que sus sentidos intentaran medir, memorizar, sentir  el entorno como jamás lo había sentido, y sintió miedo, pero no era ese miedo a perderlo todo, si no   a saber que él ser humano sólo siente de verdad cuando sus sentidos están a punto de colapsar.

La brisa le estaba comunicando una y otra vez con  sus siseos que debía darse prisa. Debía llegar cuanto antes a su casa y solucionar todo este embrollo y enfrentarse a la verdad, aunque esta fuera un tanto, abstracta. Sí, porque su verdad no sería la verdad de un juez o la verdad de la Policía, sólo sería su versión y esta queda mediatizada, siempre, por la interpretación que le dan los agentes que intervienen, y eso es tan subjetivo que la verdad objetiva casi nadie  puede demostrarla y ahora entendía todo esto.

Entendía por qué acciones que estaban claras para él, la justicia obraba de una manera rara. Entendía el por qué de las discusiones sin sentido que casi siempre  se producían entre hombres, o mujeres, o niños, con importancia o sin ella. Entendía que cada uno tiene su verdad y la defiende como si tuviera que ser la verdad de todos, y comprendió que la verdad no está al alcance de nadie, porque la verdad no existe, pues es simplemente un compendio de percepciones que cada cual interpreta a su manera y según su "programa".

Así que con estas cosas en la cabeza comenzó a bajar por la senda que desde la ermita llegaba hasta el pueblo, cuando el chirimiri  arreciaba y la luz estaba dejando paso a las tinieblas.

Llegó con rapidez inusitada que a Sergio le pareció no haber comenzado ni tan siquiera a andar, pero allí estaba el pueblo y la calle principal donde se ubicaba su casa. Una ambulancia pasó rápido y pronto se dio cuenta de que algo estaba pasando. El miedo lo paralizó y comenzó a sudar. Seguro que alguien, seguramente su mujer, había descubierto el cadáver de Camilo y habría llamado a la Guardia Civil o a los locales y ya estaría todo resuelto. El pelo le chorreaba agua; no supo muy bien de dónde procedía si del chirimiri, este que te cala y no sabes cómo, o del sudor que le producía el miedo, pero Sergio era un hombre en toda  regla y sabía cómo afrontar las situaciones y esta, a pesar de ser muy peliaguda, no iba a echarle para atrás: a lo echo pecho, así rezaba un refrán castellano y español y haría honor a su tierra.

Cuando llegó a la altura del portal vio que un pelotón de gente se amontonaba, y sin querer miró al cuarto piso que es donde se ubicaba su casa, y vio luz en la terraza, y en el comedor. Pero no se veía a nadie. Qué raro, pensó. La luz de una ambulancia lo deslumbró cuando se acercó un poco más  y los municipales que cortaban el tráfico lo miraron, de soslayo, pero no le dijeron nada y eso fue más extraño aún. ¿Qué estaba pasando?

Temblando se puso al lado de uno de los "tirillas"  que conocía y con voz casi inaudible preguntó: ¿qué pasa Manuel? El guardia lo miró y de una manera rutinaria le contestó: pues nada, Camilo que se ha tirado por el hueco de la escalera y ahí está hecho un guiñapo. ¿Y eso? Se atrevió a decir, por decir algo. Pues ya ves hijo, la gente que no sabe uno por donde va a salir y mira este tan machote como se veía y mira como ha terminado.

Lo miró incrédulo, no se podía creer que esto estuviera pasando, pero si lo había dejado hacía dos horas más muerto que una mojama en el pasillo de su casa y ahora está en el hueco de la escalera "trastabillao".

Intentó subir a su casa, pero no lo dejaron hasta que no llegara  el juez y el forense levantara el cadáver, de manera que llamó por teléfono a su casa y se puso su mujer: Dime?  Pues eso dime tú, porque yo estoy hecho un lio. Sabes… ya has visto… es que… cómo coño… Venga de deja de balbucear y ya te contaré.

Dos horas que se le hicieron más largas que un dia sin pan. Dos horas que le parecieron dos días y pensó y se acordó del juez y del forense más que si hubiera sido él el causante de este estropicio. Y entonces se dio cuenta de que efectivamente había sido él, pero  no sabía cómo, ni de qué manera. Su cabeza echaba humo de forma que  como hacía siempre que tenía un problema se puso a pensar en cuál sería la próxima escultura que iba a hacer. Tendría que tener fuerza, debería ser una cruz o un Cristo o algo parecido, o un Cristo en la Cruz, y lo haría con los maderos y el hierro que tenía allí de otros restos de piezas del campo. Se concentró de tal manera que el guardia le dio un susto de muerte cuando le dijo ¡coño Sergio quítate de en medio que tiene que pasar el juez!

Después de hacer todas las diligencias necesarias el servicio fúnebre del Ayuntamiento de Campillo de la Sierra, levantó el cadáver y se lo llevaron a la piedra del cementerio que hacía las veces de anatómico y  ahí se acabó toda la parafernalia, toda la historia. La gente que se arremolinaba en el entorno comenzó a desfilar a sus casas y entre comentarios de estupor o de  lo que es la vida se fueron dispersando de manera que Sergio tuvo la oportunidad de volver a su casa.

Subió lentamente los cuatro pisos que le separaban del domicilio que una vez fue de sus padres y  cuando llegó al rellano lo estaba esperando  Esperanza, su mujer. La luz de la escalera parpadeaba y a cada momento había que estar dándole al pulsador, de manera que  sin mediar  palabra, entraron en el piso y cuando cerraron la puerta, Sergio miró hacia el lugar donde  había caído Camilo, y tras varios segundos Esperanza le dijo: la vida es lo que es, y a veces uno debe dejar que los acontecimientos se solucionen por sí solos.

 

Pero… balbuceó Sergio.

 

Y lo mismo te digo: a veces es mejor no darle vueltas al molino porque el trigo no muele bien, cuando la piedra se atora por demasiado volumen…

 

Sí...  pero…

 

Ni pero ni pera, tú no has tenido nada que ver en todo esto, piensa que ha sido todo un mal sueño del que no has de despertar y que las cosas no son nunca lo que parecen, un accidente, del que tú no tienes nada que ver.

 

Abrazó a su mujer y en su cabeza vio el trabajo que tuvo que haber hecho para coger a un cuerpo muerto y lanzarlo por el hueco de la escalera, aunque le extraño que la sangre que había junto al mueble, menos de la que él había visto, aún no se había limpiado. Parecía mentira como todo se agranda y se deforma, ante un problema.

 

Le hizo caso a su mujer, esto  no ha tenido que suceder y volvió a abrazarla con ternura.

 

Esperanza lo abrazó y pensó en lo que tuvo que sufrir el pobre Camilo, levantándose del suelo y caer por el hueco de la escalera, seguramente por el atontamiento del propio golpe.  Si hubo pelea, lo desconocía, pero cuando ella llegó ya no había nadie en su casa, sólo una manchita de sangre que apenas le dio importancia.

Ray Niebla