EL MISTERIO DEL CABRERO DE SEVILLA ANA ISABEL ESPINOSA

EL MISTERIO DEL CABRERO DE SEVILLA

por  ANA ISABEL ESPINOSA

Una fumigación, cabras muertas y una familia de cabreros que está expulsada del Padrón municipal de Alcolea. Así se masca la tragedia. Es la pescadilla que se muerde la cola, viendo como vemos a Pablo Iglesias recibir un escrache o a Irene Montero con la cría a cuestas. Los tiempos no cambian, solo se revuelven. Nos adecentamos y maquillamos el perfil, pero el Besamanos va por dentro con los virus cabalgando como la niña de Montero por todas partes.

Nunca quise llevar a mis hijos a cuestas, así que por lo que siempre luché fue por guarderías que cuidaran de ellos. Las pagué religiosamente a los más peques, ya que con los mayores iba de campamento itinerante hasta que cumplían los tres años que era el momento en que los escolarizaba.

Las mujeres siempre hemos criado a los hijos, pero ya ven yo confiaba que las nuevas lo harían mejor que nosotras, las entremediadas. Mis amigas, coetáneas, como Amparo Butrón que han sido (y son) funcionarias de la Junta, Maestras, Directoras de cole o psicólogas en Puerto dos, se las han apañado con las guarderías, las abuelas, las señoras de ayuda en casa y otras combinaciones de todo eso. Sin embargo, ahora se nos tacha de explotadoras por tener ayuda en casa, cuando hay leyes que amparan a las trabajadoras domésticas y mucho trabajo por realizar, sobre todo en algo tan necesario como es el cuidado de los abuelos. No lo entiendo. Está todo legislado, decretado, reglamentado. Solo hay que llevarlo a cabo y no estafar como le han hecho a Fidel Albiac cuando ha invertido en propiedades en Sevilla, que es de donde es el cabrero de las cabras muertas que no empadronadas.

Si se quieren quitar la angurria del cuerpo con todo esto que les estoy contando, piensen que acaban de fumigarse los Carnavales y ya en los asiáticos (seamos correctos lingüísticamente) empieza la Feria con pulseras  y pendientes de plástico que lo petan. También es época de Topolinos gratis  en los Italianos de Cádiz, que para quien no haya suspirado por uno les diré que es un barquillo natural enrollado hasta hacerse cono, con una bola  –perfecta- de copete compuesta por helado de dos sabores por dentro y recubrimiento de chocolate por fuera.  Me dirán que hay una marca comercial que tiene uno parecido al que llaman “negrito”, pero igual no es,  ya se lo digo yo,  que no hay como meterse en la boca el de los italianos para comprobar lo muy jodidamente bueno que está.

Y es que la Calle Ancha de Cádiz se ha convertido en aviadero de desgracias  para aquellos que convidamos al peso magro con pastelerías artesanas y heladerías con solera.

Por eso, aunque mi amigo  Montiel de Arnaiz quiere que vaya a la APC para culturizarme,  yo solo pienso en pasar por Corneta Soto para degustar en la pastelería Butrón y luego en sentarme en los Italianos a darme un merecido homenaje. Sí, ya sé que soy como las cabras de Alcolea, muertas por fumigación y encima sin empadronarse, pero es la metáfora de la vida que si denuncias lo pagas con la expulsión inmediata fuera del partido.

Eso lo debe de saber bien el que fue árbitro de decenas de partidos de mi hija en su trasiego por equipos de baloncesto de la provincia, que ahora recala en el Club Náutico cafeteando a socios ociosos y señoronas hacedoras de pulseras.

La vida es amalgama de momentos y sensaciones varias como la dulzura del helado en las gustativas dándote segundos de cielo y siglos de gordura que no hay como nacer de una alcalaína que pasó hambre para que tu ADN se rebele a que adelgaces o te tortures con dietas.

Un buen Besamanos me haría falta adobadito de coronavirus con encarcelamiento de 40 días (con sus tantas noches) escribiendo, a dieta de líquidos para salir victoriosa como si fuera del desierto, delgada y con miles de seguidores que me dieran carrerilla de la buena,  que esto de escribir es ruina y como no enseño teta no hay editor que fie de mí, ni me haga sugerencias por DM para embutirme una novela.