El asesino de las citas. Ray Niebla

 

El asesino de  las citas.

 Ray Niebla

 

 

El rio bajaba lleno, ruidoso y crecido aunque no había peligro para  nadie; la fuerte crecida arrancaba los yerbajos que había en las orillas y algunas piedras rodaban dentro de él como si no pesasen nada.

Llovía a mares, y el frio lo hacía todo más intenso, pero siendo esto así, no amilanaba a  Maxi, que sentado en una de las orillas y entre los cañizos que  recorrían algunas zonas de la ribera, recitaba trozos de poemas y retazos de algunos personajes que había interpretado:  «Oigo patria tu aflicción y escucho el triste concierto  que forman tocando a muerto la campana y el cañón…»;  «Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece, sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza»  «¡Esta es la reflexión que da tan larga vida al infortunio! Pues quien soportaría los  ultrajes y desdenes de este mundo; los agravios del opresor, las afrentas del soberbio»  Mientras declamaba, el agua de  la lluvia le caía por la cara convirtiendo su pelo en una maraña de  pegadizos flecos que se le metían por los ojos. Apenas veía nada, pero no le importaba.

Se llamaba Maxi. Maximiliano como su padre y como su abuelo, y era actor. Sí un actor  con renombre pero con fama de loco, de  no estar en sus cabales, y todo porque su comportamiento no era  del todo  lo que apetecía la gente. No era de izquierdas, ni tampoco de derechas, simplemente era y sin  querer se acordaba siempre del pobre Federico García Lorca, que lo mataron por no ser ni de unos ni de otros, pero claro también era porque  se comía el coco con tantas cosas que no apetecía oír a nadie. Le llamaba la atención  cuando alguna de sus compañeras le decía: «no, si yo cuando me beso o me meto en la cama con otro actor  estoy fingiendo, no es verdad», y se preguntaba qué diferencia había. Acaso la diferencia entre el cuerpo y el alma se pueden disociar. Acaso un beso de amor apasionado no es tan formal como uno de «verdad» Y lo mismo le pasaba cuando algún compañero le comentaba cómo se metía en un personaje, y lo vivía y entonces él le comentaba: algún dia nos vamos a volver todos locos con este mejunje de emociones para  hacer un personaje.

A mí me parece que tantas personalidades y durante, en algunas funciones, tanto tiempo, no debe ser bueno» y ahí acababan las amistades, pues le decían que era toxico.

Se lo llegó a creer. Se creyó  que era un loco, que los papeles de vate le venían como anillo al dedo, y llegó un momento que lo encasillaron y se enterneció su personalidad de tal manera que sólo pensaba  en cómo ser más loco cada día.

Su cabeza le hervía, el agua se le metía por todo el cuerpo, sus cabellos parecían serpientes venenosas haciéndole cosquillas en el cuello y en la cara, y en su mente sólo había un grito: «loco, loco, loco. Ante su desesperación un pensamiento hizo que todo su ser se calmase. Efectivamente soy un loco, y como tal, me comportaré: «cuando uno mismo podría procurar su reposo con un estilete»  de nuevo las palabras de Hamlet»

Cuando pensó en un estilete se dio cuenta de lo que había hecho la última vez que  tuvo uno entre sus manos.  Las palabras de su mejor amigo le llegaron claras al oído «se mató por no matar». Y el llanto se mezcló con la lluvia y la congoja se mezcló con el ruido del agua y el furor, el odio y la venganza le partió el corazón como se partían las  ramas secas con la fuerza del agua.  De nuevo trozos de obras clásicas: «Yo lo dudo —replicó Sancho Panza—, porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez». (Teresa Panza) 

El reino de Teresa Panza y por ende del Quijote no entraba en su cabeza y por ello toda esta barahúnda de sentimientos se agolpaban en su mente porque él era el autor de tan negativo suceso, pero que vio  como la suerte se ponía en su lugar y condenaban a su mejor amigo por la muerte de otro actor que acabó la función de Hamlet clavándose  un estilete por no matarlo a él.

Sí él fue el culpable de esa muerte por traición, porque en su afán de ser un loco, siempre hacía locuras que todos le perdonaban porque  las funciones se llenaban  y porque nadie mejor que él no había en estas lides, y esas locuras lo llevaron a acostarse con la mujer de este Hamlet, para demostrarse así mismo que sus locuras eran todas fingidas, pero nadie se daba cuenta de ello. Otra vez las palabras de Fray Lorenzo en Romeo y Julieta: «Ya veo que los locos están sordos Romeo, y no puede ser de otra manera si los sabios están ciegos»

Tan ciegos estaban todos sus amigos y compañeros para no darse cuenta que él no era un loco si no un auténtico actor. Y antes de aquella función se jactó  y ensalzó su acción delante del marido cornudo, de manera que el pobre  Hamlet de pacotilla, no pudo más y acabó con el estilete clavado en el pecho como la tragedia que estaba representando. Y al final, las cosas las complicaron tanto (pleitos tengas y los ganes), que acabó en la cárcel su amigo del alma. Y allí estaba él con el agua al cuello, igual que en la novela de Petros Markaris, donde el Comisario Jaritos husmea en las pasiones humanas de un asesino en serie. Él se había convertido en eso, y había creado un personaje humano, pero loco, divino, pero loco, mentalmente sano, pero loco, y había matado ya a veinte personas, entre ellas a la mujer que desencadenó aquello por acostarse con él.

Ahora ya no podía parar. El personaje Maxi, se había metido en sus meninges y su inteligencia homicida le inducía a hacerlo una y otra vez, y era de tal eficacia que no habían podido cogerlo aunque él se empeñaba en que lo hicieran. Estaba ya cansado de hacer toda aquella sin razón con toda la razón, porque siempre asesinaba a todos aquellos compañeros suyos que  eran egoístas, falsos o falsas, más las mujeres que los hombres,  vanidosos, egocéntricos, puñeteros lameculos vendidos al poder y señaladores de complejos, maricones de culo bajo y putas de andamio, coleópteros de lengua bífida y cabrones adinerados que fingían no tener para así no ayudar a nadie. Verduleras de farmacia, cochinos de vendetta, y palangraneros  sociales, odiosos por su versatilidad.

Siempre dejaba un pin de Madrid en la escena del crimen. Lo hacía para demostrar que se puede vivir en una ciudad amable y ser un asesino, y que además no pudieran con él.

A la Policía la traía a mal traer. No tenían nunca nada pues ni tan siquiera sospecharon de él. ¿Cómo un actor tan bueno, que hacía papeles de loco podría estar tan loco como para hacer algo así?, pues se aprovechaba del dicho que en la Policía se llevaba  mucho, aquello de: solo un loco hace locuras, pero un loco fingido jamás se apartará de la razón» ¡que ilusos!  Sólo la razón crea monstruos. Y si además gozas de inteligencia mejor que mejor.

Preparaba sus coartadas enfermando y teniendo que estar en el hospital, recluido en su habitación. En una entidad privada donde  por la noche, si el enfermo estaba tranquilo, no lo molestaban en cuatro o cinco horas, tiempo que aprovechaban las pocas enfermeras  que había, para echar una cabezada. Era muy fácil, sólo cuestión de conocer el tema. Antes de la acción ya había planificado todo y sabía hasta como  andaba la víctima propiciada. Era muy entretenido que entre función y función de lunes a miércoles, vigilar, seguir, hablar, conectar etc. con su víctima. Sí era muy agradable. Después, todo era coser y cantar. Salir de la habitación, que siempre procuraba que fuera cerca de una ventana y en el piso bajo, coger el coche que lo tenía aparcado lejos del edificio y hacer el «trabajo y volver a acostarse  en su cama y a los dos días se ponía bien. Era fácil para él hacer que le subiera la fiebre o que le bajara. Era un don. Todo estaba en el cerebro. Otras veces lo hacía quedando con algún amigo en un garito donde sabía que la víctima el jueves o el viernes acudía a ella y cuando el momento fuera oportuno: ir al servicio, salir a fumar al callejón o algo por el estilo, cometía su crimen y volvía con el amigo a seguir tomando cerveza. Era fácil. Era un don.

Se levantó de entre las cañas y volvió despacio al camino. Estaba chorreando, pero nadie se extrañaba de ello cuando entró en la población donde vivía. Estaban acostumbrados a sus excentricidades. Un pueblo de la Sierra de Madrid donde el frio se mezcla con  la brisa y el calor del verano con el salitre del rio. Llegó hasta el edificio donde pasaba sus días solo, meditando, estudiando el nuevo papel que  le haría cosechar nuevos triunfos para rabia de más de uno, sobre todo de compañeros de infortunio, pues ser cómico era un completo infortunio. Otra vez, otra obra: La leyenda del beso y la gitana Amapola: «Yo quiero quererte, mas temo perderte, que en mi amor arde un fuego de maldición» Sí, el amor al teatro, el fuego y la maldición que había hecho ya mella en su alma.

Se ducho y se acicaló lo mejor posible y salió  a la calle. Ya no llovía y la luz comenzaba a desaparecer. Tenía que seguir vigilando a su próxima víctima. Su mejor amiga lo había traicionado con el actor protagonista de Macbeth, quien por su recomendación había conseguido el papel.  «La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita, una hora en el escenario y después no vuelve a saberse nada de él: es un cuento contado por un idiota». Eso era el amigo de su amiga.

No se entretuvo con nadie pues su visión iba encaminada al acto necesario y sublime que tenía que cometer. Un asesinato es una obra de arte, es un papel que asume todo el oprobio, todo el mal, toda la sombra negra que un ser humano tiene. Debe ser inundado por todo ello para que sea una obra de arte de tal calibre que todo el mundo hable de ello sin que nadie consiga saber nada de nada.

Pasó por la puerta de una Comisaria y se detuvo a sonreír a los policías que estaban en la puerta que sin hacer caso a este gesto, pasaban su tiempo entre paseos cortos o charlas insulsas. «Los héroes inútiles» Se acordó de Leopoldo Panero y su obra con este título y pensó: esta pobre gente les pasa como a los cocineros que hacen su obra y a los cinco minutos está acabada. Estos hacen todo los días los mismos actos y con los mismo personajes y siempre acaban igual, y cuando tienen delante a un genio, ni sienten ni huelen.

Siguió su camino hasta la puerta de la casa de Flor, su amiga del alma que debía matar cuanto antes porque no se merecía ni vivir un segundo más y él estaba allí para cumplir con el mandato del equilibrio de la vida.  Paseó, se sentó, leyó y mientras tanto observaba idas y venidas. Escribió un verso en el banco con la punta de la navaja que siempre llevaba para «ocasiones» «Yo quiero ser tu amor, tu pensamiento, quiero que tu alma se enamore de la mia y juntos ser…» siguió a la infortunada, la pesó desde  la distancia, dibujó su pelo en su cabeza y los pantalones ajustados que  Flor llevaba, se desdoblaron en su mente de manera que veía sus glúteos como si no llevara nada puesto, y le llegaron imágenes de sus noches con ella en la mullida cama de su apartamento.

 

Nada se le debía escapar. Todo tenía que estar en su sitio. La disposición de la víctima debía ocupar el puesto correspondiente, y la situación debería crearse ex profeso para el acto de matar y entonces llegaría la ocasión. Y ahora todo estaba  en su sitio. Pero emplearía otro método, el de la enfermedad ya estaba muy manido y le aburría.

Se sentó en el  bordillo de la acera para afrontar mejor su situación mediática y comenzó a desdoblarse, a asimilar todo aquello que tenía que hacer, y lo fue desgranando: Primero he de conducir a Flor hacía la nada, es decir hasta el local donde se hacen los castings, y para ello tengo que convencerla de que allí tendría la solución a todos sus problemas; esos problemas que todo el mundo tiene cuando se queda a solas, y de los que somos incapaces de resolver aún cuando nos comportemos como seres divinos y felices. Es la mejor añagaza; prometerles un sueño real y la paz de espíritu. «te cogerán para el papel protagonista»  Cuando esté allí ya habré dispuesto lo necesario para que caiga en la trampa  de beber la coca cola que  previamente habré manipulado. Por supuesto que nadie sabrá que soy yo el que va a estar allí, pues la cita se hará con la inteligencia suficiente para que ella crea que es alguien de su confianza quien le ayudará a conseguirlo. Así funciona este país y por ello es fácil convencer a la gente. Una vez terminado el trabajo, y vea que Flor se ha bebido el mejunje, y antes de que los síntomas  lo delaten, con cualquier disculpa saldré por el  cristal roto de la puerta trasera que abre  hacia el pasadizo de  descarga y me escabulliré por el bar que hay en la esquina. Espero que no haya nadie esperando pues no es día de castings, pero ella no lo sabe. «El retirarse no es huir, ni el escapar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza» que gran dramaturgo fue Miguel de Cervantes pensó.

Se levantó y se dirigió hacía su casa para preparar a conciencia lo que tendría que decirle a su amiga para que fuera al local.

Se sentía contento, y era feliz porque  su pasión por la inteligencia lo había llevado a ser el más humilde de sus servidores, y ella, la inteligencia, como buena anfitriona lo llevaba por sus derroteros, igual que el agua cuando se desborda y cae por los precipicios buscando su nivel.

Mientras tanto, el mendigo que estaba dormitando al lado, en el suelo, junto a un banco cerca de donde se sentó Maxi, sin que éste, al parecer se diera cuenta de que existía, y eso era lo normal, a los mendigos no se les ve, desaparecen del ambiente como por arte de magia, «la Vida es un magro puchero» se dijo para sí mismo el mendigo recordando a Valle Inclán en Luces de Bohemia; tan magro que uno se entera sorprendido de que un tipo hablara en voz alta y planeara un acto  tan siniestro sin reparar en testigos.

Esperó hasta encontrar al Inspector  Bruma, con el que siempre le había unido una buena amistad, ya que este hombre era especial. No era el policía al uso y le contó punto por punto lo que había oído, nombre, lugar, modus operandi, tiempo,  del tipo que hablando solo discurría sobre el hecho que estaba a punto de cometer.

El Inspector sopesó toda la información y al momento pensó en avisar a la presunta víctima, pero lo descartó porque si esto era verdad, ella se negaría a ser el cebo y si no era verdad quedaría como un tonto, un estúpido que le da pábulo a un borracho, a un mendigo. Así que hizo lo más fácil. Le pidió a la Secretaria del local de casting,  poder quedarse allí en una habitación con vistas a la calle y desde la que se podía ver a los visitantes con la disculpa de estar vigilando una vivienda de enfrente, y la chica, guapa por cierto, con gafas de un dos tres, no le puso pegas, aunque avisó a Bruma que ese día no había casting para nadie.  Se apostó dentro del local, en la habitación elegida hasta que hicieran acto de presencia los actores mediáticos.

Pasaron unas  horas hasta que la puerta se abrió y por ella entró Maxi, con una bolsa de plástico, donde llevaba las «armas» para su acción, que depositó en la mesita que había en un rincón, y al rato entró Flor. Una mujer muy bella, bien dotada y con ese especial encanto que da a las mujeres el mohín de feminidad.

¿Pero qué haces tú aquí? ¿No me dijiste que tendría que venir sola porque tú no podías?  Preguntó.

Sí, pero luego me llamaron y a lo mismo que tú. Me han citado y aquí estoy, tomando una coca cola que he traído de casa. No sé qué papel me van a dar o si me lo darán. ¿Quieres una? Y a su cabeza, por la mentira que estaba diciendo, de nuevo una frase «No es necesario creer en lo que dice un artista si no en lo que hace» y se acordó de su amigo David que siempre decía esto.

¿Pero, es que sabías que quién tiene que venir iba a tardar mucho o qué?

No, pero siempre hago lo mismo cuando acuerdo una cita, me llevo «material»

Aceptó y le destapó la botella de coca cola cero.

Cuando iba a beber, Bruma salió de su escondite y conminó a Maxi a que se arrodillara… Quedas detenido por intento de asesinato. A la cabeza de Maxi vino otra frase de la obra El Retrato de Dorian Gray: «El alma es una terrible realidad. Se puede comprar y vender y hasta hacer trueques con ella. Se la  puede envenenar o hacer que alcance la perfección»

Él tenía un alma que ahora debería poner en funcionamiento y a ver qué pasaba. Se hincó de rodillas, hizo todo lo que le pedía Bruma; le puso las esposas, y sin más fueron conducidos los dos a Comisaría.

Pronto se dio cuenta que  en cuestiones policiales el alma es un invento. Y maldijo a Nietzsche, por llevar razón, y aunque su alma era negra, sólo sería comprensible para los demás si seguía las instrucciones del mito. Y él era un mito, y como tal nadie podría hacerle daño. Además no sabían nada de nada.

Solo que a Bruma no se le escapó, al registrar la cartera de Maxi, el pin de Madrid que llevaba escondido en un papel.

Llamó al juez de guardia para exponerle el caso y solicitar un registro en la casa del presunto asesino, pero el juez no se lo dio porque no encontraba elementos de juicio para entrar en casa ajena, y Bruma, en su control, maldijo al juez y toda su casta. Este juez que mil veces se había negado a echar a mil okupas, porque eran gentes sin posibles, y en el caso de un presunto asesino múltiple, no se le da el mandamiento de registro y entrada porque es un domicilio privado. Pero es que los jueces se han vuelto todos locos. Así que haciendo caso omiso, se fue al domicilio y con las llaves de Maxí entró y allí encontró todo un arsenal de pruebas, que hasta ADN se podría extraer de los objetos bien colocados y reseñados.

Una lista completa de cómo y porque tenía objetos como ropa, colgantes, pendientes,  y hasta un ratón aplastado y seco, halló escondido en un libro de relatos de Alberto Moravia: Cuentos Romanos, que a Bruma le pareció muy apropiado porque siempre hablaba de personajes moralmente alienados y llenos de miserias. Igual que el pájaro este que no sólo estaba alienado si no loco de atar.

Científica se hizo cargo de todo el informe y el juez de Guardia llamó a Bruma y le dijo que iba a solicitar una sanción por haberse saltado su orden de manera poco profesional y  Bruma mirando a la cara al Juez le espetó:

Si de verdad tuviera usted vergüenza dejaría la profesión porque es indigno de estar en ese puesto. Se ha descubierto al mayor asesino de todos los tiempos, se ha evitado una muerte más, se ha quitado de la circulación a un loco y usted sólo piensas en informar para que me sancionen, pues hágalo si tiene cojones, pero aténgase a las consecuencias porque yo tampoco me voy a quedar de brazos cruzados. Mientras tanto Maxi en el calabozo recitaba: «Podría estar encerrado en una cáscara de nuez  y sentirme rey del espacio infinito»  Shakespeare, siempre resultaba útil.

Bruma salió a la calle y miró al cielo. El sol renacía después de la tormenta y ensimismado en su propio yo, algo habitual en Bruma, se quedó mirando en el escaparate de una librería, y le llamó la atención un libro de relatos: los Cuentos Completos de Edgar Allan Poe y una historia le vino a la mente Berenice y el principio del relato que siempre se  supo de memoria: «La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la Tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¿Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado a un tipo de fealdad: de la alianza y la paz, un símil de dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud la angustia de hoy, o las agonías que son, se originan en los éxtasis que pudieron haber sido»

 Sí, parece ser que todo se contagia.

 

Ray Niebla