Daimiel: Muerte de un guardia forestal por Ray Niebla

Daimiel: Muerte de un guardia forestal 

por Ray Niebla

El patio de  la era estaba revuelto y la carga de mies todavía no se había producido. Los carros y las galeras se veían ir y venir hacia  los lugares destinados para ello. Una vieja máquina de aventar se llenaba de polvo  y con el calor del verano se achicharraba en la era. Allí todavía no había llegado el progreso, y el  peso de la guerra, tanto de la fratricida en España como  la Gran Guerra, se amontonaba en los hombros de los campesinos. Era la España rural de los cincuenta.

Daimiel es un pueblo que  en la posguerra se quema de sol y hambre y sólo los más avispados se llenan el buche, pescando  lucios, carpas o gambusios en unas Tablas pletóricas de agua. Allí el general Franco va a pescar y a cazar sobre todo el pato colorado, fochas, bigotudos o palustres, y el pueblo cada vez que el General viene, se llena de banderas de España, vivas a Franco y especulaciones económicas. Los carpinteros llenan sus arcas haciendo pequeñas embarcaciones donde va subido el general, y la zona se llena de buenos duros.

Y allí, en una zona cerca de Molimocho, molino donde muele el trigo que se recolecta, y  se cogen a mano o con "garlitos" o reteles cangrejos que la Guardia Civil no protege porque sabe del hambre  y las necesidades de  la gente, busca quíen pudo ser el asesino del guarda forestal que a caballo cuidaba de toda la zona.

Apareció muerto y descabezado cerca de una casucha que los pescadores tienen al lado del rio, muy cerca del lago de  la "Señora" donde se contaba que una señorona del pueblo había desaparecido con el tílburi y el caballo que conducía, tragado por las aguas de un Guadiana desbocado y peligroso. El caballo, del guardia forestal, pastaba sereno y con la silla montada aún cerca del lugar donde se encontró el cuerpo. La sangre manchaba las hierbas de la orilla y el reguero se extendía desde el lugar del descabezamiento hasta donde ésta se encontraba. El sol había dejado las rozaduras del tajo en el cuello, con el instrumento utilizado para ello, con un color negruzco que dinamizaban aún más lo grotesco de la muerte.

Nadie había hablado y nadie sabía nada, sólo que el guardia en cuestión era un hombre de mala fama por su ira y desprecio hacía todo aquel que no cumpliera con la ley, aunque él se la saltaba cuando quería, ya que cazaba, o pescaba cuándo y dónde le daba la gana. No era extraño que "alguien" se hubiera tomado la justicia por su mano.

Los años cincuenta eran pobres, desmedidamente pobres, y el odio de la guerra aún se rezumaba por los andurriales del pueblo, a pesar de que allí no había habido frente bélico. El rio Guadiana se mostraba en toda su plenitud y el ruido que hacía comportaba un peligro añadido, sobre todo para los niños de los pescadores y gañanes que ocupaban la zona de fincas de los señoritos del pueblo. El tiempo, pasaba lentamente, y los años, meses y días  duraban una eternidad. No era extraño que las gentes envejecieran antes, pero no era porque tuvieran menos edad, si no que su tiempo fue más lento.

El teniente de la Guardia Civil se devanaba los sesos pensando, e intentando sonsacar a  todo el que se ponía a su alcance, alguna información, empleando, algunas veces, métodos no del todo legales, pero le estaban pidiendo resultados en la investigación y nadie podía escapar a la justicia cuando se ha asesinado a un hombre de la ley. Esto no se podía permitir o todo el trabajo hecho se vendría abajo.

El jefe del sindicato vertical que mandaba en el pueblo, junto con las fuerzas vivas como la Guardia Civil, los jerarcas adinerados, y los curas que no habían sido asesinados por los republicanos, estaban al tanto de las pesquisas  que el benemérito Cuerpo llevaba a cabo y exigían resultados, por lo que el jefe de la Sindical como se le llamaba a Fernando Fernández de la Franca, tenía en su poder algunas de las pruebas que se iban consiguiendo, y con ello su preocupación iba en aumento.

Habían  encontrado el caballo con la silla quitada, pero no faltaba ninguna pertenencia del muerto. La cabeza había sido encontrada a veinte metros del cuerpo,  y unas pisadas de albarca hechas con rueda de camión, estaban claramente señaladas a la orilla del rio Guadiana en su parte más honda. Era raro porque pareciera que el asesino se había tirado al rio y allí habría perecido por los remolinos que tenía esa zona y que era imposible que nadie sobreviviera. Pero no faltaba nadie en el pueblo. Ni gañan, ni peón, ni zapatero, ni tampoco ninguno de los borrachines que pescaban en el rio y que algunos enfrentamientos habían tenido con la Guardia Civil. Si tenía el cuerpo del asesinado, una mano dibujada en la espalda, como si el que le cortó la cabeza, se hubiera limpiado en la misma la mano con la que lo acuchilló.

La puerta del casino de Daimiel donde se sentaban los prohombres de negocios, agricultores adinerados y jefes de familias importantes, que exhibían su poder fumando puros habanos y vistiendo trajes de buena tela, era una exposición de argumentos, dimes y diretes, teorías, acusaciones veladas contra unos y otros, pero ninguno aportaba nada en especial, de manera que las especulaciones se centraban en que el asesino o asesinos debían ser de otro pueblo, y que seguramente era producto de venir a robar los pescados o los cangrejos que servían de alimento a mucha gente, pero entonces no tenía sentido que hubieran matado al guarda que  para nada defendía los fondos de alimentos que el rio guardaba, y sólo lo hacía para su necesidad o para que le comportara alguna renta de las muchas que  tenía.

A los pocos días del descubrimiento ya  se veían por la plaza de Daimiel, los copleros, que hacían su agosto cantando y recitando con el sonsonete peculiar,  coplillas relativas a los sucesos, y que vendían por menos de dos céntimos. Eran los antecedentes de la prensa negra como el famoso Caso, periódico que sólo traía sucesos sangrientos.

Así rezaba una de ellas:

En el pueblo de Daimiel, le han cortado la cabeza

A un caballero a caballo, y lo hicieron con destreza.

 

Lo han matado con espada, con cuchillo o con la hoz

Y todavía nadie sabe cuándo esto sucedió

 

Las gentes del pueblo dice: que era un hombre, malo,

Atroz, pero eso no justifica su muerte sin corazón

 

….

El verano se hacía insufrible, y el calor agobiaba, aunque las gentes de la zona ya estaban acostumbradas a estos calores  de solemnidad, y a las tres de la tarde cuando la canícula caía a todo trapo, aún se veían a los plaiteros hacer sus pleitas en las puertas de sus casa o aventando el poco trigo que podían robar sin ser vistos para hacer un poco de pan.

El teniente de la Guardia Civil con un abanico, se hacía aire mientras  proseguía su investigación partiendo de un secreto que sólo él conocía como miembro del Cuerpo, y era que el muerto pertenecía al cuerpo de verdugos que de manera discreta se cernía por toda España y que eran llamados cuando se necesitaban.

Mucho se había especulado con estas cosas cuando  algún vecino, se veía que no trabajaba en nada, se sentaba a la puerta de la calle para ver pasar el tiempo y de vez en cuando desaparecía unos días, y lo mismo pasaba con el guardia rural que desaparecía de vez en cuando, y cuando volvía, se pasaba unos días sin hacer nada y paseaba solo por el campo y las calles del pueblo como meditando o como si hubiera cometido un acto peligroso. Y así sería pues era el verdugo oficial de la zona y la administración carcelaria lo llamaba cuando era necesario y tenía que ajusticiar a alguien. Normalmente era el garrote Vil lo que aplicaban estos verdugos.

Como tal funcionario público y vistas sus actuaciones seguramente alguien era portador de dicho secreto y habría tomado represalias por algún motivo, y haciendo las pesquisas necesarias llegó a la conclusión de que dentro del grupo de los más recalcitrantes del pueblo habría de estar el asesino, por lo que se dispuesto a seguir y vigilar a cada uno de ellos.

En esas estaba cuando le llegó la comunicación de otro pueblo cercano a Madrid donde se decía que había sido asesinado del mismo modo otro de los verdugos de la administración. Si era el mismo modus operandi, entonces tendría que ser: o bien una organización o un asesino múltiple, y ésos desde que acabó la guerra, y vistas las acciones de la Brigada Social, nadie se había atrevido a matar a nadie. Sólo se habían dado dos casos de muertes por celos en alguna de las casas de campo de entre las muchas que había en Daimiel.

De Madrid se desplazaron dos funcionarios, de dicha Brigada Social, adscritos a la Brigada Criminal de la Guardia Civil, para entrar a trabajar como peones en una de las casas más ricas de un adinerado de Daimiel. La Casa de los Ladies, en el más absoluto de los secretos. Y allí comenzó una disección de la población rural, trabajadora como nunca  había habido, y la casualidad hizo que desde que llegaron estos dos agentes encubiertos, se diera alguna que otra paliza, algún que otro brazo roto para que alguien hablara, pero nadie decía esta boca es mía.

Como cada año, en Septiembre, el pueblo disfrutaba de sus  ferias y fiestas y en los años cincuenta, y como la economía no estaba para tirar cohetes, se había  pedido a los más pudientes que aportaran algunas cosas para que el pueblo pudiera tener unas fiestas dignas, y se pudiera olvidar cuanto antes el odio de la guerra, y allí  todos ofrecieron mano de obra para montar algún chiringuito, vino, patatas, algún que otro cerdo y los más adinerados un par de vacas que en los llamados "Chozos" se ofrecían casi gratis a todo aquel que fuera al recinto ferial,

Y en una de las veces que un agente encubierto de la Brigada, que fue a casa del farmacéutico a cargar algunas viandas, se dio cuenta que en el zaguán de la puerta de entrada, tenía colgada una especie de espada cuya empuñadura no tenía guardapuños y era lisa, de hueso y con un corte  de lo más fino que había visto, y además había una especie de letrero hecho con cuero que se mantenía a la derecha de la catana, pues eso era la espada, donde rezaban unas siglas que ya las había visto en alguna otra operación. CDR.

Nadie sabía lo que aquellas letras significaban y nadie soltaba prenda sobre aquello, pero ¿qué relación podría tener el farmacéutico con aquello: hombre adinerado, culto de buena posición y con antecedentes de los más adictos al Movimiento que él, con la muerte de un verdugo, y guarda del campo? Nada. Pero el teniente, hombre avispado y conocedor, más que los agentes encubiertos de lo que pasaba y pasó en el pueblo, pues se había criado allí y pertenecía a una familia campesina, pero de buenos posibles, comenzó a atar cabos y a vigilar al farmacéutico y a su familia, pues éste tenía un hijo, abogado, amigo íntimo de José Antonio Primo de Rivera y también del asesinado en el pueblo José Ruiz de la Hermosa, y que proseguía con su cruzada a pesar de que ya hacía años que ésta había acabado, cazando maquis y ejerciendo la acusación popular en juicios sumarios que todavía se daban, y por ello tenía mucho conocimiento de quiénes eran amigos y quién enemigos.

Lo que no sabía el teniente era que este abogado, era un  agente doble.

La pesquisas se cronificaban y no había resultados. Se entenebrecían los acontecimientos, porque al año de buscar, y de retirar a los dos agentes desplazados a Daimiel,  se dio la muerte de otro verdugo, esta vez en Santander, y fue la Providencia la que les dio la señal para hilar todo el asunto.

Era la Semana Santa; marzo y el frio entonaba su canción favorita. La de helar a los daimieleños; la procesión de los "Coloraos" estaba desfilando por las calles del pueblo cuando una llamada de teléfono al Cuartel de la Guardia Civil puso en guardia a todos los efectivos. En la comunicación se decía que  había que vigilar,  sin paliativos, al abogado hijo del farmacéutico, porque había que averiguar que hacía una catana y las letras CDR en la casa de sus padres. En la comunicación oficial se decía también el significado de tal acrónimo: "Cinco dedos Rojos" El motivo fue que  en la escena de la muerte del verdugo de Santander, se había encontrado un pañuelo con las mismas siglas, y enseguida supieron que tales pañuelos eran como una contraseña para saberse entre los miembros del grupo CDR quienes eran amigos y quienes no, dado que apretadas las "tuercas" a otro de los hombres que llevaba un pañuelo igual, confesó casi todo lo que sucedía y quienes eran algunos de los componentes del grupo.

Los CDRs se habían juramentado para acabar de una vez por todas con aquellos que  tenían relación con la muerte de los dos Josés, mártires, y daba igual que fueran de derechas o de izquierdas, pues según ellos los dos grupos: Frente Popular y Nacionales,  habían tenido mucho que ver en la muerte de los dos y de muchos falangistas, y de personas anónimas, de uno y otro signo, o famosas como era el caso de Federico García Lorca, que sólo querían una España en igualdad y en libertad, y por ello habían tomado como símbolo la mano roja, para contrarrestar a la Mano Negra, que así se llamaba un grupo de  lobos feroces que habían hecho tropelías en la guerra y seguían en la posguerra. El guardia del campo había sido un lobo feroz, en el frente de Guadalajara.

Y como tal grupo ecléctico, se había formado en la más estricta seguridad y tomando como ejemplo las células durmientes de la Cnt, y la Fai, que tanto daño hicieron a la España de anteguerra, pero que fueron altamente eficaces. Y adoptando un estilo único de dar muerte a los asesinos fueran oficiales o extraoficiales, cortándoles la cabeza, y por ello se produjeron muchas muertes que quedaron sin descubrir después de la guerra. Eran ejecuciones sin juicio. Era una libertad sin libertad. Eran simplemente asesinatos por venganza.

Pero nada pudieron encontrar en la casa del farmacéutico y nunca pudieron probar que  su hijo, el abogado, fuera el ejecutor o el inductor de tales muertes, ni como jefe de ningún comando, ni como miembro de nada, porque  desapareció de la noche a la mañana y nadie supo donde había ido. Y como él, otros cuantos miembros de los CDRs, que fueron identificados como tales.

Años más tarde, los cincuenta y seis o siete,  en el País Vasco apareció otro grupo de asesinos que trajo la violencia sin sentido a España y que adoptó el mismo estilo que los CDRs, células de tres, que no se conocían entre ellos, y sólo sabían si estaban entre compañeros, cuando exhibían un calendario de bolsillo con la imagen de nuestra Señora partida por la mitad,  aunque esta vez las muertes las producían con más cobardía y con más alevosía, y como siempre ocurre en estos casos, tampoco se descubrió jamás quienes fueron los inductores o los protectores, aunque todo el mundo lo sabía.

Mientras tanto en Damiel, pueblo de la Mancha profunda seguía debatiéndose entre mieses y coches Seat, entre gañanes y señoritos, entre carros de uva y crianza de cerdos, entre cubas de vino y tabernas, la demoledora realidad de la España siempre dividida, siempre enfrentada, siempre predadora de sus más elementales codicias.

Era ya pasados los años sesenta cuando el cuerpo de verdugos, que en España sirvió para dar un ejemplo macabro de cómo debía ser la disciplina social, se extinguió dicho Cuerpo de funcionarios  del estado y nunca más se supo de las razones que llevaron a los CDRs a llevar a cabo una labor tan fuera de toda humanidad. Pero las iras contenidas, las venganzas de viva voz en las tabernas, y cuando las gargantas estaba pletóricas de cazalla o anís del Mono, no se debilitaban y causaron más de una muerte a cuchillo a las puertas de dichas tabernas.

Un país que se resistía a salir de su patología secular y no hacía nada por encontrar un camino adecuado a su condición.