LOS ESPIGONES DE TARAJAL. ANA ISABEL ESPINOSA

LOS ESPIGONES DE TARAJAL

No hay nada como las crisis para acrecentar la inventiva humana. No tienen más que ver que Telecinco se ha sacado programas nuevos de la manga tras comerse todos los ojos que les hemos regalado durante la Pandemia.

Nos podrían decir mucho a todos  sobre lo que pasa cuando se relajan las medidas- aumentando los contagiados y poniéndonos en peligro- aquellos que nadan por los espigones de Tarajal para transportar fardos de hachís. Pero nos da igual porque las fiestas molan y la sombrilla a pie de playa también.

Nos hemos olvidado de los que han muerto por mucho que los perfiles ostenten banderolas negras y haya días de luto oficial, porque los que fallecido en la ninguneidad de la numeración no son nuestros sino de los que los han perdido en la distancia, en el rencor o en la tristeza.

La suerte en la vida es haber tenido a alguien al que has querido a machaque aunque esté muerto. Porque en esta puñetera vida tenemos niños porque las hormonas mandan y después nos pesan como losas al cuello teniendo que postear hasta como bosteza la pobre criatura, mientras el amor se devalúa con besos plastificados frente a una cámara que te come la imagen para deleite de idiotas que prefieren ver a apostar por hacerlo ellos mismos.  Hay muchos idiotas sueltos. Abundan como la estupidez que los cubre y aconseja. Tantos- y tan variopintos- que no hay sigla que se salve, ni Comunidad de vecinos, ni piso, ni familia, ni Institución.

El otro día escuché decir – para sacar tajada y encima quedar de bueno-“las instituciones negocian mejor con las instituciones”. Que si lo piensan es tan gilipollesco como todo lo que ha pasado desde muchísimo antes de la Pandemia.

Mi marido decía que la vejez era el vino potenciado de sabor que siempre había sido y eso nos pasa en esta piel de toro que Dido no cortó para convertirnos en una Nación (constitucional) fuerte en sus diferencias, grande en su gente.

Somos luchadores y cuando nos obstinamos lo logramos. No hay más que ver cómo nos encerramos y nadie se saltó la regla más que los tres descerebrados de siempre. Cumplimos porque en nuestro ADN está el cumplir, pero – lamentablemente-solo nos ponemos de acuerdo cuando hay que gritar por ganar un Campeonato de fútbol.

Han muerto muchos que sirvieron de colchón económico en la crisis del 2008.

Lo han hecho solos en sus casas, en Hospitales, en ambulancias y Residencias de ancianos. Han muerto sin orgullo- ni defensa- porque este maldito virus te quita el aliento llevándote al infierno de la mano huesuda de la Canina.

A mí sí me importan los muertos, porque me duele mi muerto. No es bueno el duelo para tomar decisiones, ni querer buscar venganza sino que hay que reconvenir formas de acelerar el paso para no perder el equilibrio. Hay que pelear por ser competitivos, pero no entre nosotros para ver quién tiene más plumas o a quién se le hinchan más las venas del cuello.

Hay que demostrar que importa el País no con una cacerola ni una bandera, sino poniendo caldo en esa cacerola para apoyar a los que mañana nos cuidarán a los que seremos ancianos  con corazones unidos por la lealtad, la igualdad y la fuerza de creer en nosotros mismos.

Deberíamos unirnos y no andar a la gresca para sacar cuello, para hacer naderías o para que nos hagan casito como a los niños pequeños cuando forman rabietas en los pasillos  del supermercado. Hay que rechinar los dientes y salir andando.

Luego corriendo para demostrar el orgullo patrio, no con un campeonato del mundo en futbol sino siendo una potencia económica, con cultura bestial y una Sanidad que sea ejemplo de muchas. Tampoco nos vendría mal invertir en Educación, en respeto, en convivencia y en dignidad que no por menospreciar, vilipendiar e insultar se sube más que al Olimpo de los necios.

Qué bonita sería una utopía donde cabalgáramos los océanos, sin que nunca se pusiera el sol en nuestros corazones.