MI PEQUEÑA DEL ALMA por ANA ISABEL ESPINOSA

MI PEQUEÑA DEL ALMA
por ANA ISABEL ESPINOSA

 

Tenemos -nefastas fiestas- la Navidad por delante. Nunca me ha gustado. Supongo que porque tengo espíritu de pavo, o de cordero asado. Las grandes celebraciones entrañan miedo y lágrimas para otros ojos a los que no miramos. Por ejemplo a los de los perros.

Descubrieron hace nada un criadero ilegal donde  a los reproductores les habían cortado las cuerdas vocales para que no dieran el “cante” de su ubicación. Lo hizo un presunto de 44 años que lo mismo cortaba cuerdas vocales que ayudaba a parir reiteradamente  para hacer el negocio redondo que es vender en fechas preclaras la cría tan ansiada.    Allí estaban los bichones hermanados con los chiguaguas que nunca verán ni Malta -ni México- sino gallinazo y heces corrompidas y sangre y callado llanto. La mitad habían sido enmudecidos por avaricia y malicia,  dándose cuenta los Agentes de la Benemérita cuando los vieron abrir la boca sin emitir sonido alguno.

Es una operación delicada esa de enmudecer a alguien, pero claro la osadía y el lucro dan alas a los desalmados, porque además qué son sino perros enlatados, aglutinados, hechos manojillos de carne y luego vendidos en anuncios por palabras y por cientos de euros.

Mi Lala era así. Quizás mi Lucía. No lo sé. De la primera puedo estar segura, porque además de habérmelo dicho el presunto al que se la compré, llegó con las mamas dilatadas y el cuerpo de peluche abandonado. Son muchos los perros dejados a su suerte porque se pasó el capricho del acogedor, porque miccionan o porque defecan, porque hay que sacarlos a pasear o porque limitan tu vida. Todo ello es cierto y hay que saberlo. Así debió de ser mi Lucía. La encontramos unas navidades, abandonada  en una gasolinera. No son muñecos, ni otra cosa que compañía permanente (de la buena), pero como tales dependen de ti para todo… para comer, para beber, para salir de paseo, para bañarse y para que los cuides, si enferman. Hay que tener dinero para ello y tiempo y mucho amor para darles todo lo que se merecen.

Si no eres capaz de entenderlo, más vale que lo hagas antes de responsabilizarte de uno de ellos. Si lo entiendes, que sepas que es hasta su muerte, no hasta la tuya. Supongo que por eso siempre digo que cuando sea mayor no acogeré a más perros, porque no quiero morir y dejarlos solos. Por desgracia, hay montones de perros alojados en perreras, abandonados por alguien que los acogió y se cansó de ellos como si fueran un par de zapatos viejos, solo que no hay contenedor de basura para perros y se sueltan en cualquier sitio como mascarilla usada. Yo tengo alguno de ellos. En años, he tenido a algunos. Son los mejores, aunque la verdad nunca he tenido perro malo. He alimentado a biberones a perros abandonados en cajitas de cartón junto al contendedor de orgánicos ; Llorado desconsoladamente cuando se han muerto y jurado que ya no cogería ninguno más para verme como me veo con perros y gatos que defecan, miccionan, comen, y pasean.

También con cartillas y pasaportes, con visitas veterinarias, con gastos como los de mis hijos y cuidados necesarios. Limitan tu libertad porque no puedes vivir sin ellos, ni estás tranquilo de vacaciones porque no sabes si te estarán echando de menos o los estarán cuidando bien. Por eso duele que les corten las cuerdas vocales y los conviertan en reproductores forzados por nuestro gusto en razas concretas.

Porque Lala es cariñosa, leal y entregada. No merecía que la tuvieran pariendo reiteradamente, ni los bichones y chiguaguas que les cortaran las cuerdas vocales para que no descubrieran la animalada del humano a cuyo cargo estaban. Maldito negocio ese de traficar con vidas y libertades. Maldita especie la nuestra que esclaviza, machaca y denigra todo lo que toca.

Nefastas fiestas que atiborran los sentidos en comilonas desbordadas, con cachorritos como regalo que dentro de seis meses serán adultos y como los envoltorios, el espumillón y la fiesta, pasarán a no valer nada, apalabrándoles un sitio en el contenedor de orgánicos abandonándolos a su suerte. Suerte de tener a mi Lala, a mi Lucía.