Famosos (Relato) Ray Niebla.

Ser fFamosos (Relato)

por  Ray Niebla.

 

Ser famoso, no es sinónimo de ser inteligente o íntegro, y a rasgos generales, más bien al contrario.

 

 

El sol caía a plomo en la llanura manchega. No tenía misericordia con los que rodeaban al cadáver que había aparecido cerca de las Lagunas de Las Tablas de Daimiel; un entorno de vida silvestre como no había otro igual. Durante cientos de años, quizá milenios habían servido de alimento para hombres y animales que gozaban de una simbiosis perfecta, hasta que llegó la civilización y el consumo a espuertas y acabó con todo.

Los pozos artesianos, la picaresca española y la falta de escrúpulos de unos y de otros habían convertido aquel humedal en un lodazal difícil de descubrir cómo había sido al principio de los tiempos. El cadáver se hallaba en una loma que hacía el terreno y junto a la bifurcación que da acceso a la casa de labradores que toda la vida se le había llamado, Molimocho, y allí, el sol había hecho estragos en el cuerpo, y parecía que 2 hubiera habido una carbonización cadavérica.

Los órganos internos parecían reducidos, y el cadáver, debido al calor asolador, había tomado la postura del boxeador o de combate; estaba negruzco y sus cavidades internas estaban abiertas. No se podía adivinar si era un joven o un viejo hasta que no llegara el forense y se le hiciera autopsia.

El Inspector Diego D. Bruma se había acercado desde Ciudad Real, porque en su desplazamiento desde Madrid, por un caso que llevaba entre manos, le había dado pie a su natural curiosidad y allí se encontraba adivinando, especulando, sobrio, serio, ensimismado, cuál habría podido ser la causa de la muerte.

Que era un asesinato, lo tenía claro porque, a pesar del calor y de los animales, que también habían hecho su agosto, las muñecas aparecían con señales de haber estado atado. Intentó darle la vuelta, pero no lo dejaron hasta que no se hiciese el reportaje fotográfico adecuado por la Policía Científica, por lo que optó hacer, lo que siempre hacía, ponerse a pasear en círculos alrededor del cadáver, por si encontraba algo que le pudiera servir para identificar al asesino o asesina.

No encontró nada y comenzó a sentirse mal dado que no había traído agua y comenzaba a deshidratarse. El sol manchego caía a plomo, sin ambages, sin pudor y sin perdón, y aunque él era de aquella zona, no se acostumbraba a estos calores, para que luego dijeran que el cambio climático, pues siempre había sido así.

Se dirigió hacia una sombra apenas perceptible de un árbol raquítico que crecía en los alrededores y que no se explicaba cómo podía sobrevivir allí, y pensó en la sobriedad de las gentes manchegas y ahora, viendo este árbol se lo explicaba todo. Se sentó y puso las manos en el suelo, porque con ello se sentía más fresco y al rato de estar allí vio un papelito, desgastado por el sol, y que tenía unas letras donde ponía «canciones del olvido» lo cogió, se lo guardó sin saber muy bien porqué y se tumbó en el suelo pues se encontraba mal.

Nadie se percató de que Bruma estaba allí tumbado, y si lo hicieron pensaron que estaba descansando del calor asfixiante que hacía. Había perdido el 3 conocimiento por un golpe de calor y a punto estuvo de irse al otro barrio, pero las gentes de la Mancha son fuertes y valientes y Bruma no iba a ser menos, así que cuando despertó ya era casi de noche; se levantó y vio que ya no quedaba nadie en los alrededores. Las noches de la Mancha son calurosas, pero no tanto, pues refresca, y desentumeciéndose se fue a coger su coche que estaba allí como abandonado, solo en la llanura, y se fue para la capital.

No comentó de su peripecia a nadie, ni nadie le dijo nada, con lo que adivinó, más bien se reafirmó en ello, de qué poco nos preocupamos los seres humanos de nosotros; por poco podía haber muerto y nadie se dio cuenta de ello, y pensó en el cadáver: ¡qué sólo estaba esa criatura allí! tirado en el campo, con el sol en la frente y los bichos comiéndoselo y por ello le avivó el pensamiento de intentar descubrir quién había hecho semejante tropelía.

No cenó, encendió el ordenador sentado en la mesa de un bar cercano al hotel, donde tomaba un café, y puso en google «canciones del olvido» y le salieron un montón de autores: José Serrano Simeón, Joaquín Sabina, José José, Carlos Vives en fin un montón de gente que se dedicaba a esto de las canciones y pensó que el muerto podría ser uno de aquellos, pero el propio google le dijo, después de estar investigando un rato, que todos estaban vivos y coleando. Cansado, metió el papelito en el bolsillo de la americana pensando que aquel trocito de papel nada tenía que ver con el muerto y que él comenzaba, como siempre, a comerse el coco por chorradas, pero siempre hacía mucho caso a la intuición y no sabía por qué aquel papel le estaba diciendo algo.

Se pasó las manos por la cara, cansado, se desperezó levantándose y se marchó al hotel. El hotel Doña Manuela, donde se hospedaba, pues siempre hacía lo mismo, buscaba un hotel fuera de las capitales y Daimiel era un buen sitio; es un edificio levantado en las entrañas del parque más grande de Daimiel, del pueblo de Las Tablas, que se casa perfectamente en su parte trasera con los árboles que se distribuyen alineadamente por detrás de él, y las ventanas que dan al dicho parque son falsas, pues tiene una muralla a todo lo largo que hace de decoración en todo el recinto, para que las casas que dan a dicho parque y 4 el hotel no sean diferentes, y aún así, Bruma se asomó a una de ellas y a lo lejos vio un cartel atado a un árbol del parque en cuestión, a modo de propaganda que decía «canciones del Olvido» por Ovidio Caruso.

Se quedó de piedra. Qué tenía que ver ese papel, cerca de la escena del crimen, y qué relación tendría con este Caruso. Carusos había tantos como obras de ellos, pero aún así, le pidió al gerente del hotel si podía dejarle el libro de hospedados desde hacía un par de meses. ¡Eureka! Allí había estado instalado Ovidio Caruso, y el gerente le comentó que éste era un cantante de cierta fama que iba y venía cantando en las fiestas populares de los pueblos y así se ganaba la vida.

Curiosa casualidad que el papelito estuviera en la escena del crimen. Llamó a Comisaría y dijo que no buscaran más que el muerto era Ovidio Caruso y había estado cantando en Damiel en sus fiestas de Septiembre. La deducción había sido, más que por lógica, por eliminación. A las pocas horas la autopsia y las investigaciones sobre personalidad lo confirmaron. Ahora quedaba saber cuál había el sido el móvil de su muerte y quién había sido el asesino.

El papelito no era otra cosa que una parte de las tarjetas de visita que siempre llevaba Caruso en sus viajes y las iba repartiendo a quien se las demandaba, o creía que le podrían servir de acicate para sus interpretaciones, pero también había un número en la parte trasera casi borrado por la luz y el calor; un número que hacía referencia, a una, casi segura, contraseña de una tarjeta, por lo que inmediatamente, hizo las averiguaciones oportunas a través de la Uti (Unidad Territorial del Inteligencia) y lo confirmaron, y una vez localizado el banco y la tarjeta se pudo comprobar que nadie había hecho ninguna operación dineraria, por lo que esa pista también quedaba cerrada. 5 A la mañana siguiente otro cadáver en las mismas circunstancias, pero con más tiempo muerto, aparecía en las inmediaciones de Pinto, localidad de Madrid y en una de sus carreteras comarcales. También era otro medio famoso que iba y venía con una furgoneta a hacer sus actuaciones de aquí para allá. Diego Bruma pensaba a toda velocidad, pero no encontraba ni el móvil ni una pista que lo condujera a algún sitio, aunque ahora tenía claro que el asesino se estaba cargando a gente famosa. Pasaban los días y no avanzaban.

Bruma iba de un lado para otro de Pinto a Damiel y de Daimiel a Madrid, desechando pistas, chivatazos que le daban y ninguno le decía nada que pudiera conducir al asesino o asesinos, hasta que apareció otro cadáver, de pocos días, en una casa abandonaba de una urbanización fantasma cerca de Guadalajara. Este era un famoso, con nombre internacional. Se llamaba José Martín alias «el Guapo». Las mismas marcas en las muñecas, las mismas torturas, heridas, petequias de malas posturas y rastro cadavéricos que componían el cuadro de todos ellos. Bruma, se levantó de un golpe y casi se da con el techo de la buhardilla donde dormía cuando no encontraba la solución a sus casos.

La luz nocturna que entraba por la ventana le daba un aspecto fantasmagórico a su cara con las ojeras tan grandes que tenía, y cayó en la cuenta de que algo tenían que tener en común los tres famosos, dos cantantes y un actor de cine y teatro, y se propuso averiguarlo. 6 Se leyó todas las biografías, todas las revistas que hablaban de ellos, pero claro, con el actor era más fácil pues cuanto más famoso mas escritos, reportajes etc., pero con los otros dos encontraba bien poco, sí encontró lo que podría ser el nexo de unión de todos ellos, recordando las conversaciones que había tenido con sus amigos y con los conocidos. Todos ellos eran unos pagados de sí mismos.

Tenían la conciencia de que por ser famosos se les estaba permitido todo, todo se les perdonaba, todo, no importaba la ropa que llevaran, no importaba si se ponían a bailar en la calle, si se meaban en la calle a altas horas de la madrugada, si en una discoteca se emborrachaban y la liaban, o si en un restaurante le decían al camarero que la comida era una porquería, no importaba nada, ellos exigían, ellos prometían, promovían tendencias y sus fans les seguían hiciesen lo que hiciesen.

Todo les era perdonado y aún más admirado. Y ahí comenzó a tirar del hilo. La tertulia de la televisión era de lo más aburrida, y Bruma consumía una cerveza en la más absoluta soledad, sin pensar en nada, abstraído en los ruidos propios del bar. Se relajaba de esa manera, nada le importaba, nada le hacía preocuparse por nada y sólo el ruido de su garganta al tragar lo sacaba de su absorción inmediata. «sólo hasta que los famosos vayan por la calle como una persona más, sin admiraciones, sin jacarandas de ningún tipo, con sus perfumes u olores, no me quedaré tranquilo de saber que no manipulan a nadie» Aquello se le grabó en el oído.

Era un pensamiento único, una filosofía que nadie había tenido en cuenta, seguramente un imposible, dada la idiosincrasia del ser humano, pero le puso la mosca tras la oreja. Se enteró de quien era aquel tertuliano que decía esas cosas, y se puso investigar cosas sobre él. 7 Era un tipo peculiar, alto grande con mucha fuerza de ir mucho al gimnasio. No se le conocían amigos ni conocidos y vivía aislado en una casa de campo cerca de Madrid que le dejaron sus padres.

Había estudiado en la Autónoma Ciencias Políticas y Filosofía y se ganaba la vida yendo de televisión en televisión o de radio en radio, dando sus opiniones, que a decir verdad eran muy peculiares. Una noche, cuando el tertuliano estaba en Barcelona a colaborar en una charla sobre la violencia de género, Bruma entró en la casa, aunque no tenía ni orden judicial ni nada, para qué la iba a pedir si no se la iban a dar, porque si le decía un juez que la intuición le decía que alli, en esa casa había «tomate» seguro que lo mandaba a la cárcel, y vio talmente que este individuo era pulcro, ordenado y limpio como él solo, de manera que hizo lo de siempre: se sentó en un sillón en el salón de la casa y comenzó a mirar distraídamente, y no vio nada que le hiciera sospechar, y cuando estaba a punto de marcharse vio el cuadro que estaba encima de la chimenea cuyo motivo era un cantante famoso, a medio vestir y con sus partes pudendas al descubierto pero se dio cuenta que estaban como muy manoseadas.

Era algo que apenas se veía, pero la visión tranquila y sosegada de Bruma lo vio. Se acercó lentamente y comprobó que el cristal estaba limpio, pero dentro el lugar que ocupaban los testículos del famoso estaba, como si cada día los tocaran con el dedo. Era imposible, había un cristal, así que hizo lo que cualquiera haría tocar con el dedo los testículos del famoso y al momento el cuadro se movió y dejó al descubierto una ventana y al otro lado un habitáculo. Necesitaba una escalera para entrar en él, pero le dio un poco miedo, estaba muy oscuro y no sabía lo que se iba a encontrar allí, de manera que arrimó una silla y se asomó.

Sacó su pequeña linterna de llavero y enfocó, y una fiera de boca eterna con unos dientes afilados se le echó encima. Lo tiró al suelo y cuando le iba a morder en el cuello sacó la pistola y le descerrajó dos tiros a bocajarro al perro gigante que apenas cabía por el agujero pero que lo saltó como si estuviera haciéndolo todos los días, y el perrazo se derrumbó sin decir 8 esta boca es mía. Ahora estaba seguro de que allí había algo que no era habitual. Hizo oído. Nada. Había entrado ilegalmente, había matado a un animal propiedad de alguien que no estaba ni fichado, ni tenía antecedentes.

Lo tenía mal, así que pensó: pues nada de perdidos al rio, y entró en la habitación. Cuando puso los pies en el suelo el cuadro volvió a su posición quedando encerrado, pero también se encendieron unas luces que había en una pequeña vitrina donde encontró toda una serie de escritos sobre. «la filosofía del famoso» pero también encontró una larga lista de nombres que formaban una asociación secreta llamada: La tesis. Se sentó confiado en que el dueño no iba a venir en toda la noche y comenzó a hojear, las formalidades a modo de estatutos de esa asociación, y lo que primeo leyó fue: hay que acabar con la noción de famoso que se tiene en el mundo porque, muchos de ellos están pagados por grandes firmas poderosas para llevar a cabo la misión de hacer que la gente piense como ellos, quieran ser como ellos, y hagan cosas para ser como ellos y eso está creando en el mundo mucha infelicidad, por ello hay que ir acabando con ese concepto, pero para empezar hay que eliminar a muchos de ellos.

En las paredes de aquel habitáculo había colgadas herramientas pequeñas de labores agrícolas a modo de museo. Allí estaba todo lo que en un principio había pensado. Había sido fácil, así que se decidió por salir de allí, convencer a un juez que las pruebas que había encontrado había sido por un chivatazo y que no tenía tiempo de una orden de registro, y que se la diera y cursar una orden de arresto contra este tipo que tanto mal estaba causando, pero cuando buscaba la manera de salir de allí, porque deducía que habría algún botón o algo que abriera el cuadro, un olor a quemado y un calor y humo comenzó a filtrarse por las rendijas del cuadro. Le entró el pánico cuando se dio cuenta que la casa estaba ardiendo y él allí encerrado perecería como un chuletón quemado a la parrilla.

Miró por todos sitios, pero no había salida, aunque vio las vigas que daban al tejado, y con un poco de suerte lograría llegar a ellas. Con los nervios de la 9 situación se subió a la vitrina y desde allí se colgó de una de las vigas, y con una hoz que encontró en un rincón comenzó a golpear las rasillas que formaban la cubierta.

Y la noche entró en aquel habitáculo como si fuera de día. Allí esta su salvación. En cuanto el agujero que abrió fue suficiente se aupó, no sin esfuerzo, y ya con el humo en las narices salió al tejado. Las llamas cubrían casi toda la casa y la única forma de salvarse era arrojándose desde a altura del tejado que era considerable, a las ramas de unos árboles cercanos a la casa y eso hizo. Cayó magullado, seguramente con algún hueso medio roto, pero rápidamente se levantó porque adivinaba el peligro.

Sacó la pistola y agachado corrió hacia la maleza que verdeaba en un camino aledaño y allí se tumbó, pero nadie acudió, ni a nadie vio, de manera que tuvo conciencia de que la casa iba a acabar con todas aquellas pruebas que hubieran condenado al propietario o al menos lo hubiesen puesto en un aprieto.

Pero no tenía nada, y aunque se había quedado con la lista de nombres, esta no serviría para acusar a nadie porque podrían acusarle a él de un montón de delitos y haberse inventado la lista. Así que se levantó, miró en derredor y anduvo hasta el sitio donde había dejado su coche, pero éste tampoco estaba.

Tuvo que andar casi toda la noche hasta encontrar alguien que lo llevara hasta la ciudad de Madrid y cuando estuvo en su piso se dio cuenta de que ahora corría un peligro fatal, porque sabían quién era, en qué trabajaba y que había descubierto a una Organización delictiva con unos presupuestos criminales, así hizo lo único que podía hacer: extremar su vigilancia y su seguridad y seguir investigando. Nunca nadie dijo nada sobre nada en la casa de campo, sólo que se había quemado por circunstancias accidentales.

Pero Bruma sabía que allí en la ciudad de Madrid y seguramente en más partes de España, una asociación de filósofos enmohecidos y con el cerebro lleno de agujeros se proponía acabar con una forma de ser que nos ha acompañado desde el inicio de los tiempos y Bruma pensó: «¡joder! ¿Es que el ser humano tiene límites?

» Ray Niebla. (Continuará)